Algunas imágenes me hicieron recordar el 20 de diciembre de 1989, el cosquilleo de la incertidumbre: estaba asistiendo a las últimas horas de mi vida o al comienzo de una nueva; en ese momento no lo sabía y era lo de menos: Estados Unidos acababa de invadir Panamá.
Recibí el sábado un mensaje de mi hija pequeña: ¿has visto lo de Venezuela?, e inmediatamente sentí el vértigo: en mi teléfono las imágenes traían aquel diciembre ahora en enero, el país más poderoso del mundo trayendo con «bombas de paz»—«extrayendo» el mal— el bien que ellos entienden que se necesita, a su medida, esa «tentación del bien» de la que nos hablaba Todorov, y que ahora es una opción legítima.
Cuando no vives bajo una dictadura es difícil entender el alivio de que te quiten de encima al «hombre fuerte», al que hasta los más bravos, armados hasta los dientes, temen y obedecen para mantener los equilibrios corruptos que benefician a los que están en la papa. Las armas también son judiciales, políticas y económicas, las necesarias para mantener el poder.
Las víctimas son los venezolanos; los malos son los dictadores color caribe o de barras y estrellas, los que han caído en «la tentación del bien». Uno lo que quiere es democracia a cualquier precio, incluso la soberanía, porque bajo una dictadura la soberanía no alimenta la esperanza ni el estómago, pero uno es consciente después del precedente, y es doloroso.
De Panamá a Venezuela hay 36 años, dos países y un protagonista: Estados Unidos, que impondrá su «bien» por la fuerza, como Israel, Rusia o el que crea poder hacerlo. ¿Y China? Abierta la veda, y todos con veto o con amigos que lo tienen, los demás no podemos más que alegrarnos por lo que nos toca y pedir que todo salga bien. Nos ponen en la mesa a escoger el menor mal porque el mayor bien ya se lo han llevado ellos.
El autor es escritor.

