En diciembre de 1998, Hugo Chávez ganó las elecciones en Venezuela y dio comienzo a uno de los episodios más lamentables de la historia social, política y económica de América Latina. No obstante, el triunfo de Chávez no obedeció únicamente al descontento de una parte sustancial del electorado, sino también a una maquinaria propagandística que dividió al pueblo venezolano y sembró la retórica necesaria para desmontar la democracia y el Estado de derecho en el país sudamericano.
La pobreza, la desigualdad y la corrupción fueron los tres grandes males que el chavismo usó para construir una narrativa que le permitió controlar la más importante esfera del poder social: la conciencia de los ciudadanos. Chávez abanderó sus propuestas bajo el concepto de justicia social y, con astucia, logró politizar los miedos y resentimientos de quienes se sentían marginados, tanto social como económicamente. Sin embargo, una vez elegido, su discurso y sus políticas tomaron un giro que no deberíamos ignorar si queremos aprender a identificar y enfrentar nuestros propios males.
Una sociedad con resentimientos, hambre y falta de oportunidades —educación, salud accesible y empleos dignos— se convirtió en el caldo de cultivo ideal para señalar culpables y nominar salvadores. Venezuela ya atravesaba turbulencias políticas —como el Caracazo de 1989, que fragmentó la confianza pública en la capacidad del Estado—, y cada nuevo gobierno fue incapaz de resolver los problemas estructurales del país. En ese escenario, la desconfianza en la clase política tradicional empujó a los venezolanos a elegir a Chávez.
Su discurso anti-elitista, dirigido contra la oligarquía que controlaba la economía, le permitió presentarse como el salvador del pueblo. Con gran capacidad de oratoria, transmitía un mensaje que muchos aceptaron como verdad absoluta: que la élite había saqueado al pueblo y vendido los recursos del Estado a intereses extranjeros. Pero omitía un pequeño detalle: que todos somos iguales, pero algunos son “más iguales” que otros. Su verdadera intención no era elevar a los venezolanos, sino empobrecerlos por igual para hacer viable su promesa de justicia social.
Esa narrativa caló hondo en los sectores hartos del nepotismo y el abuso de poder. Y no sin razón: quienes tenían poder económico financiaban campañas políticas que, una vez en el poder, favorecían intereses extranjeros por encima de los nacionales. Los conceptos de soberanía económica y participación popular resultaron convincentes. La palabra de Chávez se volvió incuestionable para sus seguidores, y toda oposición fue vista como traición.
Los términos “bolivariano” y “venezolano” terminaron por crear dos tipos de ciudadanos: quienes comprendían la gravedad del populismo incrustado en cada órgano del Estado, y quienes veían en Chávez al mesías que expulsaría a los corruptos a palazos. Su lenguaje sencillo, directo y emocional hacía sentir incluidos a todos, incluso a los más marginados. Sin tecnicismos ni explicaciones sobre las consecuencias de sus reformas, la población comenzó a aceptar que no había punto medio. La única solución, decían, era extirpar la oligarquía, suprimir a la oposición y eliminar el disenso. Quien no pensaba como ellos, traicionaba a la patria.
Sí, las cosas deben cambiar, pero todo cambio dictado desde los pensamientos —especialmente los más retorcidos— de individuos sedientos de poder, no puede tener otro desenlace que el colapso. Siempre se dice que Panamá va en camino a ser una nueva Venezuela. Este es el momento de observar con detenimiento quién propone el cambio, qué tipo de cambio impulsa y cuáles son sus verdaderos intereses. Los resultados sociales, políticos y, sobre todo, económicos del chavismo deben servirnos de advertencia para corregir el rumbo como nación.
Panamá parece hoy atacada por todos los frentes: un gobierno que sirve a los intereses de un grupo reducido, sin el menor pudor ético, y que toma decisiones arbitrarias que lesionan la institucionalidad; y una parte del sector popular que busca desestabilizar el país, sin atender las verdaderas necesidades sociales, aun si el precio lo pagan quienes no pueden darse el lujo de dejar de trabajar.
El autor es internacionalista.
