En la República de Panamá, el gran reto es transmitirle a la ciudadanía y a todos los sectores el valor y la importancia de conservar las Áreas Marinas Protegidas (AMP), las cuales representan aproximadamente el 54.33% del territorio nacional, incluyendo las áreas sujetas a manejo especial que contemplan medidas de protección.
A principios de la década de 1990, la definición de los parques nacionales marinos estaba contenida en la Resolución J.D. 09-94 del 28 de junio de 1994 —hoy derogada—, la cual establecía que estas áreas debían contar con una muestra representativa de los ecosistemas marinos, costeros e insulares, con el fin de contribuir al restablecimiento y mantenimiento de la fauna, la flora y el componente humano, promoviendo además un aprovechamiento sostenible para las poblaciones vecinas.
Actualmente, todavía resulta difícil comprender los beneficios de contar con áreas protegidas en el mar y en las zonas costeras, especialmente cuando existe la percepción de que estas limitan actividades económicas o dificultan el sustento diario de muchas familias. Sin embargo, pocas veces reflexionamos sobre una realidad fundamental: si primero no conservamos, no habrá nada que aprovechar, disfrutar o heredar en el futuro.
Para que las AMP puedan protegerse y gestionarse de manera efectiva, es necesario mirar más allá de los intereses particulares de cada sector y promover inversiones que permitan actualizar y evaluar constantemente las medidas de manejo, las cuales, por naturaleza, pueden ser temporales o cambiantes. La ciencia y la investigación generan información clave para respaldar las decisiones relacionadas con las AMP y facilitan la participación de los distintos actores involucrados en su gobernanza. Esto fortalece la legitimidad de las decisiones e incrementa la empatía de las comunidades costeras y de la población en general hacia la conservación y gestión sostenible de estos espacios.
Cuando se crea un área protegida, se invierte tanto en el presente como en el futuro. Es comparable a abrir una cuenta bancaria: según nuestros planes y recursos, destinamos fondos a ahorros de corto, mediano y largo plazo, buscando estabilidad y beneficios sostenidos. De igual manera, los ecosistemas marino-costeros aportan recursos esenciales para el desarrollo de medicamentos destinados al tratamiento de enfermedades como la leucemia, además de antivirales, analgésicos y otros compuestos con un potencial científico aún incalculable.
Asimismo, existen espacios marinos y costeros donde es indispensable reducir al mínimo la intervención humana para mantener condiciones prístinas o restaurar ecosistemas afectados, como ocurre en el Parque Nacional Coiba.
En este contexto, destinar áreas protegidas para la conservación y regeneración representa beneficios en múltiples dimensiones. Estas áreas funcionan como una “cuenta de plazo fijo” cuyos rendimientos superan ampliamente las ganancias inmediatas y generan impactos positivos a nivel local, nacional y global.
Por otro lado, aquellas áreas que permiten una gestión sostenible de los recursos naturales pueden convertirse en una “cuenta de ahorro a corto plazo”, al generar ingresos económicos derivados de actividades como la pesca, el turismo, la recreación y otras actividades productivas. Además, funcionan como verdaderos laboratorios vivos que ayudan a comprender mejor el comportamiento de las especies y su interacción con las personas y los ecosistemas. Un ejemplo de ello es el Área de Recursos Manejados Humedal del Golfo de Montijo.
No basta con crear áreas protegidas y enfrentar los desafíos de su implementación. También es necesario lograr que la población las reconozca, las valore, se apropie de ellas y defienda su existencia. Para ello, debemos dejar de lado intereses particulares y construir una visión compartida que impulse mecanismos de reconversión y ajustes, siempre respetando las regulaciones, procesos y prácticas que rigen estas áreas.
El cambio es posible. Existen historias de personas que abandonaron prácticas depredadoras para convertirse en líderes y defensores públicos de las AMP. También es importante reconocer a quienes ayudaron a sentar las bases de estas áreas protegidas y promovieron una visión de conservación marina cuando el tema aún no ocupaba un lugar prioritario en el país. Personas como Agustín Carrión, Efraín Camarena, Kevan Mantell y Loes Roos dejaron un legado invaluable desde la ciencia, el trabajo comunitario, el activismo y la gestión local.
La gestión de las áreas marinas protegidas requiere una visión integral. Más allá de las competencias de la autoridad ambiental, el Estado en su conjunto debe involucrarse junto al sector privado, la academia, los centros de investigación, las organizaciones no gubernamentales, las organizaciones comunitarias y la sociedad civil.
Estamos llamados a dejar de observar las AMP desde la distancia, como si nada nos conectara con ellas, y asumir un compromiso colectivo con su cuidado, aprovechamiento responsable y gestión sostenible. Solo mediante el involucramiento ciudadano podremos identificar oportunidades, analizar los desafíos que enfrentan distintos sectores y promover alternativas que fortalezcan los objetivos para los cuales estas áreas fueron creadas, abriendo nuevas oportunidades para Panamá y su gente.
La autora es gerente de Incidencia Política de MarViva.


