Una inspección sorpresa en un salón de clases de la capital termina revelando un arma de fuego entre las pertenencias de un adolescente. A pocas cuadras, un niño que todavía no cumple los once años recibe su primera tarea dentro de una pandilla: hacer guardia en una esquina, a cambio de comida y sentido de pertenencia. Mientras tanto, en un solo sector de la ciudad, hechos de violencia y rivalidades entre bandas han acabado con la vida de 36 jóvenes en el primer semestre del año. Estas historias no reciben la relevancia que merecen. A pesar de que no son hechos aislados, el país ha aprendido que, si nadie los menciona, nunca pasaron.
Son expresiones visibles de un problema que muchas veces comienza mucho antes: en comunidades donde la violencia se normaliza; en hogares atravesados por la vulnerabilidad; en la falta de oportunidades; y en las narrativas que presentan las armas y la violencia como símbolos de poder, respeto, dinero o pertenencia.
Las Fiscalías Superiores de Adolescentes han recibido 3,022 denuncias por hechos delictivos cometidos por menores al corte del primer semestre de 2026. La justicia solo juzga el fruto, ante un Estado que olvida la semilla. Allí nace Buen Pela’o: en la convicción de que prevenir la violencia significa actuar antes de que se vuelva visible. Todo comenzó en 2023 con una pregunta simple: ¿qué entienden los niños cuando hablamos de paz, conflicto y violencia? Esa pregunta, planteada durante el programa Young Peacebuilders de la United Nations Alliance of Civilizations (UNAOC), llevó las primeras conversaciones a una escuela de Chilibre, donde 110 niños reflexionaron sobre cómo conviven con la violencia en sus propios entornos.
Desde entonces, el proyecto no ha dejado de crecer. En 2024 sumó el arte y el deporte como herramientas de cultura de paz. En 2025 llegó a Juan Díaz con talleres y excursiones educativas. En 2026 se instala en San Miguelito junto a la Alcaldía y más de 15 aliados de distintos sectores, trabajando con 40 niños y sus familias para fortalecer habilidades y ofrecer alternativas frente a un contexto donde la violencia sigue siendo una preocupación central.
Llamar a alguien Buen Pela’o en Panamá significa reconocer a quien actúa bien y aporta a su comunidad. Convertimos una expresión cotidiana en una identidad positiva, una invitación a que cada niño se reconozca con capacidades, derechos y sueños propios.
¿Qué puede hacer un pincel frente a la violencia? Mucho, cuando se convierte en una herramienta para expresar lo que cuesta decir con palabras. Lo mismo ocurre con el teatro, la danza o el fútbol: en la cancha se aprende a escuchar, dialogar y cooperar. En el mural se imagina el barrio que se quiere construir. Es aprendizaje social sostenido, capaz de transformar la forma en que los niños se relacionan con ellos mismos, con los demás y con su comunidad.
Prevenir la violencia no significa negar la responsabilidad individual, sino entender que las decisiones también están condicionadas por las oportunidades y por los entornos. Por eso, cada niño necesita condiciones para que su potencial crezca. Por eso, familias, docentes, organizaciones y gobiernos locales forman parte de un ecosistema de corresponsabilidad.
Es también una decisión política: si esperamos a que la violencia aparezca para actuar, llegamos tarde. La seguridad no puede construirse solo desde la coerción. Requiere políticas que inviertan en educación, salud mental y espacios seguros, alimentadas tanto por datos como por las voces de quienes viven estas realidades.
La paz no comienza cuando termina la violencia. Comienza mucho antes. Inicia cuando un niño descubre que puede expresarse sin miedo. Cuando aprende que un conflicto puede resolverse hablando. Cuando encuentra una comunidad que lo escucha. Cuando descubre una habilidad que no sabía que tenía. Cuando empieza a imaginar un futuro diferente. Y, quizás, ahí está la verdadera tarea de quienes trabajamos por la paz: no esperar a recoger los frutos de la violencia, sino tener el valor de cuidar las raíces.
Porque cuando logramos que un niño encuentre una alternativa, estamos trabajando desde el presente por un futuro de paz.
Los autores son miembros de Jóvenes Unidos por la Educación.


