El 8 de abril de 1941, Estados Unidos ocupó la isla de Groenlandia para defenderla de una posible invasión alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Esta ocupación se extendió hasta 1945, pero no significó el retiro total de la presencia estadounidense en la isla ártica, ya que Washington mantiene hasta hoy una base militar en Pituffik, en Qaanaaq.
Para la administración estadounidense, la historia parece rimar. Estados Unidos ha recurrido antes a este tipo de maniobras, como ocurrió con la adquisición de las Islas Vírgenes, entonces bajo soberanía danesa. Aunque Dinamarca y Estados Unidos negociaron en tres ocasiones la compra de ese territorio, fue solo tras el estallido de la Primera Guerra Mundial y bajo la amenaza de ocupación que la transacción se concretó, en 1917, por 25 millones de dólares en oro.
Hoy, sin embargo, el contexto es distinto. La administración del presidente Donald Trump no cuenta con la cooperación voluntaria de Dinamarca ni, mucho menos, de Groenlandia. Tampoco dispone de un Senado dispuesto a aprobar una operación de esta naturaleza, ya que la Constitución exige una mayoría calificada de 67 senadores para ratificar un tratado, además de la aprobación presupuestaria del Congreso.
Durante su intervención en el Foro Económico Mundial de 2026, en Davos, Trump afirmó que busca negociaciones inmediatas para adquirir Groenlandia, alegando razones de seguridad nacional e internacional estratégica. Dinamarca reiteró que no puede negociar la soberanía de Groenlandia, al tratarse de una línea roja en materia de integridad territorial.

En ese contexto, Trump había amenazado con imponer aranceles a importaciones europeas como mecanismo de presión política. Sin embargo, tras anunciar que se había establecido “el marco de un futuro acuerdo” sobre Groenlandia y comprometerse a no usar la fuerza, el mandatario retiró esa amenaza arancelaria, lo que fue interpretado como un repliegue táctico, sin renunciar al objetivo estratégico.
La reacción de los mercados financieros fue inmediata. Tras el anuncio del marco de negociación y la retirada de las presiones comerciales, Wall Street registró alzas superiores al 1% en sus principales indicadores. Más que un giro de fondo, este comportamiento refleja una desescalada táctica destinada a reducir la incertidumbre económica, manteniendo intacta la lógica central: la seguridad nacional como principio rector desde el cual se combinan presión, negociación y ajuste estratégico.
De acuerdo con BBC News Mundo, la Unión Europea había respondido previamente con medidas más concretas, como la suspensión del proceso de aprobación del acuerdo comercial con Estados Unidos firmado en julio de 2025, lo que representó una nueva escalada en unas relaciones transatlánticas ya tensionadas.
Queda claro que, para la administración Trump, los reclamos territoriales —presentados como un freno al avance de China y Rusia— no son negociables y forman parte de la nueva normalidad internacional. Como ha señalado Daniel Zovatto, el debilitamiento del multilateralismo y del orden liberal basado en reglas ha dado paso a una lógica de poder duro y de zonas de influencia. Davos confirmó que las reglas ya no son universales y que la política exterior de las potencias se rige, cada vez más, por interpretaciones unilaterales de la seguridad nacional.
El Canal de Panamá en el nuevo tablero geopolítico
El presidente panameño José Raúl Mulino afirmó en Davos, ante una consulta de EFE, que no teme un aumento de tensiones en torno al Canal de Panamá. No obstante, el caso de Groenlandia ofrece un precedente revelador: la presencia militar estadounidense no ha impedido una escalada de presiones políticas y económicas orientadas a ampliar el control estratégico sobre el territorio.

En este contexto, debe considerarse que el aumento de ejercicios militares estadounidenses en Panamá —posible tras la firma del Memorándum de Entendimiento de 2025— no ha sido suficiente para contrarrestar la influencia china en el comercio global. Esto abre la posibilidad de que resurjan reclamos estadounidenses sobre el Canal bajo el argumento de la seguridad nacional, la protección de rutas estratégicas y la rivalidad sistémica con China. El Canal deja así de ser solo una infraestructura de tránsito para convertirse en un activo geopolítico disputado.
Estrategias ante la fragmentación del viejo orden
En Davos 2026, el primer ministro canadiense Mark Carney sintetizó el momento actual al afirmar: “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición… los grandes poderes han comenzado a usar la integración económica como arma”. La realidad es que el respeto a las reglas internacionales depende hoy de la correlación de fuerzas.
Este escenario obliga a Estados medianos y pequeños, como Panamá, a repensar sus estrategias: fortalecer su autonomía, diversificar alianzas y asumir que el sistema internacional ha dejado de ser predecible.
El autor es internacionalista.

