Siguiendo la secuencia de las dos columnas anteriores, falta ver lo relacionado con el precio de los medicamentos.
Entendamos que la industria farmacéutica es un negocio y que en la medida que deje de producir ganancias, dejarían de producirse e investigarse nuevos tratamientos. Eso es un hecho que no tiene discusión. Además, los procesos de producción incluyen mucha ingeniería genética y estudios más complejos para lograr los resultados, lo cual encarece todo. Como ejemplo, hay medicamentos para reducir el colesterol que son de uso crónico y que, aunque solo se usan dos veces al año, llega a costar 3,600 euros cada dosis.
Todas las semanas tengo uno o dos pacientes que me piden recetas e indicaciones, porque van a comprar sus medicinas fuera de Panamá. Y no es por esnobismo, sino que los precios que consiguen en otros países son tremendamente menores. Y la historia se repite comprando medicinas en Colombia, Brasil, Argentina, República Dominicana, México, Portugal, España, Italia, Turquía, India y algunos otros que seguramente se me olvidan. Y las diferencias no son unos pocos centavos por tableta. Hay algún medicamento que siete tabletas en Panamá cuestan 30 dólares y en España pueden conseguirse, de la misma marca, 28 tabletas por 13 euros (que equivalen a 14.02 dólares). Eso representa que el precio panameño es 850% más de lo que costaría en España el mismo medicamento. Incluso, conozco quienes viajan a estos países europeos, compran medicinas para un año y se ahorran sus pasajes de avión en temporada alta.
Dado que la diferencia de precio es abismal, he tratado de comprender las razones por las que en Panamá los precios pueden ser tanto mayores que en países con economías mucho más grandes que la nuestra. Pero, por más que uno pregunte, lo que suele encontrar son explicaciones que parecen más excusas, para justificar las diferencias.
Lo primero es que nunca se encuentra claramente a qué nivel de la cadena se produce el incremento de precios. El fabricante se lo envía a su agencia regional, que se lo vende a un distribuidor, el cual a su vez se lo vende a la farmacia y ésta se lo vende al paciente. Si cada uno de los intermediarios le pone una ganancia del 30%, ya el precio final será entre 60% y 90% mayor del que lo vendió el fabricante. Además, si le sumamos el hecho que los distribuidores y las farmacias suelen ser la misma gente, “se espesa cada vez más el chicheme”. Ahora, ese incremento del 90% no explica por qué el precio final es ocho veces lo que se paga en Europa.
Las explicaciones son diversas, pero ninguna convence. Por un lado está el tamaño del mercado panameño. Eso aplicaría, si no fuera porque la industria farmacéutica suele manejar toda Centroamérica y el Caribe como un solo mercado, lo que lo hace más o menos del tamaño de Colombia.
La solución más lógica se basa en el uso de genéricos intercambiables, que son medicamentos similares al original. Si bien es cierto que suelen ser algo más baratos que los del laboratorio innovador (que desarrolló el medicamento), la diferencia es muy poca, si tomamos en cuenta que es el innovador el que gastó los millones en los estudios necesarios para que se aprobara y existan indicaciones para el medicamento. Si quienes desarrollaron el medicamento venden cada tableta a $3.00, no se entiende que, quienes lo producen cuando ya se venció la patente, lo vendan a $2.75.
Otro argumento bonachón es que hay farmacias que tienen descuentos especiales ciertos días de la semana. Lo cual, si se suma al descuento que establece la ley para jubilados y mayores de 60 años de edad, puede llegar a representar un ahorro de alrededor del 30% a 40% con respecto al precio habitual. Si bien eso representa menor precio, la manera de resolver el tema de los medicamentos caros no es mandando a la gente a comprar ciertos días de la semana, sino bajar el precio de forma permanente.
Hay también “programas de fidelización”, donde si un paciente compra varias cajas de una medicina, se le regala una adicional. Tampoco convence. Eso es lo que en México llaman “dar atole con el dedo”. Donde eso se dificulta es que no todos los medicamentos tienen la misma promoción en todas las farmacias, por lo cual un paciente pudiera tener que ir a una farmacia para comprar dos cajas del antihipertensivo para que le den otra, ir a otra para que tres cajas del antidiabético represente una extra y a una tercera para, con tres cajas del medicamento del colesterol, recibir una adicional. Con el precio de la gasolina, en el periplo entre farmacias se pierde buena parte del ahorro.
El caso es que seguimos sin saber qué se tendría que hacer para que los precios de las medicinas sean más razonables. Si a eso le sumamos el desabastecimiento en las instituciones del Estado, hay mucha gente que compra medicinas a unos precios demasiado altos para su capacidad económica. Eso, a la larga, repercute en peor control de las enfermedades, con el consiguiente aumento en complicaciones.
¡Ah!, y la última explicación es que la dichosa Ley 1 de 2001, que regula los medicamentos, establece libre oferta y demanda. Pero, leyéndola en detalle, resulta que debe haber controles. En el artículo 103 dice que “el Órgano Ejecutivo determinará los precios de referencia topes de los medicamentos”. Sí, leyeron bien.
Así que seguiremos esperando que el problema se resuelva. Es un tema complejo, con muchos actores involucrados y sin una solución fácil. Lo que es un hecho es que no podemos seguir tolerando que en Panamá, los medicamentos cuesten 850% más que en Europa.
El autor es cardiólogo

