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De minería y otros enredos

Panamá lleva más de un mes con el asunto del contrato de la minera a vueltas. Visto lo visto hasta ahora, parece evidente que la mayoría de los panameños no está de acuerdo con que en nuestro país se desarrollen programas de minería a cielo abierto. Las imágenes satelitales de lo que se ha hecho hasta ahora y la extensión de la afectación de la naturaleza circundante, dejan muy claro lo que representa esta industria. Sin poner en duda que pudiese llegar a ser una importante fuente de ingresos para el país, hay que entender que el precio a pagar no solo es alto, sino que las condiciones del contrato que se aprobó con la minera a una velocidad ofensiva es mucho más favorable para la empresa que explota, que para el país “dueño” del recurso explotado.

Como ya mencioné en algún artículo anterior, el contrato minero, con todo lo malo que pueda tener, no ha sido más que el detonante de una inconformidad social que se viene acumulando desde hace muchísimo tiempo. Desde una gestión de la pandemia llena de dudas sobre la transparencia y la honestidad de los procesos, hasta los escándalos acumulados de abusos infantiles que nadie tomó en serio, la asquerosa descentralización paralela diseñada para esquilmar los recursos del Estado de la manera más descarada, una Asamblea que lleva cuatro años seguidos burlándose de los ciudadanos mientras se escudan en sus inmunidades y privilegios, una Contraloría completamente inoperante y ahora una irresponsable ausencia de parte de las autoridades para enfrentar la crisis actual. Cuando se suma todo eso, pues tenemos todos los ingredientes para una explosión social de muchos kilotones.

Hoy, el conflicto derivado del contrato minero es la excusa para poner el país en pausa. Los mismos cuatro pelagatos de siempre han encontrado la forma de impedir el tránsito normal de los ciudadanos, afectando la economía, la producción, la disponibilidad de alimentos y combustible, las clases en los colegios (como si no hubiésemos perdido ya bastantes clases con la pandemia), las citas en los hospitales y la consecuente inestabilidad de la vida en el país. Como siempre, el discurso que esgrimen en nombre del vilipendiado “pueblo” no los convence ni a ellos mismos de que estén tratando de hacer algo para mejorar el país. La agenda sigue siendo generar caos, pues si el país funcionara, ellos ya no tendrían razón de existir. El Suntracs, los gremios de maestros, los tres huelguistas permanentes de los gremios médicos, un grupejo de universitarios crónicos, los líderes de los “grupos originarios” y algunos otros maleantes varios, salen a cualquier hora a cerrar el tránsito y a evitar que el país funcione. La situación en Chiriquí y Bocas del Toro es muy preocupante. La gente no puede ir a trabajar, las cosechas se están perdiendo pues no se pueden transportar los productos hasta los consumidores, ocasionando pérdidas terribles a mucha gente. Y las autoridades: “bien gracias y usted...” Simplemente no hacen nada para tratar de devolver la tranquilidad al país. Todos están escondidos, esperando que el problema pase.

Alimentando la discusión, hay dos grupos que hablan en idiomas diferentes y que no tienen ningún interés en tratar de encontrar puntos de acuerdo mutuo para solucionar el problema de la mejor manera posible. Por un lado, están quienes consideran que la minería es la mejor manera de que el país avance. Ese discurso (alimentado por gente con evidentes conflictos de interés que nunca se declaran) va matizado por una visión cataclísmica de lo que le ocurriría al país si el contrato minero se cancela. Si la mina deja de operar nos demandarán por todo el dinero del mundo, perderemos el grado de inversión, los panameños tendrán que emigrar (los que puedan) e irremediablemente pasaremos a ser una especie de Liberia o Sudán en un par de quincenas.

Por el otro lado, los ambientalistas, muchos de los cuales consideran que la mina hay que cerrarla y echar a la empresa que ha invertido en la explotación de los recursos minerales casi que desde ayer. Como me comentó alguien el otro día, si los dejan rellenan de nuevo el Corte Culebra para que los ñeques pasen de un lado al otro. Y ya hemos tenido ejemplos de errores de los ambientalistas. Cuando se hizo el tramo marino del corredor Sur, nos trataron de convencer que desaparecerían los manglares. Hoy, los manglares están mas grandes que nunca y allí esta el corredor.

Pero, como siempre, la realidad seguramente esta en algún punto intermedio entre esas dos posiciones extremas. Si bien es un hecho que la minería es una industria que genera interesantes beneficios, no es lo mismo explotar una mina a cielo abierto en un desierto en Sur América, que en el medio de la selva tropical, donde una de las principales riquezas es la biodiversidad que de ella depende.

Ahora estamos en una encrucijada donde la mayoría de los panameños se opone abiertamente a la minería. Por suerte, parece que se está canalizando la rabia contra los políticos que nos han metido en este enredo, aprobando a tambor batiente un contrato leonino donde Panamá es el gran perdedor. Si bien hay que tratar de controlar las consecuencias que un arbitraje pudiese generar, tampoco la minera debe estar muy contenta con las pérdidas que se les han acumulado en este tiempo. Esperemos se pueda llegar si no a un happy medium a por lo menos un “acceptable medium” para todas las partes. Y que quienes negocien, piensen un poco en Panamá y no solo en sus propios y mezquinos intereses.

El autor es médico cardiólogo


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