Aunque el materialismo tiene un significado filosófico de antigua data, y de múltiples enfoques por diferentes estudiosos a través de los siglos, el concepto popular actual se puede entender así:
“En el lenguaje común [el término materialismo] es usado como una etiqueta peyorativa para un estilo de vida que busca riqueza, dinero y comodidades en lugar del desarrollo espiritual o mental. Este término no tiene que ver con la posición de filósofos o científicos materialistas, sino que se identifica con el término consumismo”.
Considero que, si bien los bienes materiales son algo deseable y a lo que se puede aspirar legítimamente, como todos los aspectos de la vida tienen un lado oscuro, como el Imperio de la popular serie Star Wars.
Ese lado oscuro es el que antepone los bienes materiales a todo lo demás, sin aceptar límites, y que no sólo genera sufrimiento y guerras en el planeta, pues aún no alcanza para todos, sino que genera pobreza en los pueblos y destrucción de las instituciones a lo interno de los países.
Pero esa forma de ver el mundo no sólo genera esos maleficios, sino que también genera corrupción, pues obtener, mantener y agrandar riquezas se vuelve el objetivo central de la actividad humana, la cual, cuando el dinero es de todos, pero tampoco es de nadie, lleva al ser humano a robar, disfrazando de negocios una adquisición ilícita de dinero para alimentar la sed de poseer bienes materiales a toda costa.
Y esto no sólo ocurre en la política y con los políticos, sino que ocurre en los monopolios, que ejercen influencias ilegítimas (y en muchos casos, ilegales) con el objeto de mantener una situación que a todas luces va en detrimento de las mayorías, y en beneficio desproporcionado de unos pocos.
Y esto no es nuevo, así se han desarrollado, nutrido y acrecentado una buena parte de las grandes fortunas del planeta.
Así las cosas, requerimos leyes antimonopolio, donde cualquier ciudadano pueda demandar una situación de tal naturaleza, y donde los representantes legales y los ejecutivos con capacidad decisoria de una corporación o grupo empresarial deban rendir cuentas e incluso puedan ir a prisión por tales situaciones.
También, la misma pena debe aplicarse en los casos donde se den coimas a funcionarios para obtener beneficios, contratos u otras prebendas. Dar una coima es tan indecente como recibirla, pues no se hace gratis; siempre es con un beneficio material en la mira.
Dicho esto, los funcionarios que exijan o reciban coimas, o que no puedan justificar sus haberes, incluyendo aquellos de su familia y de su entorno, deben responder con penas de prisión y se les debe confiscar sus bienes materiales, y todos aquellos bienes que se intenten disfrazar como de terceros, quienes a su vez tampoco lo puedan justificar.
Con leyes fuertes y con decisión de las autoridades se puede corregir el rumbo, que hoy nos lleva (o ha llevado) a un estado fallido, donde la corrupción permea a todos los niveles de la sociedad.
Esto tiene que empezar por el presidente, que es quien nombra a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, al procurador, a los reguladores de todas las entidades que hoy obtienen una parte desproporcionada de las riquezas, y asigna el presupuesto y firma los cheques para la tan cuestionada Asamblea de Diputados. El presidente también tiene entre sus prerrogativas el proponer leyes.
Y no estamos hablando de una agenda anticapitalista ni de demonización de las riquezas bien habidas. Hay múltiples ejemplos, en Panamá y el mundo, de empresas que con base en el ingenio, determinación y trabajo de uno o más emprendedores logran un sitial ejemplar.
Estas empresas exitosas, no obstante, deben encontrar una forma de retribuir bienestar a los ciudadanos, quienes al final, con su productividad, permitieron la acumulación de esas riquezas.
En fin, es un tema complejo, pero lo que sí podemos empezar a hacer ya, como sociedad, es a regular los mecanismos que dan lugar a la corrupción, a las fortunas mal habidas, a los monopolios y todas esas cosas que permiten lograr los bienes materiales por encima del espíritu de solidaridad que debe prevalecer en la raza humana.
El autor es ingeniero informático y escritor.
