Algunos pensarían que, a mis 20 años, estoy superviejo. Igual, aspiro a que mi sueño se haga realidad en 2018. Sé que la mayoría piensa en cosas materiales, como carros o viajes, pero quiero pedir algo que hará, que aunque muchos me miren raro, para mí es importante.
Recuerdo cuando estaba en secundaria, y mi profesor de matemáticas dijo a toda la clase que no veía a nadie yendo a una ingeniería de la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP) y, en todo caso, solo al mejor de la clase. Ese día pensé “ni mi profesor de matemáticas creía en nosotros”. Ya estaba en trámites para la prueba de admisión de esta casa de estudios.
Ningún muchacho se merece sentir que no creen en él. Para mí, la cura del cáncer está en la mente de un niño de mi Santa Ana que tiene miedo de salir de su casa por las pandillas que pululan en el barrio. Creo que en esa niña que no puede cruzar el río para ir a su escuela en la comarca, se esconde una ingeniera civil que ayudará a la construcción del puente que será la solución para futuras generaciones que no vivirán las dificultades que hoy ella experimenta
No pido una varita mágica ni una lámpara de tres deseos para 2018. Solo pido educación incluyente y de calidad para todos, porque sé que mi deseo es mucho más poderoso y transformador.
Hablo de una formación que llene el corazón de sus estudiantes de inspiración y humanidad, y no sus mentes de fechas y datos que olvidarán a la semana siguiente.
Me refiero a una educación en la que no nos alegremos al salir de la escuela, sino al entrar a ella. Hablo de una formación en la que los profesores se ponen en los zapatos del estudiante, y los estudiantes, en el lugar del profesor.
Propongo dejar de lado el trinomio cuadrado perfecto por hacer giras a los asilos y orfanatos; olvidarnos de obligar a memorizar la fecha de la muerte de los reyes de Europa, por llevarlos a conocer dónde tuvo lugar la invasión de EU a Panamá, los hechos que la precedieron y que jamás deben volver a repetirse. Insistiría en dejar el preciosismo de las células en biología, por enseñar a brindar primeros auxilios, prevención de enfermedades, nutrición y educación sexual.
Algunos se preguntan ¿Juzgarías a un pez por cómo trepa árboles? ¿Construirías un avión para dejarlo en tierra? ¿Por qué les damos una educación a los niños que no les permite lograr su máximo potencial? Cuando juega la selección de fútbol, todos creemos que somos mejores que el director técnico, gritando lo que está mal sin haber pisado una cancha de fútbol. Cuando se trata de nuestros niños, todos debiéramos jugar como delanteros. Si todos no nos hacemos parte de la solución, no habrá solución.
Aspiro a que, con el mismo carácter de urgencia con el que apoyaríamos a alguien que vemos desangrándose, apoyemos a nuestra juventud a educarse de la forma más humana y pertinente posible.
Es mi anhelo para mi generación, para muchos, la generación perdida. Si acaso se pierde, es porque no han sabido tomarla de la mano y guiarla.
Somos la generación que puede encontrar lo que busca en Google, la que sigue sus sueños en Twitter, la que fotografía su presente en Instagram, la que acepta la solicitud de su destino en Facebook y la que merece el gran regalo que pido para 2018, el que nadie le podrá arrebatar: educación humana y de calidad.
El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación, y vicepresidente de Ayudinga!