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¿Debe gobernar el más popular o el más capaz?

¿Debe gobernar el más popular o el más capaz?
Panamá. 4 de diciembre de 2011. JO. BEBEDERO. Elecciones. La pequeña población de la Provincia de Los Santos, El Bebedero, realiza hoy sus elecciones para destinar al nuevo representante de corregimientos. En esta actividad los partidos del PRD y CD miden fuerzas politicas en una localidad de cerca de 1.000 electores. En esta jornada se estan utilizando las maquinas para el voto electronico, mismas que no han sido de facil uso para algunos pobladores, especialmente las personas mayores. LA PRENSA / Joniel Omaña

Las democracias eligen a sus gobernantes mediante el voto popular, pero no siempre seleccionan a los más preparados para gobernar. Cuando eso ocurre, las consecuencias pueden marcar el rumbo de un país durante años.

Aunque Panamá todavía se encuentra lejos del inicio formal de una campaña electoral, siempre es un buen momento para reflexionar sobre una pregunta fundamental para cualquier democracia: ¿qué tipo de liderazgo queremos elegir?

En política, ganar una elección no siempre significa estar preparado para gobernar. La historia está llena de líderes muy populares que luego demostraron ser malos administradores del poder. Por eso vale la pena plantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿debe gobernar quien logra mayor popularidad o quien demuestra mayor capacidad para dirigir un país?

La democracia moderna se basa en una idea poderosa: el pueblo elige a sus gobernantes. Esa legitimidad es esencial. Sin embargo, gobernar un Estado es una tarea extraordinariamente compleja. Implica tomar decisiones sobre economía, seguridad, salud pública, educación, infraestructura y relaciones internacionales. No es extraño, entonces, que desde la antigüedad algunos pensadores advirtieran sobre los riesgos de elegir líderes únicamente por su popularidad.

Durante una campaña electoral suelen destacar quienes comunican mejor, quienes prometen soluciones rápidas o quienes logran conectar emocionalmente con el electorado. Pero dirigir un país exige algo más que carisma. Requiere conocimiento, experiencia, criterio y la capacidad de tomar decisiones difíciles incluso cuando no resultan populares.

Este dilema no es solo teórico. En América Latina se ha visto repetidamente cómo líderes que llegaron al poder con un fuerte respaldo popular enfrentaron luego enormes dificultades para gobernar o terminaron debilitando las instituciones. El resultado suele ser un ciclo conocido: entusiasmo inicial, frustración posterior y una creciente desconfianza ciudadana hacia la política.

Panamá no está completamente al margen de ese fenómeno. En cada campaña electoral, el debate público suele girar alrededor de promesas, personalidades y confrontaciones políticas, mientras que la discusión profunda sobre la capacidad de gestión, la preparación técnica o la visión de Estado queda muchas veces en segundo plano. Con frecuencia se discute quién conecta mejor con el electorado, pero mucho menos quién está realmente preparado para administrar el país.

Esto plantea una pregunta inevitable: ¿está nuestro sistema político diseñado para elegir al más capaz o para premiar al más popular? Cuando las campañas se convierten en competencias de promesas inmediatas, regalos o beneficios puntuales, los candidatos tienden a competir precisamente en ese terreno. La política deja de ser una discusión sobre el futuro del país y se transforma en una disputa por quién puede ofrecer más en el corto plazo.

Sin embargo, la solución tampoco es reemplazar la democracia por el gobierno de una supuesta élite de expertos. La historia demuestra que cuando el poder se concentra en grupos que se consideran más preparados que el resto de la sociedad, el resultado puede ser un sistema cerrado que termina gobernando para sí mismo.

El verdadero desafío de una democracia es encontrar un equilibrio. La legitimidad del voto popular es indispensable, pero debería ir acompañada de una exigencia ciudadana mucho mayor sobre la capacidad, la preparación y la integridad de quienes aspiran a gobernar.

Si la política recompensa únicamente la popularidad, los candidatos competirán por ser populares. Pero cuando una sociedad comienza a exigir preparación, responsabilidad y carácter, la política también empieza a cambiar.

Al final, la calidad del liderazgo político de un país no depende únicamente de quienes se presentan a las elecciones. Depende, sobre todo, del nivel de exigencia de la sociedad que los elige.

En democracia, los ciudadanos siempre tienen la última palabra. La verdadera pregunta no es solo quién quiere gobernar, sino qué tipo de liderazgo estamos dispuestos a elegir.

El autor es director en la junta directiva de Apede.


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