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De vidas y muertes

El sol rayaba las horas de la tarde escolar cuando mi paciente de 13 años de edad empezaba a hacerse cortes que rayaban la piel de sus dos muñecas y brazos. La sangre se escurría lentamente y en hilos dolorosos. En otro momento pregunté si eso no le dolía al hacerlo y me contestó: “me duele más la burla y el maltrato verbal y físico, que no me inviten a pertenecer a su grupo de amigas y eso que estamos en el mismo salón de clases, que me digan que soy muy fea para hacer cosas con ellas, muy negra para pertenecer y muy pobre para vestirme y arreglarme como ellas”.

A los 9 años de edad le gusta vestir pantalones rosado, camisas con flores y sin cuello, zapatillas altas con brillantes y lazos de colores desteñidos. Es delicado en sus maneras, cuidadoso en sus modales y respetuoso en su trato. De higiene, pulcro, y a su corta edad, ya ha planeado quitarse la vida varias veces. Sus conversaciones son escuetas, su mirada no se levanta, su silencio es estruendoso. No es tímido, tiene miedos y sufre tristeza y depresión. Sus compañeros de escuela lo tienen amenazado de darle una golpiza porque le gusta parecer y se comporta como mujer. Los vocablos para lastimarlo hieren a cualquiera persona decente en una sociedad educada. Seguro que las que salen de las bocas de aquellos niños malcriados de su misma edad, las escuchan y aprenden en sus casas. No quiero que se imaginen ahora el grado de violencia familiar que se vive en ellas.

Yo me rehúso a usar la palabra “hogares” donde todo lo que hay para así no consignarlo, es una casa con paredes, piso y techo, fría y ruidosa. Una casa no enseña ni forma en valores humanos, en respeto a derechos, en reconocimiento de la otra persona y en la práctica de deberes para vivir en sociedad o en comunidad. Para esto se requieren hogares, no casas.

Lo empujaron, le dieron de manotones en la cara, lo patearon, le dieron puños a la boca, la nariz y los ojos hasta romperlos. La autopsia reveló que le reventaron el hígado, el bazo, la aorta abdominal y los testículos antes de dejarlo tirado en la calle, como a un animal. Eran siete contra uno, salían todos de una cantina, pero no estaban borrachos, estaban con ira y asomados sus instintos de asesinos. Unos tenían apenas 17 años de edad y otros no pasaban de los 30. El último suspiro de vida fue sobre el pavimento, boca abajo, las extremidades desordenadas y los ojos de sus asesinos, encendidos y brillantes de satisfacción. Tenía solo 22 años y no ocultaba su homosexualidad ni su bondad.

Estas poblaciones con orientación sexual diversa y no binaria, aunque son pequeñas, se comienza a descubrir con mayor frecuencia que en el pasado y la repercusión en la salud y la integridad en una sociedad que las juzga, las condena y las castiga. Un estudio recientemente publicado entre 124,773 jóvenes en Estados Unidos revela, aparte de la gran variedad como ellos identifican su orientación sexual, lo que dificulta una puntual apreciación de sus necesidades de atención de salud y riesgos, que incluso son de mayores proporciones que las sospechadas en las más reconocidas orientaciones sexuales, que en este estudio entre los grados 9 y 11 (entre 3º y 5º años de la secundaria nuestra), andan alrededor de 9.4%. Algunos de esos grupos son más vulnerables a sufrir bullying, ansiedad, depresión y tensión, que resultan en morir por suicidio.

Quitarse la vida por suicidio y morir por asesinato son las dos formas como acaba con la existencia de seres humanos valiosos, de personas con padres, hermanos y primos, abuelos y tíos, con compañeros de clases y de labores -como somos todos nosotros- en una sociedad donde despectivamente se inculca que existe una ideología para el pecado o para diezmar a la humanidad. Donde la disforia de género se ignora por escogencia porque no interesa a los miembros de esa sociedad educarse ni respetar derechos y honrar la dignidad que exigen para ellos. Una sociedad donde todo lo criticable de la intimidad sexual de las personas homosexuales o transgénero se lo permiten y celebran a los que dicen reconocerse como heterosexuales. Una sociedad donde desde las más altas instituciones de justicia se le niega derechos a hombres y mujeres solo porque su orientación sexual no coincide con sus sexos anatómicos.

La construcción social que crea segregación, exclusión y estigma, también construye crímenes. Si fuéramos una sociedad educada, con formación humanista y científica, amable y receptiva, algunos de mis pacientes no planearían tomar represalias contra la sociedad y la familia, quitarse la vida por suicidio; otros no se cortarían ni estarían viviendo en una tormenta de desesperanza, una violencia de constante burla y matoneo, y otros, no morirían de patadas y puños por un grupo salvaje de machos y malhechores.

El autor es neonatólogo y pediatra


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