El 26 de mayo de este año, la provincia de Chiriquí celebró sus 175 años de fundación. Desgajada de la provincia de Veraguas en los tiempos en que nuestro destino seguía atado al de la Nueva Granada, la organización social de los territorios en el extremo occidental de la patria istmeña avanzó con este acto político y ganó en entidad. El origen, sin embargo, hay que buscarlo a partir de la organización original que deriva, como en el resto del territorio de la actual República de Panamá, del tamiz creado por los capitanes de Pedrarias Dávila (y el genio organizacional de la metrópoli hispánica en su política de aculturación de los territorios conquistados a sangre y fuego, y luego incorporados con una diversidad de estrategias de dominación política y, sobre todo, de hegemonía cultural.
La constitución de pueblos y ciudades en la ribera pacífica de Panamá, siguió la línea trazada por el genio burocrático de Pedrarias y luego, estructurada con las comunidades de indios en torno a curas doctrineros, en especial de la Orden Franciscana en sucesivas oleadas, siguiendo una estrategia de cristianización que no resultó todo lo exitosa que sus ideadores pensaron (V. Alfredo Castillero Calvo). Larga fue la resistencia y muy lentamente los poblados del lejano occidente de Panamá adquirieron ese carácter de “zona aparte y apartada” que fundara y justificara un cierto sentir de autonomía que contrasta con el de las más cercanas poblaciones del Istmo en el eje Panamá-Penonomé-Santiago de Veraguas, con su ramal hacia Azuero, más exactamente hacia La Villa de los Santos y Las Tablas.
Largo era el salto terrestre entre Remedios y Tolé, y luego Santiago del Ángel, el futuro Alanje, para delimitar los territorios de la Fierra Firme, la Castilla de Oro y luego la Panamá de los siglos XVII y XVIII. Y aún hoy, en pleno siglo XXI, al pasar Santiago de Veraguas, el paisaje delata un bajón en la densidad demográfica y de un cierto “aire” y tonos de azul y de verdes en los grandiosos parajes de montañas, primero, y luego de amplias sabanas y riberas de los ríos Fonseca.
Más lento sería el ascenso hacia los piedemontes cordilleranos, como Gualaca y Dolega, y habría que esperar a los inicios del siglo XX para que las frescas alturas de Boquete, Cerro Punta y Renacimiento terminaran de conformar lo que conocemos como Chiriquí. De hecho, la comunicación marina por la costa pacífica, sería el verdadero hilo de plata para la movilización y trasiego entre David/Pedregal y la urbe capitalina. No obstante, no debe olvidarse que la ruta terrestre fue crucial para el paso de las caravanas de mulas que desde Nicaragua alimentaban el flujo de mercancías entre el Atlántico y el Pacífico en la época de las Ferias de Portobelo, si bien al finalizar la carrera de galeones y de la plata entre El Callao-Panamá-Portobelo y Cádiz el transitar de mercancías y de gentes llegaría a ser pobrísimo. Y qué decir del olvido pluricentenario en la que quedaron los ngäbe-buglé y demás etnias originarias hasta fecha recientísima en el calendario de nuestra historia republicana. He aquí, buena parte del anclaje geo-histórico de lo que podría llamarse la chiricanidad actual.
El autor es economista.