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De la esperanza al compromiso

La deuda pendiente de la educación panameña

De la esperanza al compromiso
Niños y jóvenes participan en clases en un aula en Panamá, donde la educación enfrenta retos en calidad. Foto/Elysée Fernández

A 25 años del Diálogo Nacional por la Educación, Panamá no enfrenta un problema de diagnóstico, sino de ejecución: es hora de transformar el sistema con dirección estratégica y no solo con consensos.

Han pasado veinticinco años desde el Diálogo Nacional por la Educación, cuyo resultado fue sintetizado en el documento “Una cita con la esperanza”. Aquel momento representó un esfuerzo significativo por reconocer la crisis estructural del sistema educativo panameño y construir consensos amplios para su transformación. Sin embargo, en 2026, la evidencia es contundente: los problemas fundamentales persisten y muchos de los acuerdos alcanzados no se han materializado en reformas sostenidas.

Dos voces de aquel proceso permiten hoy una relectura crítica. Por un lado, Belisario Betancourt, expresidente de Colombia y moderador del diálogo, quien sostuvo que la educación posee un poder especial para enfrentar la opresión, la exclusión, la pobreza y el conflicto. Por otro, José Ramón García, quien planteó la necesidad de despolitizar el sistema educativo como condición para su éxito. Ambas afirmaciones siguen siendo relevantes, pero requieren ser actualizadas. La experiencia acumulada demuestra que el problema no radica en la falta de ideas, sino en la incapacidad de traducirlas en políticas públicas efectivas. La visión de Betancourt, profundamente humanista, asigna a la educación un papel central en la transformación social. Sin embargo, en el contexto actual, esa concepción resulta incompleta si no se articula con la estructura económica y tecnológica del país.

La educación no puede seguir siendo concebida únicamente como un instrumento ético de superación de la desigualdad; debe convertirse en el sistema operativo del desarrollo nacional. Esto implica vincularla de manera directa con la innovación, la productividad y la formación de capacidades pertinentes para el siglo XXI.

Sin esa articulación, el sistema educativo corre el riesgo de generar expectativas que no puede cumplir. Forma ciudadanos que aspiran a la movilidad social, pero los inserta en una economía que no siempre está en condiciones de absorber sus capacidades. El resultado es una brecha creciente entre educación y realidad.

Por su parte, la propuesta de despolitización planteada por García también requiere una revisión profunda. En la práctica, lejos de eliminar las distorsiones, el sistema educativo ha continuado afectado por dinámicas clientelares, decisiones sin sustento técnico y una débil continuidad institucional. La despolitización, entendida como ausencia de política, no resolvió el problema.

El verdadero desafío no es despolitizar la educación, sino repolitizarla correctamente. Es decir, liberarla de su captura partidista y orientarla hacia un proyecto nacional de desarrollo. Toda educación es, en esencia, una construcción política: define qué tipo de ciudadano se forma, qué valores se promueven y qué modelo de sociedad se persigue. Pretender neutralidad es, en realidad, renunciar a la dirección estratégica.

El balance de estos veinticinco años es claro. Panamá no fracasó en el diagnóstico de su sistema educativo; fracasó en la gobernanza de su transformación. Hubo diálogo, hubo acuerdos, hubo memoria. Lo que no hubo fue una capacidad sostenida de ejecución que trascendiera los ciclos políticos y garantizara continuidad.

Hoy, el contexto es más exigente. La irrupción de la inteligencia artificial, la aceleración tecnológica y las nuevas dinámicas del trabajo imponen la necesidad de un cambio profundo. No se trata de ajustes marginales, sino de una reconfiguración del sistema: rediseño curricular, fortalecimiento de la formación docente, integración tecnológica y construcción de una gobernanza educativa basada en evidencia y planificación estratégica.

Panamá ya tuvo su “cita con la esperanza”. El desafío actual es mucho más complejo: convertir esa esperanza en estructura, en política pública efectiva y en resultados verificables.

Porque en educación, el tiempo no es neutro. Cada año sin transformación real no es simplemente un año perdido; es un año en que la desigualdad se consolida y el futuro se posterga.

El autor es especialista en Ciencias Sociales.


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