Durante décadas, el desarrollo en Panamá ha tenido una dirección clara: hacia la capital, concentrándose las principales actividades económicas, principalmente en el sector logístico, comercio, banca y turismo, lo cual ha generado más empleo, más inversión y más servicios, impulsando el sector terciario, que supera el 75% de la producción interna de nuestro país.
Mientras tanto, nuestras provincias y el interior han quedado rezagados, no por falta de talento ni de recursos, sino por falta de decisión, inversión y una visión de país a largo plazo. Esa concentración hoy nos pasa factura: desigualdad territorial, bajo desarrollo local, migración y presión sobre la ciudad, así como oportunidades desperdiciadas en el resto del país. Si Panamá quiere crecer de forma sostenida, y superar el umbral de crecimiento superior al 5%, el desarrollo económico tiene que venir del interior, tomando en cuenta nuestros pueblos y su gente.
El interior no es solo paisaje y lugares bonitos: es producción y empleo, es cultura y tradiciones. Es el corazón del sector primario, donde nacen los alimentos, donde se sostiene una parte clave de la economía real. Sin embargo, ese tejido productivo —agricultura, ganadería, pesca— ha sido históricamente subestimado, con poco extensionismo, baja tecnificación, limitado acceso a financiamiento y escasa conexión a mercados nacionales e internacionales.
Un país que no fortalece su producción básica se vuelve más vulnerable, más dependiente y menos competitivo. La oferta agropecuaria es fundamental para la estabilidad económica y social, para que todos podamos acceder a buenos alimentos producidos en este territorio.
Pero el desarrollo no ocurre solo con producción. Ocurre cuando la gente puede vivir, trabajar y proyectar su vida en su territorio de origen. Hoy, miles de panameños migran hacia la capital no porque quieran, sino porque no tienen alternativas, y otros viajan diariamente desde sus provincias para tener una oportunidad de empleo, y esto no es justicia social. Miles de panameños buscan empleo, educación, salud y oportunidades en la capital y, en ese proceso, se desarraigan comunidades enteras.
La solución no es frenar la migración por decreto. Es hacer que quedarse también sea una opción viable, con reglas claras e incentivos para invertir en provincias, principalmente para las pequeñas y medianas empresas, así como empleos formales bien remunerados. ¿Pero qué implica lo expuesto en este artículo en términos concretos?
Primero, inversión productiva con enfoque de desarrollo territorial. No se trata de repartir recursos, sino de concentrarlos estratégicamente en polos regionales: agroindustria en provincias con vocación agrícola, logística en zonas conectadas, turismo sostenible con servicios públicos adecuados donde exista potencial real. Clústeres productivos que generen escala, empleo, cooperativismo, encadenamientos e investigación.
Segundo, acceso real a financiamiento para productores, con condiciones adecuadas y reales. No basta con créditos tradicionales. Se necesitan instrumentos adaptados al ciclo agrícola, garantías flexibles y acompañamiento técnico, que es fundamental. Sin capital y sin mercados, no hay transformación productiva.
Tercero, infraestructura que conecte. Caminos rurales de producción, carreteras en buen estado, cadenas de frío, centros de acopio, conectividad digital. Producir sin poder transportar o vender eficientemente es condenar al productor a la subsistencia.
Cuarto, educación de calidad en nuestros pueblos desde los niveles primarios hasta la educación terciaria. No más formación desconectada de la realidad local. Se requiere educación técnica y vocacional alineada con las necesidades del territorio: agroindustria, logística, construcción, comercio, turismo rural, tecnología e innovación.
Quinto, vivienda en el interior. El desarrollo también pasa por arraigo. Programas de vivienda accesible, bien ubicados y con servicios básicos permiten que familias y trabajadores se establezcan fuera de la capital sin sacrificar calidad de vida. Esto va de la mano con generación de empleo formal, para que las personas puedan optar por una vivienda, porque lo que se ve en la realidad es que existen dichas barreras de entrada.
Sexto, descentralización efectiva y transparente. No solo trasladar funciones, sino capacidad de decisión y ejecución a nivel local, con transparencia y rendición de cuentas. El desarrollo territorial no se puede dirigir únicamente desde una oficina en la ciudad, cuando la realidad es otra.
El desarrollo no es improvisado. Son políticas públicas aplicadas en países que entendieron que el crecimiento no puede depender de una sola ciudad, que la competitividad de las provincias es clave para dinamizar la economía y generar calidad de vida. La diferencia está en ejecutarlas con consistencia y visión de largo plazo.
Panamá tiene una oportunidad clara: dejar de ver el interior como periferia y empezar a verlo como motor de desarrollo. Porque un país no se desarrolla cuando una sola ciudad crece. Se desarrolla cuando todas sus regiones avanzan con base en su identidad y ventajas competitivas. El futuro de Panamá no está solo en la capital; está en cada provincia donde hoy hay potencial esperando inversión y continuidad en políticas efectivas.
El autor es economista y docente universitario.

