1. Irán no puede ganar la guerra, pero sí hacerla más costosa
El principal impacto global no es militar, es económico. Irán utiliza sus reservas de petróleo y su posición geográfica como arma: por el Estrecho de Ormuz transita cerca del 20% del crudo mundial, el mayor cuello de botella energético del planeta.
Frente a la superioridad militar de Estados Unidos e Israel, Teherán apuesta por expandir el costo del conflicto. La amenaza de cerrar Ormuz ya ha disparado los precios del petróleo, alterado cadenas de suministro y trasladado el “dolor” a economías dependientes, desde Asia hasta Europa.
Además, el conflicto ya se ha extendido a los países del Golfo. Irán busca que sean ellos quienes presionen a Washington para contener la escalada. Si no puede doblegar a Estados Unidos, intenta que sus aliados lo hagan.
En el tablero global, el impacto de la guerra es desigual. China depende en parte del crudo iraní (alrededor de 13% de sus importaciones), pero un conflicto prolongado también puede beneficiar a sus intereses estratégicos si desgasta a Estados Unidos. Rusia, por su parte, gana de forma más inmediata: el alza del petróleo ya está impulsando la demanda de su energía y fortaleciéndose en el contexto de la guerra de Ucrania.
No es solo una guerra que impacta los bolsillos en todo el planeta; es una que altera el equilibrio geopolítico global.
2. Las guerras no se definen por cómo empiezan, sino por cómo terminan
Esta guerra comenzó con una narrativa ambiciosa: un llamado de Trump a que los iraníes se rebelaran contra el régimen. La esperanza era provocar —o acelerar— un cambio de régimen desde el aire.
Pero ese desenlace parece hoy poco probable. La historia reciente es implacable. Irak y Afganistán demostraron los límites —y los costos— del cambio de régimen a través de una campaña bélica, especialmente en Medio Oriente. Incluso en campañas predominantemente aéreas, como en Libia, el resultado fue una guerra civil e inestabilidad prolongada. Derrocar un régimen desde el aire no ha producido democracias estables.
Por eso, el objetivo parece haberse desplazado. Más que transformar a Irán, la operación apunta a degradar su capacidad: su programa nuclear, sus misiles y su red regional. Es un escenario más acotado y más realista. El precedente más cercano es la Guerra del Golfo de 1991: un régimen que sobrevive, pero queda militarmente debilitado y contenido, sin capacidad de proyectar poder como antes.
El problema es el “día después”. Un Irán fragmentado no garantiza una transición democrática ni un alineamiento con Occidente. Puede, por el contrario, derivar en un vacío de poder, luchas internas y una nueva fuente de inestabilidad regional con impacto global.
Aunque las bajas en el liderazgo iraní son significativas, apostar a que eso derrumbe un régimen en un país de casi 90 millones de habitantes, diverso y profundamente complejo, suele ser más un acto de fe que una estrategia.
3. La paradoja de la guerra: es impopular en Estados Unidos y popular en Israel
Estados Unidos e Israel libran la misma guerra, pero sus sociedades la viven de forma opuesta. En Estados Unidos, el respaldo no supera el 45%, prácticamente el mismo nivel de aprobación del presidente Trump. Es el conflicto menos popular en décadas, reflejo de una profunda polarización interna y de una estrategia comunicacional errática: objetivos cambiantes, mensajes contradictorios y una narrativa incapaz de alinear a la ciudadanía, como sí ocurrió en otras guerras.
En Israel ocurre lo contrario. A pesar de las sirenas, los refugios y los ataques diarios, cerca del 80% respalda la ofensiva. Aunque un porcentaje significativo de la población desconfía de Netanyahu, hay consenso en algo más profundo: Irán es percibido como una amenaza existencial desde hace décadas, una percepción que para la mayoría se convirtió en realidad tras el 7 de octubre de 2023.
Para los israelíes, el conflicto no empieza ahora. Hamas, Hezbolá y los hutíes son vistos como parte de una red de presión impulsada por Teherán. En ese contexto, la ofensiva actual no se interpreta como una elección, sino como una oportunidad —quizás única— de debilitar de forma decisiva esa amenaza acumulada durante años.
Detrás de esto hay una paradoja: Estados Unidos e Israel nunca han estado tan alineados a nivel militar y gubernamental, mientras sus sociedades mantienen percepciones cada vez más distantes, lo que se traduce en que la imagen de Israel en Estados Unidos esté en su punto más bajo en décadas.
4. La guerra no divide a MAGA, pero sí puede pasarle factura a Trump
Contrario a lo que sugieren algunos análisis, el movimiento MAGA no está fracturado en torno a esta guerra. Las encuestas muestran un respaldo cercano al 90% entre quienes se identifican con ese espacio. Sin embargo, la grieta sí existe —y es relevante— entre la base y algunas de sus voces más influyentes.
Figuras como Tucker Carlson, Megyn Kelly y Candace Owens —junto a un ecosistema de podcasts que fue clave para movilizar a votantes jóvenes y desencantados— han sido abiertamente críticas. Para ese sector, la ofensiva contradice una de las promesas centrales de Trump: evitar nuevas guerras. A diferencia de la base más leal, este grupo apoyó a Trump por temas específicos, por lo que su desencanto —sumado a otros factores como el caso Epstein— puede traducirse en desmovilización más que en ruptura abierta.
La política exterior rara vez define elecciones en Estados Unidos, pero el precio del petróleo sí. Si el conflicto sigue presionando los precios y golpeando el bolsillo, el respaldo actual puede evaporarse rápidamente.
El costo político de esta guerra se medirá en las urnas: las elecciones de medio término dirán si Trump logró sostener el apoyo —o si la economía terminó pesando más que cualquier hazaña militar.
Hablamos de una situación llena de incertidumbre, por lo que presentar conclusiones definitivas es difícil. Aun así, queda claro que esta ya no es una guerra que se define en el campo de batalla. Es una carrera de resistencia: económica, política y social. Irán no puede ganar militarmente; le basta con encarecer el conflicto y erosionar el apoyo en Occidente. La incógnita no es cuánto daño puede infligir Estados Unidos, sino cuánto tiempo puede sostenerlo antes de que el costo —en petróleo, inflación y desgaste político— termine condicionando sus decisiones.
El autor es politólogo de Georgetown University


