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De regreso a lo sencillo en el vínculo con nuestros hijos

De regreso a lo sencillo en el vínculo con nuestros hijos

Recuerdo vívidamente cuando me enviaban por WhatsApp las largas listas sobre todo lo que necesitaba comprar para recibir a mi primera bebé. Cada lista era más larga que la otra y, como mamá primeriza, no sabía realmente a cuál debía hacerle más caso.

Esto me deja reflexionando sobre cómo, en nuestra maternidad, sin querer, ponemos tanto esfuerzo en las cosas por comprar, por decorar, por pedir, por fotografiar, y muchas veces dejamos de lado lo más esencial de la llegada de nuestro bebé. Y el juego es chévere, tampoco vamos a negarlo. Con esto no quiero sonar absoluta, porque claro que hay muchas cosas que preparar para un cambio de vida tan importante. La clave está en hacernos conscientes de lo que significan para nosotros y qué lugar tienen en el vínculo que queremos ir forjando con él.

¿Pero qué necesita realmente un bebé?

Cuando un bebé nace, solo puede sentir. Su cuerpito está recibiendo miles de sensaciones nuevas y desconocidas, sin aún poder disponer de un lenguaje que lo ayude a entender lo que está viviendo. Adentro de mamá estaba cuidadito, sin hambre, sin frío, sin calor y viviendo un completo oasis. Cuando sale, experimenta por primera vez la incomodidad de sus sensaciones físicas, y todo esto puede ser realmente abrumador cuando aún no tiene una mente formada que le dé sentido a lo que está viviendo.

Por esta razón, es clave la cercanía física con un cuidador principal, quien pueda atender sus necesidades y ayudarle a digerir todo lo que está experimentando por primera vez en su cuerpito. Esto quiere decir que, en medio de proveerle los cuidados físicos necesarios, también ayuda a reflejarle la experiencia emocional. Es como si mamá fuera un espejo para que el bebé pueda empezar a conocerse a sí mismo.

Al cargarlo en brazos y decirle: “¡Uy, qué frustrado estás porque no te has podido dormir!”, estamos ayudándolo a tranquilizarse para dormir, pero también reflejándole lo que es sentirse frustrado y tener sueño. Este es un pequeño ejemplo de cómo se va construyendo, en el vínculo, esto tan complejo que llamamos mente, y lo importante que es la presencia física, mental y emocional de mamá en el proceso.

Por esta razón, el amor que podamos brindarle al inicio de la vida es, en gran medida, a través de los cuidados físicos. Un “te quiero” no significa nada si no viene acompañado de un tono de voz cálido que le transmita cercanía, de contacto visual que le comunique presencia y de una lechita que lo ayude a calmar la incomodidad de un estómago vacío.

El hecho de que el bebé no tenga un lenguaje formado en esta etapa hace que la única manera de vincularnos, en un principio, sea mediante la sintonía que podamos tener con sus necesidades físicas. Por ejemplo, reconociendo cuándo tiene hambre, necesita dormir, está incómodo o simplemente necesita ser cargado.

La repetición de esto le comunica, a un nivel corporal, que puede confiar y que hay alguien cuidándolo. Esto va forjando un vínculo muy especial en el que nuestro bebé empieza a sentirse tranquilo bajo nuestro cuidado. Un desarrollo emocional sano también depende de permitir la frustración cuando no se cumple lo deseado y, simplemente, poder contener cuando esto surge. La calidad de cómo se dé este interjuego irá comunicándole el lugar que tiene en nuestro corazón y le dará los cimientos para construir lo que vendría a ser su mente.

La independencia toma tiempo y por eso es normal que requieran tanto de nosotros en los primeros años. La razón por la que me aventuro a escribir sobre esto es porque lo considero un tema de vital importancia, ya que está comprobado que en estas primeras etapas es donde se construyen los pilares del desarrollo emocional para toda la vida.

Y estoy convencida de que, si fundamentamos los vínculos desde una presencia conectada primero con nosotros mismos, en lugar de dejarnos llevar por presiones externas, haríamos toda la diferencia en el desarrollo emocional de nuestros hijos.

Por eso nunca dejaré de maravillarme cada vez que estoy cerca de un recién nacido. La pureza de esos primeros momentos, personalmente, es un recordatorio especial de la grandiosidad del milagro de la vida. Esto también me hace pensar que todo es más sencillo e instintivo de lo que parece; solo requiere que nos permitamos conectar.

El secreto no está tanto en todo lo que “hay que conseguir” para la llegada de nuestro bebé, sino en tener más claro nuestro centro interior y permitirnos ser y estar más presentes”.

La autora es psicoterapeuta.


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