De una cultura aldeana, manifiesta tempranamente por la competitividad escolar, a la gran aldea teórica del despropósito por lo irracional y nocivo, las teorías conspirativas, a pesar de los disgustos o entusiasmos que producen, son un fenómeno contemporáneo, social, político y sí, cultural, que atentan seria y gravemente contra la libertad de opinión y la democracia, aunque la afirmación parezca un oxímoron.
“Las teorías conspirativas explican eventos complejos del mundo con referencia a tramas secretas que eclosionan de grupos con poder”, nos resumen Douglas, van Prooijen JW e Imhoff y Bruder. Su origen es una “mentalidad conspirativa”, ese que crea una conspiración, creará otras. Su mentalidad descansa en prejuicios sobre el poder, la política y el autoritarismo. En una revisión reciente de dos estudios en 26 países, nuevamente Ronald Imhoff y sus colabodores encontraron una mayor tendencia a apoyar la mentalidad conspirativa, entre los electores de partidos de oposición, aquellos “deprivados del control político”, pero, aún ajustando para la deprivación del control, la mentalidad conspirativa está asociada especialmente con las creencias de la extrema derecha y se fortalece por la deprivación del control político.
Recientemente, el movimiento QAnon, originado en la extrema derecha política de Estados Unidos, se constituyó en la mayor industria de teorías de la conspiración y junto con Donald Trump -que lo abrazó en una concentración política en Ohio, el 17 de septiembre de 2022-, desquiciaron el orden norteamericano y se han propuesto acabar con la democracia de ese país negando las verdades, enseñando mentiras, alterando los hechos y, haciendo de la opinión, el sable contra la verdad. Así lo divulgó cada noche y cada mañana la cadena Fox, lo que la arrastró a la difamación y hoy confronta con una demanda de miles de millones de dólares.
Hay un grado de narcicismo detrás de la hechura de teorías de conspiración. Del otro lado del despliegue narcicista, hay la lectura de intenciones siniestras en quienes creen en las teorías conspirativas, que se interconectan con el despropósito del creador de las conspiraciones; las más de las veces la lectura es de control político, pero también las hay de control personal, con fuerte contenido paranoico.
Para Roland Imhoff, la lectura de control político es significativa en la mentalidad conspirativa y está relacionada con los liderazgos políticos populistas y el autoritarismo. Este marco de referencia caracteriza los extremos de las orientaciones políticas tanto de izquierda como de derecha, quienes acogen con mayor facilidad las teorías de conspiración pero, de forma particular, la extrema derecha o conservadora de la política partidista. Aunque la derecha o la izquierda no son las mismas en Europa que en América Latina y Estados Unidos, los extremos sí suelen identificarse de forma menos disímil, como aquellos que rechazan las ideas y los grupos que no son ni comparten sus propias ideas. Allí florecen las teorías de conspiración por su afinidad con soluciones simples y razonamientos simplistas. En esta línea de comportamiento, dice Imhoff, las teoría de conspiración son comunes entre los fundamentalistas religiosos y los antitecnología, y, como hemos sido testigos durante la pandemia, los anticiencia y antivacunas.
Durante la pandemia, ha sido larga y recurrente la actividad anticiencia de los grupos que crean las teorías de la conspiración, que incluyen médicos e investigadores insastifechos, no con el método científico, que conocen, sino con el lugar que les ha tocado en la jerarquía de los reconocimientos. Detrás hay prejuicios y celos contra las sedes de la investigación, las escuelas de medicina y sus autoridades, contra los rectores y voces de la salud pública y de los comités consultivos sobre vacunación, entre otros. Uno de ellos, invitado a divulgar sus castigados pronunciamientos por sociedades médicas y universitarias en Estados Unidos, en una desafortunada iniciativa social. Si el agravante es la pérdida del control político, del lugar social y la autoridad científica, entonces podemos considerar que las teorías de conspiración se producen en el nicho de los perdedores (loosers).
Juan Gabriel Vásquez nos trae una frase contundente, sabia y clara, probablemente originada en una serie de televisión y refiriéndose al electorado conservador de Estados Unidos: “Si les dices qué pensar, los pierdes; si les dices qué sentir, son tuyos”. Los creadores de las teorías de la conspiración lo conocen y esa explotación de las emociones es inmoral, tanto en el mundo laico como en el religioso.
Las teorías de la conspiración que QAnon revive parecen sacadas de la Edad Media, como cita Victoria Hansen lo dicho por Kammy Akhavan, de la Universidad de California: “cuando comencé a aprender sobre QAnon [la teoría de conspiración según la cual el expresidente estadounidense Donald Trump luchaba contra la pedofilia y el “Estado profundo”], me sorprendió mucho porque parecía casi como si tuvieran un antiguo libro medieval y lo estuvieran leyendo”. La más famosa de aquellas es la del rey Felipe IV, El Hermoso, contra Los Templarios, a quienes acusa de pederastia, sodomía, hechicería y adoración a Satanás. QAnon divulga teorías sobre la pederastia de políticos demócratas y, entre ellos, Hillary Clinton. Fox News es el altoparlante de estas y otras teorías contra políticos demócratas y, aun conociendo sus periodistas lo falso de las afirmaciones, las divulgan. Así como Tucker Carlson es de esa estirpe sin ética, un propagandista obsceno e intratable, también lo son senadores del Partido Conservador, que vivieron el asalto al Capitolio de Estados Unidos, buscaron refugio y salieron ilesos, pero hoy niegan la conspiración terrorista del 6 de enero de 2021.
Los avances científicos no son ni ganancias personales ni para ganancias personales, como algunos hombres de ciencia han permitido entrever en sus actos contra la ciencia, a forma de represalia; o como deja de interpretarse el acto individual de vacunarse para la protección pública. Si comenzamos a explorar concienzudamente y a profundidad nuestras obligaciones morales, como lo ha dicho Lisa Margonelli, el mundo mejorará.
El autor es neonatólogo y pediatra

