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CHIRIQUÍ

La cueva de las ilusiones juveniles

En mi memoria se retrata, entre hilos de penumbra gris, después de más de 40 años, un caserón viejo de madera rústica, situado al final de la calle que llevaba a nuestro Colegio Félix Olivares Contreras, con capas de pintura desgastadas por el tiempo y por los letreros que animaban a la joven clientela de otrora a visitarla. Asiduamente acudían allí a consumir un coctel atrayente de sustancias prohibidas para los menores, quizás los menos inofensivos eran los cigarrillos, y a relatar las aventuras propias o escuchar las ajenas.

Escaparse de las aulas y no ser sorprendido en la huida retaba a las hormonas juveniles que como cascada recorrían las venas de aquellos muchachos, y como no podía ser de otra manera, esa caterva de chicos de colegio bautizó a ese refugio con el nombre de La Cueva, que le calzaba al molde, por la atmósfera que se respiraba aun desde afuera.

Más allá de la acera circundante, sin embargo, las muchachas no nos atrevíamos a pisar y me pregunto cuál sería el motivo si nadie no los prohibía, más que el temor a la insensatez. Hoy esos temores se los llevó el tiempo como la suerte corrida por La Cueva, porque dejará de abrigar los deseos juveniles para dar cabida a una edificación con estructura más atractiva que esta centenaria casa, que el humo de los cigarros cual telaraña atrapó a los adolescentes en otros tiempos; la historia de muchos se irá con ella.

Allí adentro se olvidaban tanto las diferencias sociales como las etiquetas de buen o mal estudiante. Era el lugar donde se planeaban las conquistas amorosas, los desquites deportivos a defender o los desafíos a la disciplina escolar. Acudían jóvenes que querían beberse la vida en un solo sorbo y que habiendo transcurrido muchas vivencias, hasta hoy, aprendieron que la vida hay que bebérsela de a poco.

Adiós a La Cueva, a la que solo conocí por su fachada envejecida, donde sus maderos destilan sueños viejos, de chiquillos. Ella vivió sus años de esplendor y en el presente se transforma y como ella la juventud que la habitó, también cambió y se miran por el cristal de los años y la mayoría se pregunta quién acertó en nombrarla como La Cueva, un lugar para recordar.

El autor es docente universitaria


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