Un cuarto de siglo atrás, en un artículo publicado en febrero de 1996 en la revista Environment and History, el historiador norteamericano Donald Worster abrió a debate la afirmación planteada en 1959 por el físico inglés C. P. Snow, para quien la vida académica moderna estaba dividida por “un golfo de mutua incomprensión” entre humanistas y científicos (Las dos culturas y la revolución científica, New York: Cambridge University Press, 1963). Para Worster, la crisis ambiental ya entonces evidente proporcionaba ese terreno común, pues al poner en riesgo la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana, habría “una pequeña brecha” en la muralla que separaba ambos campos del saber.
Ahora, los humanistas podían comprender el pasado “como una serie de intercambios ecológicos que han tenido lugar entre las comunidades humanas y sus entornos - el mundo material, y real, de objetos que no hemos inventado, pero que inciden constantemente sobre nuestra vida cultural”. Las ciencias naturales, por su parte, podían comprender mejor que nuestras ideas sobre la naturaleza “tienen una historia, vinculada de manera inextricable a la historia de la cultura, sea económica, estética o política”.
Para Worster, esto creaba una perspectiva nueva, que permitía a las ciencias naturales y las humanas plantearse juntas una pregunta decisiva en el plano de la acción social: “¿por qué nos encontramos en una situación de crisis con el ambiente global?” Los científicos, añadía, “han descrito esa crisis con impresionante precisión” y, sin embargo “no pueden explicarnos por qué tenemos” las sociedades que han generado el problema. Para las ciencias humanas, en cambio, nuestra crisis global “no tiene su origen en el funcionamiento de los ecosistemas”, sino ante todo “en el modo en que funcionan nuestros sistemas éticos”.
Así, para entender “la reorganización que hemos hecho de la naturaleza”, era necesario “entender los sistemas éticos que han orientado esa reorganización y utilizar ese conocimiento para reformarlos”. Y con ello, abría paso a la dimensión política del problema.
El 2023 nos enfrentará al agravamiento de una crisis ambiental sin precedentes. Si queremos un ambiente distinto, empecemos hoy mismo a construir sociedades diferentes, apoyándonos en las ciencias naturales y las humanas para trabajar con la naturaleza y ya no contra ella. El bienestar de nuestro hogar –nuestro planeta– depende de nosotros.
El autor es doctor en Estudios Latinoamericanos e integrante de Ciencia en Panamá
