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¿De Vamos a Fuimos?

¿De Vamos a Fuimos?
Bancada de la coalición Vamos y al fondo la junta directiva de la Asamblea Nacional 2025-26. LP/Elysee Fernández.

Hace apenas dos años, el Movimiento Vamos representaba una de las novedades más prometedoras de la política panameña. Nacido al calor del descontento ciudadano con los partidos tradicionales, logró canalizar el deseo de renovación de miles de panameños cansados de la corrupción, el clientelismo y las estructuras partidarias que durante décadas han dominado la vida pública nacional.

Las elecciones de 2024 parecían confirmar que algo estaba cambiando. La irrupción de una bancada significativa de diputados independientes, muchos de ellos vinculados al Movimiento Vamos, fue interpretada como una señal inequívoca de que una nueva generación política estaba llegando para transformar la Asamblea Nacional y, con ella, la forma de hacer política en Panamá.

Sin embargo, dos años después, el entusiasmo inicial parece haberse convertido en desencanto. Lo que alguna vez fue presentado como una alternativa distinta hoy enfrenta una crisis que amenaza con erosionar el principal activo que permitió su ascenso: la confianza ciudadana.

El problema para Vamos es que muchos de los comportamientos observados en los últimos meses han comenzado a parecerse demasiado a las prácticas que originalmente criticaban. Las disputas internas, las diferencias públicas entre sus principales figuras, la falta de una línea política coherente y las controversias relacionadas con votaciones legislativas y en general la forma en que se administran los recursos de la Asamblea Nacional han proyectado una imagen de improvisación y desorden que contrasta con la narrativa de renovación que impulsó su crecimiento.

Muchos de sus integrantes fueron electos precisamente porque prometían alejarse de las prácticas partidistas tradicionales. Pero la gobernabilidad de cualquier organización política requiere cierto nivel de organización y cohesión. La tensión entre independencia individual y acción colectiva parece estar en el centro de los conflictos actuales.

La historia política está llena de movimientos que fueron extraordinarios en la oposición pero encontraron enormes dificultades cuando llegó el momento de ejercer poder. Criticar es relativamente sencillo. Construir consensos, administrar diferencias y producir resultados concretos es considerablemente más complejo. La verdadera prueba de cualquier movimiento reformista no ocurre durante la campaña electoral sino después de la victoria. En ese sentido, Vamos está atravesando el momento más difícil de su existencia. Ya no puede definirse únicamente por lo que rechaza. Debe comenzar a ser evaluado por lo que propone, por lo que logra y por la forma en que administra sus propias contradicciones.

Vamos deberá definir si aspira a convertirse en una organización política estable y duradera o si continuará operando como una coalición flexible de liderazgos independientes. Ambas opciones son legítimas, pero intentar ser ambas cosas al mismo tiempo puede resultar insostenible. La ciudadanía panameña sigue necesitando alternativas políticas serias, transparentes y capaces de renovar las instituciones democráticas. La pregunta es si Vamos podrá reinventarse para cumplir ese papel o si terminará siguiendo el destino de tantos movimientos que despertaron enormes esperanzas para luego diluirse bajo el peso de sus propias contradicciones.

La respuesta aún está por escribirse y la elección del próximo Presidente de la Asamblea Nacional nos dará luces del futuro del movimiento. Si no se da el cambio que la ciudadanía espera, entonces, la pregunta del título dejaría de ser una curiosidad intelectual para convertirse en un epitafio político: ¡de Vamos a Fuimos!

El autor es excandidato presidencial por la libre postulación.


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