FORMACIÓN HUMANA

Hacia la democracia planificada

Hacia la democracia planificada
Hacia la democracia planificada

Nos llena de aprehensiones ver ahora mismo cómo se procura acelerar el progreso de industrialización del país, sin tomar en cuenta las repercusiones que este hecho podría tener en otros aspectos de la vida nacional, en absoluto olvido o aparente desconocimiento de la experiencia dolorosa de los países ya industrializados, cuyas estadísticas de criminalidad, divorcios y enfermedades dan testimonio de este hecho.

En la actualidad, esos países se afanan por poner coto a dichos males, con programas parciales de reforma social en los que desempeña papel relevante la escuela, pero no faltan tampoco esquemas de un plan integral y dinámico, como el que Karl Mannheim ha llamado la tercera posición, o, en términos más concretos, la democracia planificada, en la que tanto se remozan las viejas instituciones liberales como se frena el burdo liberalismo, con el propósito deliberado de forjar la personalidad democrática.

El plan es integral porque arranca desde el seno mismo de la familia hasta las esferas más altas de la administración. Y la escuela, que naturalmente es agente activo en esta planificación, no es sobrecargada en su gestión, más bien es aliviada con la cooperación de otras instituciones sociales y medidas administrativas.

Aunque siempre ha existido una controversia entre la educación humanista y la educación práctica, por su insistencia entre algunos de la importancia que se le da a una educación humanista y, en otros por la urgencia de formación de técnicos, es posible hallar un punto en el que ambas tendencias puedan armonizar. Cuando se vuelve la vista a la realidad social panameña se descubre enseguida que ella está urgida de técnicos en casi todos los campos de la actividad económica, pero se vislumbra, también, el peligro inminente del colapso de nuestros valores morales y culturales, si no encauzamos nuestros esfuerzos para remozar las tradiciones humanistas.

Al conjuro de fuerzas externas e internas, el medio panameño se transforma, no solo en su aspecto material, que ya es mucho decir, sino en el aspecto más sutil de las costumbres y hábitos sociales, y en la actitud misma del panameño frente a la vida. La educación debe ejercer una acción ideológica al respecto. Indudablemente en esto no caben alternativas.

La escuela no puede permitirse el lujo de asumir actitudes contemplativas o, sencillamente, receptivas frente a un posible colapso de los valores humanos para satisfacer una urgente demanda de técnicos. La respuesta está, sin duda, en una técnica humanizada, como en una ciencia y un arte espiritualizados. Cómo se ha de realizar el milagro de esa conjunción, es cuestión ya más de la ciencia de la pedagogía que de la sociología.

Pero es indiscutible que el tipo ideal que la continuidad histórica de nuestra sociedad reclama, es aquel tipo de hombre que al salir de la escuela encuentre su puesto dentro de la nueva estratificación profesional que se está forjando y que, al hallarlo, desempeñe su cometido con la destreza requerida, con sentido de responsabilidad, con orgullo de su misión, con devoción apostólica, casi con arte; que en sus relaciones con los otros hombres su comportamiento vaya subrayado por el respeto incondicional a la persona humana, y que su conducta como ciudadano sea la expresión de su fe y convicción en el ideal democrático.

La república, nacida hace más de una centuria, y la nación, aún en su gestación, también le exigen una conducta específica frente a las cuestiones del Canal; la de estar siempre dispuesta, sin que ello signifique en modo alguno violentar su fuero interno, a supeditar sus intereses particulares –como obrero, empleado, industrial, comerciante o propietario– a los intereses más amplios y más trascendentales de nuestra nacionalidad.

Salta a la vista que, con excepción de esto último, este tipo ideal es universal para todas las democracias modernas. Es el tipo específico de la personalidad democrática, que se caracteriza por todo lo ya dicho y, además, por una mentalidad abierta y por la disposición a cooperar. La conducta democrática que está arraigada en esta personalidad democrática se hace posible mayormente en el seno de una sociedad movible.


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