Grave error. La necesidad y las ansias de ganar dinero me desorientaron de mi gran meta de terminar mi educación. Había transcurrido un año de haber iniciado mis estudios universitarios... creía sabérmelas todas. Con una actitud de que podía ir en contra del mundo, deserté.
Cada día surgían distractores que me alejaban de regresar a educarme. Personas que se decían y consideraba mis amigos, aplaudían mi decisión.
Creía que ya no faltaba nada cuando comencé a ganar dinero. Justo el hecho de tener dinero me anclaba a seguir en lo mismo.
En la casa, en lo económico las cosas mejoraban. Mi madre me preguntaba cómo me iba en la universidad y, entre un cuento y otro, esquivaba responder.
“Todo va bien”, me decía. Atrás deambulaba el recuerdo de las palabras de mi madre: “Hijo, la mejor herencia que puedo dejarte es tu educación”.
Decidí estudiar en línea... parecía una buena opción. Aprendí que no todo lo que brilla es oro. Sobran “supuestas” universidades en internet. Es fácil perder tiempo y dinero.
La vida me deparaba una agria enseñanza. Lo que fácil llega, fácil se va: mi única fuente de ingresos se acabó de pronto. De un día a otro se esfumó la aparente felicidad que sentía al no faltarme nada. Llegaron las tinieblas... no tenía nada.
No en vano dicen que no hay noche más oscura que la que precede a la aurora... Alguien que admiro me citó un día y, con una taza de café al frente se interesó por mi educación, de la que renegué por creerme autosuficiente. Aquella persona me ayudó a enderezar el rumbo.
Los retos fueron mayores: había compañeros más jóvenes que yo y tenía que volver a recuperar destrezas académicas. ¿Mi mayor obstáculo? Yo mismo.
La frustración de haber dilapidado oportunidades me dio fuerzas para seguir. Me valí de nuevas estrategias de estudio y planifiqué mejor. Me alentaba recuperar la herencia de la que me hablaba mi madre. ¿Difícil? Sí. ¿Imposible? Rotundamente, no.
Hoy continúo aprendiendo... soy un enamorado de la educación.
Soy testimonio vivo de su poder transformador. Comparto con humildad mi historia. Tú, que me lees, si has abandonado tu educación o conoces de alguien que lo haya hecho, devuélvete sobre tus pasos. Regresa. Alienta a un desertor a volver a estudiar. No hay patrimonio más grande que la formación que recibimos mediante la educación formal. El dinero se acaba; la educación queda. Es la mejor herencia. Nadie te la puede quitar...
El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación y del Proyecto Cambio en 10