Hay quienes insisten en hablar de la crisis cubana como si fuera un fenómeno reciente, como si el apagón permanente, el éxodo masivo y el desabastecimiento crónico fueran males sobrevenidos por el azar o por el endurecimiento de sanciones externas. Pero la verdad, incómoda y documentada, es otra: Cuba no está cayendo. Cuba nunca despegó. Lo que hoy vive el pueblo cubano no es la degradación de un sistema que alguna vez funcionó, sino la consecuencia lógica y acumulada de más de seis décadas de un modelo político que confundió el poder con el progreso y la obediencia con la prosperidad.
Desde el 1 de enero de 1959, cuando Fidel Castro entró “triunfante” a La Habana, la Revolución Cubana se presentó al mundo como una gesta redentora. Prometió salud, educación, soberanía y justicia social. Y durante años, ciertos indicadores —la alfabetización, la mortalidad infantil— fueron exhibidos como trofeos ante la comunidad internacional. Pero detrás del escaparate ideológico, la economía se pudría, la sociedad se militarizaba y cualquier voz disidente era acallada con cárcel, exilio o muerte. Ha sido así desde el inicio.
Uno de los rasgos más reveladores del régimen cubano es su incapacidad estructural para sostenerse sin un padrino externo. Durante las décadas de 1960 a 1990, fue la Unión Soviética quien mantuvo artificialmente con vida a la isla, subsidiando su economía con petróleo barato, créditos blandos y compras sobrevaluadas de azúcar cubana. Cuba no construyó una economía: construyó una dependencia disfrazada de revolución.
Cuando la URSS colapsó en 1991, llegó el llamado "Período Especial", un eufemismo burocrático para describir el hambre, los apagones de doce horas y la desesperación colectiva. Lejos de servir como punto de inflexión y reforma, el régimen utilizó aquella crisis para justificar más control, más represión y más discurso antimperialista. La culpa, como siempre, era y sigue siendo del bloqueo norteamericano.
Después vendría Venezuela, con Hugo Chávez como el nuevo mecenas ideológico. Petróleo a precio preferencial a cambio de médicos cubanos —trabajadores enviados al exterior en condiciones denunciadas por organismos internacionales como trabajo forzado—. Un negocio redondo para La Habana y una nueva muleta para posponer lo inevitable.
Hoy, con Venezuela en su propio colapso y Rusia enfocada en su guerra en Ucrania, Cuba vuelve a mendigar créditos a China, acumulando una deuda que jamás podrá pagar y que Pekín acepta no por solidaridad, sino por interés geopolítico.
Pocos ejemplos ilustran mejor el carácter del régimen que el proyecto de la central nuclear de Juraguá, en la provincia de Cienfuegos. Iniciada en 1983 con financiamiento y tecnología soviética, la planta iba a ser la gran apuesta modernizadora de Cuba: energía limpia, autonomía eléctrica, símbolo del socialismo científico. Se invirtieron miles de millones de dólares —según algunas estimaciones, más de mil millones solo en la parte soviética— y se llegó a completar entre el 80% y el 90% de las obras del primer reactor.
Luego vino el colapso soviético. Las obras se paralizaron en 1992. Durante años, los reactores inconclusos permanecieron expuestos a la intemperie del Caribe, oxidándose lentamente, convertidos en monumento involuntario a la grandilocuencia vacía del régimen. En la década de 2000, con ayuda de financiamiento ruso y presiones internacionales sobre la seguridad de las instalaciones abandonadas, el proyecto fue definitivamente cancelado. Cuba nunca tuvo su central nuclear. Sí tuvo, y tiene, apagones de hasta veinte horas diarias.
Pasa casi igual con la historia financiera del gobierno cubano. Es la historia de un deudor serial que nunca rinde cuentas. Rusia heredó de la era soviética una deuda cubana estimada en más de treinta mil millones de dólares. En 2014, en un gesto político que escandalizó a economistas y acreedores del mundo, el gobierno ruso de Vladimir Putin condonó el 90% de esa deuda —más de veintinueve mil millones de dólares— a cambio de una mayor presencia estratégica en la isla. No fue generosidad, fue una inversión geopolítica. Y Cuba, lejos de aprender la lección, siguió endeudándose.
Con China, el patrón se repite. Pekín ha extendido líneas de crédito millonarias a La Habana en los últimos años, a cambio de contratos de infraestructura, acceso portuario y presencia diplomática en el Caribe. Una deuda que crece y que el pueblo cubano —ni el de hoy ni el de las próximas generaciones— tiene capacidad real de pagar.
El Club de París, organismo que agrupa a los principales países acreedores del mundo, ha negociado en múltiples ocasiones reestructuraciones de la deuda externa cubana. Siempre bajo el mismo patrón: promesas de reformas que nunca llegan, períodos de gracia que se agotan y un Estado que vuelve a incumplir.
Si alguna duda quedara sobre el fracaso del modelo, basta con mirar los números de la migración. En los últimos años, Cuba ha perdido más del diez por ciento de su población. Cientos de miles de cubanos han cruzado selvas, desiertos y fronteras en condiciones peligrosísimas para escapar de la isla. No huyen de un bloqueo; huyen de la desesperación y el hambre de más de sesenta años.
La situación que vive Cuba hoy no es una crisis coyuntural. Es el resultado inevitable de un sistema político que nació rechazando la crítica, que creció aplastando la disidencia y que envejeció repitiendo los mismos eslóganes mientras el país se hundía. Cada proyecto fracasado, cada deuda impagada, cada cubano que se va, es una página más del mismo libro que comenzó a escribirse en 1959.
¿Cómo consiguió el seudocomunismo cubano esta longevidad insufrible?
Es una pregunta legítima y necesaria. Si el modelo cubano es tan evidentemente un fracaso, ¿cómo explicar que haya sobrevivido más de sesenta y cinco años? ¿Cómo un sistema que no alimenta a su pueblo, que no genera riqueza y que expulsa a sus propios ciudadanos ha logrado mantenerse en pie mientras otros regímenes similares colapsaban? La respuesta no es simple, pero tampoco es un misterio. Es una combinación calculada de represión, narrativa, geografía, complicidades internacionales y, quizás, lo más subestimado, una habilidad extraordinaria para convertir sus propios fracasos en argumentos de supervivencia.
El primer pilar, y el más obvio, es la represión sistemática.
Desde los primeros años de la Revolución, el régimen comprendió que la disidencia organizada era su mayor amenaza y actuó en consecuencia con una eficiencia brutal. El aparato del Estado.
Investigaciones en los archivos del aparato represivo alemán muestran cómo la Stasi entrenó y respaldó a la Seguridad del Estado cubana (MININT), dotándola de conocimientos y equipamiento para instalar sistemas de persecución en la isla.
Fue una transferencia directa entre Estados aliados del bloque soviético, que incluyó el entrenamiento de agentes cubanos en Alemania del Este, acuerdos y protocolos firmados entre ambos ministerios del Interior y transferencia de tecnología de vigilancia y espionaje. Sin embargo, Cuba fue más allá de su “maestro”.
El régimen cubano llevó los mecanismos aprendidos a un plano de especialización mayor, con la ventaja adicional de que, a diferencia de la RDA, Cuba está rodeada de agua —lo que hace aún más difícil el escape y facilita el control de la población—. Y luego exportó ese conocimiento.
Cuba no solo adoptó esas prácticas, sino que exportó los conocimientos, la doctrina y las metodologías represivas a Venezuela, particularmente en el ámbito penitenciario. Fue una cadena: KGB soviética, Stasi alemana, Cuba y Venezuela.
Los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), creados en 1960, son quizás el mecanismo de control social más sofisticado que haya existido en el hemisferio occidental. Con más de cien mil comités distribuidos en cada cuadra, barrio y comunidad de la isla, convirtieron a los propios vecinos en vigilantes del Estado. No era necesario un policía en cada esquina: el miedo al vecino delator cumplía la misma función a un costo infinitamente menor. Este modelo, tomado parcialmente del bloque soviético, fue perfeccionado en Cuba hasta convertirse en una red de control capilar sin precedentes en América Latina.
A esto se sumó una Seguridad del Estado —el temido G2— que infiltró organizaciones, monitoreaba conversaciones y neutralizaba líderes opositores antes de que pudieran consolidarse. Los métodos incluían desde el encarcelamiento y los juicios sumarios hasta el acoso psicológico sistemático conocido como “actos de repudio”, donde turbas organizadas por el Estado atacaban las casas de disidentes con total impunidad.
El resultado fue una sociedad atomizada, donde la desconfianza interpersonal hacía casi imposible la organización colectiva. Sin organización, no hay revolución posible contra el régimen. Paradoja cruel: la Revolución se protegió impidiendo cualquier nueva revolución.
El segundo pilar fue igualmente poderoso: el control absoluto de la información. En Cuba no existió —y apenas existe hoy— prensa independiente, radio crítica ni televisión opositora. Desde 1960, todos los medios de comunicación fueron nacionalizados y convertidos en instrumentos de propaganda del Estado. El monopolio de la narrativa. Quién controla a quién.
Durante décadas, el cubano promedio solo tenía acceso a la versión oficial de la realidad. Los logros se magnificaban, los fracasos se silenciaban y los problemas siempre tenían un culpable externo: el imperialismo norteamericano, el bloqueo, la CIA. Esta narrativa fue extraordinariamente efectiva porque tenía un componente de verdad aprovechable: Estados Unidos sí intentó derrocar al régimen —invasión de Bahía de Cochinos, planes de sabotaje, el bloqueo económico—, y eso le dio al castrismo una coartada permanente y parcialmente legítima ante la opinión pública nacional e internacional.
Fidel Castro, hay que reconocerlo como hecho histórico, aunque no como virtud, fue un comunicador de una habilidad excepcional. Sus discursos de horas —el récord en Naciones Unidas fue de cuatro horas y veintinueve minutos— no eran simples arengas: eran construcciones retóricas complejas que mezclaban datos, emociones, historia y provocación. Supo leer a su audiencia, supo cuándo apelar al orgullo nacional y cuándo al miedo al enemigo externo. En un país con altas tasas de analfabetismo al inicio de la Revolución, esa capacidad oratoria fue un arma política de primer orden.
Y luego vino la estrategia de expulsión. Este es uno de los mecanismos menos analizados y más ingeniosos del régimen: en lugar de acumular una oposición interna explosiva**,** Cuba la exportó.
En momentos de tensión social crítica, el gobierno cubano abrió las puertas de la emigración de forma selectiva y controlada. El éxodo del Mariel en 1980, cuando más de 125,000 cubanos salieron en pocas semanas, no fue un escape que el régimen no pudo contener: fue una válvula de presión deliberadamente abierta. Castro incluyó además en esas oleadas a presos comunes y personas con enfermedades mentales, en un movimiento que le permitió deshacerse de “elementos no deseados” y, al mismo tiempo, desprestigiar a la comunidad cubana en el exterior ante la opinión pública norteamericana.
Cada cubano que se iba era, desde la perspectiva del régimen, un potencial líder opositor que dejaba de ser un problema interno. Y los que se quedaban eran, en su mayoría, los más resignados, los más dependientes del Estado o los más comprometidos con el sistema. La emigración funcionó como un filtro demográfico que dejaba en la isla una población progresivamente menos propensa a la rebelión organizada.
Otro de tantos malabares ha sido vivir del dinero ajeno. Cuba no sobrevivió a pesar de su fracaso económico: sobrevivió porque siempre encontró quien financiara ese fracaso por razones ajenas al bienestar del pueblo cubano.
La URSS no subsidiaba a Cuba por amor al socialismo caribeño. Lo hacía porque tener una base aliada a noventa millas de Florida era un activo estratégico de valor incalculable durante la Guerra Fría. El valor geopolítico de Cuba superaba con creces el costo de mantenerla. En su momento de mayor subsidio soviético, Cuba recibía el equivalente a entre cuatro mil y seis mil millones de dólares anuales, más que cualquier programa de ayuda norteamericana en América Latina.
Venezuela repitió el esquema por razones ideológicas y también estratégicas bajo Chávez. China lo hace hoy por razones de expansión geopolítica en el Caribe y de acceso a posiciones de monitoreo de comunicaciones, según han señalado analistas de inteligencia norteamericanos. Ninguno de estos actores externos ha subsidiado a Cuba porque el modelo funcione. Lo han hecho porque Cuba les resulta útil como pieza en un tablero mayor. El pueblo cubano ha sido, en ese sentido, rehén de la geopolítica mundial durante más de seis décadas.
Hay un factor psicológico y sociológico que frecuentemente se subestima. Después de dos o tres generaciones viviendo bajo el mismo sistema, ese sistema deja de ser percibido como una imposición y comienza a ser experimentado como la normalidad. Millones de cubanos nacieron, crecieron, se educaron y envejecieron sin conocer otra realidad. El Estado cubano no solo controlaba la política: controlaba la educación desde la infancia, el empleo, la vivienda, el acceso a la salud, los viajes y los medios de comunicación.
En ese contexto, la dependencia no era solo económica, sino existencial. Cuestionar el sistema significaba arriesgar no solo la libertad, sino el trabajo, la vivienda, la universidad para los hijos y el acceso a ciertos servicios. El costo individual de la disidencia era tan alto y tan concreto que la mayoría optaba por el silencio como estrategia de supervivencia personal, no necesariamente como convicción ideológica.
A esto se añade un orgullo nacional genuino que el régimen supo capitalizar con maestría. La resistencia de Cuba frente al poderío norteamericano generó en amplios sectores de la población —y de la izquierda mundial— una admiración real que el castrismo convirtió en combustible político durante décadas.
El régimen cubano ha sido protegido durante décadas por una red de complicidades intelectuales y políticas en todo el mundo que le proporcionó una cobertura diplomática y moral extraordinaria. Escritores, intelectuales, académicos y políticos de Europa y América Latina construyeron alrededor de Cuba una narrativa romántica que ignoraba —o justificaba— la represión, la ausencia de libertades y el fracaso económico.
Desde Jean-Paul Sartre hasta Gabriel García Márquez, desde los partidos comunistas europeos hasta los movimientos de liberación latinoamericanos, Cuba fue investida de una aureola revolucionaria que la protegió de la crítica legítima durante demasiado tiempo. Cualquier señalamiento de las violaciones de derechos humanos era respondido con el argumento del bloqueo o con la acusación de ser agente del imperialismo. Fue una armadura ideológica que tardó décadas en resquebrajarse.
El castrismo no ha sobrevivido por ser eficiente, justo o popular en el sentido genuino del término. Sobrevivió porque construyó simultáneamente una jaula perfecta hacia adentro y un escudo perfecto hacia afuera. Reprimió la disidencia antes de que pudiera organizarse, exportó a sus críticos más activos, monetizó su posición geopolítica ante potencias rivales de Estados Unidos, controló la narrativa con mano de hierro y se benefició de décadas de complicidad intelectual internacional.
Lo verdaderamente trágico es que toda esa energía institucional colosal, esa capacidad organizativa extraordinaria que demostró el régimen para mantenerse en el poder, nunca fue puesta al servicio de construir un país próspero. Se usó, íntegra y exclusivamente, para perpetuar el poder de una élite que hace mucho dejó de ser revolucionaria —si es que alguna vez lo fue— y que hoy no es otra cosa que una oligarquía militar disfrazada de ideología.
Cuba no es un experimento social fallido. Es la demostración más larga y documentada de América Latina de lo que ocurre cuando el poder se ejerce sin contrapesos, sin libertad.
Llamarle revolución a eso es, quizás, el mayor fraude semántico del siglo XX en América Latina.
La autora es poeta y narradora.

