Esta semana se cumplió el plazo que estableció la OMS para lograr un acuerdo global para pandemias, que permita estar preparado para enfrentar crisis sanitarias globales como la que nos tocó vivir entre 2020 y 2022. Tristemente, el plazo se cumplió sin que se llegara a un documento consensuado para la “prevención, preparación y respuesta frente a pandemias”. El objetivo de este tratado es, finalmente, como bien dijo el director general de la OMS, salvar vidas. Ahora, tienen que decidir si se prorroga el término para alcanzar un acuerdo que cuente con los suficientes apoyos.
Lo más triste de todo es cómo el “fracaso” del tratado ha sido celebrado por los grupos antivacunas, conspiracionistas y anticiencia que se hicieron visibles durante la pandemia de Covid-19. Entre los argumentos en contra del proyecto de la OMS, uno de los más disparatados es que constituye un intento para minar la soberanía de los países, controlar a la población mundial y reducirla. Parece que hemos olvidado muy rápido lo que representó para la humanidad la pandemia de Covid-19: más de 8 millones de muertos alrededor del mundo, aunque el número se supone pudo llegar a 20 millones si se toma en cuenta el subregistro que se dio en muchos países cuyos sistemas de salud fueron sobrepasados por la crisis.
A todo aquello, hay que sumarle las “opiniones” de muchos neófitos en temas sanitarios, quienes se dieron a la tarea de promulgar el uso de medicamentos, vitaminas, antibióticos y hasta detergentes para tratar la enfermedad o prevenirla. Las historias de intoxicados por hidroxicloroquina o dióxido de cloro no fueron suficientes para disuadir a muchos de esos pseudoexpertos que se dedicaron a diseminar propuestas absurdas, mientras descalificaban los resultados de estudios científicos que ni siquiera se tomaban el trabajo de tratar de entender e interpretar. Cuando ya se sabía que la forma de transmisión del virus era por aerosoles, insistían en que no se usaran mascarillas, basados en “su derecho” a respirar como les diera la gana.
Pero tenemos que tratar de entender lo que representó aquello en aquel momento: una enfermedad desconocida, contagiosa, con alta mortalidad, que saturaba los sistemas sanitarios y para la cual no existía tratamiento conocido. Como era lógico, el enfoque tenía que ser hacia la prevención y tratar de evitar el contagio. Ahora, es muy fácil hacer medicina en retrospectiva y cuestionar todo lo que “se hizo mal”. Pero las autoridades sanitarias tenían que hacer algo para enfrentar el incremento desmedido de casos, asociados a saturación de hospitales y mortalidad descontrolada. Aún recuerdo cuando se comenzaron a diseñar dispositivos impresos en 3D para poder utilizar un ventilador en más de un paciente, mientras los cadáveres se almacenaban en carros refrigerados afuera de los hospitales. Ahora, puede que nos parezca absurdo, pero en aquel momento la opción era ver morir a personas productivas por no contar con los dispositivos necesarios para atenderlas.
Para el personal de salud, la pandemia representó verse sobrepasados en la capacidad de dar atención a los enfermos. Esto, mientras veíamos morir a compañeros del equipo de salud que se contagiaron cumpliendo con su labor asistencial.
Y al llegar las vacunas, que constituían el rayo de esperanza que tanto esperábamos para controlar la pandemia, arrancaron los grupos antivacunas a oponerse a la forma en que la ciencia se podía enfrentar a la crisis. Las conspiraciones creadas alrededor de la vacunación fueron dignas de comedias de ciencia ficción. Chips subcutáneos para controlar a la gente a través de la señal de celular 5G, sustancias que magnetizaban a quien recibía la vacuna, todo tipo de inventos sobre complicaciones relacionadas a la vacunación, reportes ficticios sobre efectos reproductivos, cuestionamiento de la metodología de RNAm y hasta negación de que se conociera el genoma del virus (lo cual fue publicado al mes de los primeros casos).
Pero las vacunas hace muchos años que han sido blanco de cuestionamientos, en su mayoría infundados. Entendamos que productos promocionados por los gobiernos para controlar enfermedades, fabricados por grandes farmacéuticas, obviamente son propensos a tener enemigos. La combinación del capital y los políticos no son propiamente los elementos más populares o admirados de la sociedad. A eso, hay que sumar que existen personas que genuinamente tienen dudas, basadas en información equivocada o malintencionada, la cual no dominan en detalle. Ah, y no olvidemos que las conspiraciones siempre han sido muy entretenidas. Es mucho más interesante pensar que al presidente Kennedy lo mató una conspiración entre cubanos, la CIA, la mafia, los petroleros tejanos y el presidente Johnson, que aceptar que pudo ser un loco solitario con un rifle.
Pero a pesar de todo lo que pueda decirse, la OMS tendrá que seguir definiendo cómo enfrentar de la mejor manera las pandemias del futuro. Porque no tengamos la menor duda de que ocurrirán. Los virus están entre nosotros y, por su biología innata, seguirán desarrollándose enfermedades que afectarán a los seres humanos en mayor o menor grado. Y ese trabajo de las organizaciones encargadas de estudiarlas y dictar las pautas para su manejo, seguirá confrontando a grupos que ven fantasmas y conspiraciones alrededor de narrativas basadas en la ignorancia y en las ganas de llamar la atención, mientras están diseminados por todo el mundo. No olvidemos que, localmente, un grupo de esos conspiranoicos nos denunció a nueve médicos por “crímenes de lesa humanidad y genocidio” (así, como lo leen), por haber cometido el “delito” de defender la vacunación contra Covid-19 como la forma más efectiva para evitar los efectos de la pandemia.
Mientras tanto, tocará a la ciencia seguir buscando evidencia para enfrentar estas crisis sanitarias. Y por más que parezca frustrante, habrá que seguir tratando de explicar las ventajas de hacer caso a la evidencia científica, en la que deben basarse las decisiones en salud pública. No es un tema de conspiraciones y atentados a la soberanía, es una responsabilidad con los demás seres humanos.
El autor es médico cardiólogo.
