“Existe una cosa de la que un profesor puede estar absolutamente seguro: casi todos los estudiantes que entran en la universidad creen o dicen que creen que la verdad es relativa.” Con esta aguda observación, el filósofo Allan Bloom abría la introducción de su obra La decadencia de la cultura (1987), un aldabonazo contra el vacío intelectual de la educación superior. Una crisis que para Bloom radicaba en lo intelectual.
Lo que Bloom diagnosticó en las universidades de élite de Estados Unidos no se compara del todo al síntoma que hoy aqueja a la Universidad Autónoma de Chiriquí (Unachi), porque esta no es una crisis del espíritu ni del intelecto; es una crisis política donde la gobernanza se ha prostituido sin pudor. Por otra parte, parece que algo de la cultura de “todo vale” también está presente.
Hace varios años escribí un ensayo donde hablaba del concepto del relativismo. El filósofo Paul Feyerabend popularizó la idea de que ‘todo vale’, una consigna que el postmodernismo convirtió en consigna de libertad intelectual. Pero lo que en la epistemología pudo ser una provocación saludable, pues la noción de relativismo es una virtud que ofrece apertura cultural, en la gestión institucional panameña (pienso en la universitaria) se ha convertido en un malestar.
Cuando “todo vale”, el mérito se vuelve irrelevante; cuando “todas las interpretaciones son aceptables”, el nepotismo se disfraza de lealtad; cuando “no hay verdades”, la denuncia de la corrupción es un problema más que no importa. Mario Bunge advirtió que quien cree que no hay verdades no se molesta en buscarlas. Y eso es exactamente lo que ocurre en la Unachi: no hay intención de buscar la verdad. Ni la verdad administrativa, ni la ética, ni la política; mucho menos la excelencia educativa, porque se ha interiorizado -consciente o inconscientemente- que “todo vale”.
Cuando todo vale, sobre todo en términos de cultura y educación, nada importa demasiado. Ni la verdad, ni la ética, ni la moral ni siquiera la misma cultura. La universidad pública panameña se ha anclado en un sistema de gobernanza que premia la lealtad política por encima del talento y la excelencia. Lo que Mario Bunge ha llamado el feudalismo de la cátedra veda las posibilidades de la buena educación.
En un reciente artículo de opinión de Carlos González de la Lastra, titulado: “Fuenteovejuna y la universidad pública panameña”, el autor denuncia acertadamente cómo las universidades del país han devenido en “pequeños sistemas políticos cerrados, donde la permanencia en el poder depende más de redes de lealtad que de resultados verificables…”. Por eso el autor concluye como en la obra maestra de Lope de Vega: ¿Quién mató la excelencia universitaria?
Esta distorsión de la autonomía universitaria ha dado paso a un clientelismo y nepotismo descarados. Esto es un problema que desenmascara una ética deformada que se ha vuelto sistémica en Panamá. La corrupción es un sistema y ese sistema ha encontrado en los claustros universitarios un caldo de cultivo propicio para la degradación moral.
Para retomar la advertencia de Bloom, la universidad debe ser el antídoto contra el relativismo que todo lo nivela. Su función es formar ciudadanos capaces de cuestionar el poder y discernir entre el interés colectivo y la conveniencia personal. Sin pensamiento crítico, la universidad se reduce a un espacio empobrecido y la ciudadanía se vuelve vulnerable al abuso.
La universidad es el espacio donde la nación se reconoce a sí misma, preserva su memoria histórica y crea nuevas formas de pensamiento. Una buena universidad que se precie de serlo, no solo forma profesionales; sino ciudadanos cultivados y conscientes de los problemas del mundo; son presencia en el mundo.
Para los jóvenes chiricanos y panameños, la Unachi es una de las pocas vías para acceder a una educación de calidad, pero la decadencia cultural no sólo empobrece el espíritu, sino que perpetúa las desigualdades. Solo una universidad pública vigorosa y exigente, que investigue y enseñe, puede garantizar que el talento, y no el apellido o la conexión política, sea el verdadero pasaporte al futuro.
La universidad pública puede recuperarse porque hay personas dispuestas a hacer posible lo imposible; sobre todo los estudiantes que tienen el derecho de exigir desde todas sus posibilidades; profesores que se preocupan por investigar y enseñar, que producen pensamiento; administrativos que no consienten el oportunismo y el clientelismo.
Frente al relativismo y la inercia que paralizan, existe la esperanza que moviliza y resiste. Frente al extravío está la posibilidad de reorientarse. Frente al oscurantismo, vive la decisión de buscar la verdad. La Unachi no se recuperará por simple optimismo ingenuo. Se salvaguarda por actos concretos de esperanza: estudiantes que denuncian, profesores que enseñan con integridad, ciudadanos que no se resignan. La esperanza no es un lujo filosófico, hoy día. Es la única herramienta práctica que tenemos contra el ‘todo vale’." La esperanza es el motor moral que permite resistir la decadencia sin volverse parte de ella.
El autor es escritor.

