Las invitaciones a conversar en su terreno han servido para descubrir cuánto desprecio hay por el Otro. Ya fuera con el gobernante de un pueblo avasallado por el hambre de conquista y posesión de otro hombre armado con venenos y empujones. Ya con un estadista cuya formación y ejecutorias no sospechó nunca que pudieran ofrecerle resistencia inteligente y raciocinio respetable. Ya sea con un grupo de presidentes electos de diversas maneras por sus pueblos latinoamericanos, cuyas debilidades personales no representan las fortalezas de aquellos pueblos.
Ni siquiera una propuesta de seducir —sino de doblegar con el músculo de ejércitos para las guerras, que un día ofreció decapitar— tenía en sus propósitos. Total, él y sus adláteres lo promueven como el hombre más poderoso del mundo, como si la hombría fuera un par de gónadas externas. El mundo sí ha cambiado y sigue cambiando. El miedo y el terror socavan libertad y justicia. La legalidad internacional es para mentecatos. Los compromisos entre pueblos no tienen validez, cuando los pueblos tampoco. El terrorismo se admitió como eficaz instrumento en los cabildos de gobiernos que otrora consultaron a sus electores y hoy, menos cautelosos, les importa un bledo revelar los brincos de su bilis y los golpes de sus cascos.
La desinformación nociva, esa que se disemina con el interés de hacer daño, ha logrado no una confusión del lenguaje, no un ruido ensordecedor como en la torre de Babel, sino un desprecio por la verdad. Y, cual semillas en surcos de tierra fértil, germinan hoy en nuestros países retoños de aquellos adláteres de la mentira, de la conspiración, del adulterio del conocimiento. Ellos son sus seguidores en el continente nuestro y allende los mares. “Para distinguir entre la noticia falsa y la noticia real se requiere el juicio que se hace con la familiaridad de los hechos”, lo recuerda Susan Jacoby. Si no es así, el engaño se disemina como el cáncer, para matar.
Es de un horror desgarrador la visión del mundo deformado y desgarrado por la falsedad, la fuerza de la irracionalidad, la ignorancia por derecho y la gula por poseer lo ajeno. Nunca fue un riesgo el alarde de vocablos vulgares y de odios viscerales como respuesta a la falta de argumento para defender lo indefendible.
Es también de dolorosa inverosimilitud descubrir el desencuentro de la razón y la sabiduría, del conocimiento y el pensamiento lógico y crítico; el tránsito desbocado de las peores emociones, el auge del fundamentalismo religioso, la aceptación fría de los más brutos crímenes contra la vida, aún a la vista presencial de todo transeúnte en calles de sangre y plomo, y no detenerse a pensar que puede ser el propio cuerpo el aplastado, el golpeado, el atado de pies y manos, el blanco de disparos hasta vaciar el arma; la propia sangre la que caliente el concreto y el asfalto, los asesinatos de Estado en otras geografías y mares, el país invadido y asaltado en sus riquezas, la región y la verdad defenestradas, la propiedad destruida bajo cielos estrellados por llamas mortíferas.
No hay una nación ignorante y libre. Esa nación, en los tiempos civilizados, decía Thomas Jefferson, no existe o no existiría. La ignorancia hoy día sobre lo que ocurre diariamente en el mundo en que vivimos es por escogencia; quien escoge ser ignorante, ignora. Tampoco hay una nación libre cuando el miedo le cercena sus derechos. Los derechos se defienden ante la faz del mundo civilizado, en las instituciones y estrados de la Jurisprudencia, que quieren destruir quienes conocen su capacidad de concertar alrededor de la justicia. La legalidad internacional se tiene que promover y defender. Ella nació para dar un “nunca más” a los holocaustos, al matoneo, a la arbitrariedad, a la matanza, a las guerras de tiranos y de locos.
Hay gobernantes que representan la dignidad de sus pueblos, hay otros que solo representan la suya.
El autor es médico.

