Ya van 3 expresidentes panameños a quienes se le niega la visa para visitar los Estados Unidos. Un mero trámite burocrático, pero con vastas repercusiones cuando se trata de personas que han ejercido tan alto cargo. No se trata, ni tiene el objetivo, de afectar de manera personal a cualquier ciudadano.
El Presidente de Panamá y de cualquier república es, o ha sido, el representante máximo de su país, con toda la majestad que implica esa responsabilidad. Como tal, sus conciudadanos esperan que se comporte con toda la dignidad que conllevan las obligaciones que asume. A su vez, sus compatriotas anticipan que, quienes han sido investidos con su plena representación -no importan nuestras diferencias políticas- sean sobremaneramente respetados por todos los países, y en particular los estados amigos.
A manera de ejemplo, si un amigo vecino me dice que mi padre ya no es bienvenido en su casa, yo espero que me de suficientes explicaciones para comprender sus motivos. No le voy a aceptar meramente que lo llame sinvergüenza, con lo cual, con razón, también me consideraría irrespetado.
El Presidente de un país, como el superior de cualquier entidad, debe tomar medidas difíciles, muchas veces ingratas. En ocasiones, en defensa de los intereses de su país, adopta políticas que favorecen a países amigos, en otras no. En este rejuego los amigos deben entender y distinguir tanto sus intereses vitales, como los de la contraparte, respetando las decisiones incomodas, pero sobrellevaderas a sus propias necesidades.
Y, las respuestas deben ser francas, aún más, si de verdad somos amigos. Volviendo al ejemplo del vecino, no es lo mismo que alegue enemistad con mi padre por intereses encontrados, a que sostenga que es de malvivir. En el primer caso podré hasta mediar o seguir defendiendo los intereses de mi padre, que son los míos también. En el segundo, tendré que tratar de corregir o tolerar el comportamiento paterno.
Pero lo peor y de consecuencias impredecibles, es que los argumentos del vecino sean ambiguos, porque comenzaré a pensar que actúa de mala fe y que me toma por incauto.
Respecto a nuestros tres expresidentes, en un caso se han dado explicaciones admisibles, en los otros dos, ninguna. Es de notar, que estos dos expresidentes adoptaron, en su momento, medidas internacionales que consideraron necesarias para nuestros intereses, pero opuestas a las opiniones norteamericanas.
¿Cómo debemos interpretar el silencio en uno de los casos y los meros adjetivos en el otro? ¿ Cómo entender que nada menos un Secretario de Estado, con la importancia de ese cargo, con un mero comunicado, señale a un expresidente de una Nación amiga, que merece respeto, como delincuente sin mayores explicaciones? ¿Cómo aceptar, sin prejuicios de injerencia en nuestro sistema judicial, que inoportunamente por lo pronto a iniciarse el juicio contra el expresidente, lo sancionen sin explicaciones, con las mismas acusaciones conque va a ser juzgado? Y, ¿cómo explicarnos el criterio justicia detrás de la política de que dichas sanciones se adoptan cuando la persona ya es expresidente y no de inmediato mientras cometen el supuesto acto siendo Presidentes?
Vale la pena recordar que antaño países enteros, bajo la fe de un mismo Dios, se perdieron a la influencia Católica cuando se unieron a otros intereses por dejar de temer a las ya inexplicables excomuniones. ¿Por qué? Sólo un superior razonamiento moral y un comportamiento cónsono justifican sanciones sin el debido proceso. A largo plazo el “big stick” se tolera, pero no se acepta; mientras que la política del buen vecino y los principios morales de Carter perduran.
Ojalá que en Panamá no se pierda nuevamente la buena voluntad inspirada en la dignidad que recobramos con los Tratados del Canal, porqué lleguemos a la conclusión, de que nuevamente nos tratan como una “Banana Republic”.
El autor es abogado.
