Lo digo cuando me preguntan por «eso de escribir»: estuve a punto de no hacerlo, contesto, por culpa de Miguel Delibes. Recién llegado a Madrid y con ganas de ser escritor, pero sin saber por dónde empezar, decidí leer con más ganas y llegué a El camino. Viendo la prosa fluida, el vigor de los escenarios y la belleza de las palabras de esa historia, supe que, o se escribe a ese nivel o mejor no hacerlo. Aprendí después que cada uno tienen que buscar como escritor su camino sin dejar de aprender de los mejores.
Leí en estos días un artículo muy ameno de mi Irina Nemtchenok de Ardila (Miguel Delibes en teatro), donde recuerda que vio la obra Señora de rojo sobre fondo gris, en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes, basada en la novela homónima de Miguel Delibes y protagonizada por José Sacristán, y todo ello me ha devuelto a la obra de este vallisoletano universal, que confió en el talento precoz de otro grande de las letras: Francisco Umbral.
La fuerza de este monólogo masculino, que contrasta con el de Cinco horas con Mario, femenino (interpretado durante años por Lola Herrera), tiene la capacidad de mantener a los espectadores en vilo, que asisten a un duelo del actor con el texto, como dice la profesora Nemtchenok de Ardila en su artículo: «solo él en el escenario. Él y la lengua española. Él y Miguel Delibes».
Recuerdo su última novela, El hereje (1998), el revuelo, las críticas en prensa, la constatación de que hay que escribir a ese nivel o no escribir, que hay que seguir buscando el camino, que la belleza del oficio de escribir es posible. Y lo que aprendimos, y lo que echamos de menos a la «e» minúscula de la Academia. La memoria tiene esto de arbitrario, un recuerdo te lleva a otro y te pone a releer, a salto de mata, las historias que nos siguen acompañando.
El autor es escritor.
