El tema del título es un elefante en la sala de nuestra sociedad: todos sabemos que el problema está ahí, pero nadie quiere hablar de él. Hablamos de una de sus hijas: la basura. Tenemos muchos reportajes, discursos e iniciativas gubernamentales, pero ninguna solución. Así nos hemos entretenido desde que entró en vigencia el Tratado Remón-Eisenhower, que trasladó de las autoridades de la Zona a las de la República de Panamá la recolección en las ciudades de Panamá y Colón. ¡Ah!, tiempos aquellos en que las calles eran barridas con cepillos y el barredor se llevaba todo en un tinaco montado en un carrito. No había nada de bolsas blancas desperdigadas por los barrios mas afortunados en perpetua espera de que alguien las recoja o de que el tiempo las disuelva.
Para los efectos de este artículo defino “deshechos” como todo aquello que descansa en las vías y que nadie, o muy pocas personas, desea. En adición a la mal llamada basura, el término incluye la masa vegetal liberada por árboles, arbustos y palmeras; los trozos de carrocería y de llantas de automóviles que se accidentan; el hormigón eructado por los sobrecargados camiones de entrega; la arena, grava y tierra que escapan de flamantes proyectos de construcción y de trabajos inconclusos de reparación y mejoramiento de calles; los postes que en su momento ostentaron algún anuncio de interés; los pedestales para semáforos que ya no son; los curiosos guilindrajos que penden de las redes aéreas de distribución de señales digitales; los abandonados anuncios de no estacionar; muebles y electrodomésticos que ya no sirven y los embalajes de sus reemplazos; los áridos resultante de pequeños trabajos de reparación de nuestras viviendas, y así sucesivamente.
La interminable y variada lista de deshechos sugiere la necesidad de tomar una visión global, y no microscópica, de aquello que pone en peligro nuestra salud, por vía de contaminación o de accidente. Es el momento de escoger lo que no queremos ver abandonado en nuestras calles; de decidir cómo deberá la ciudadanía manejar esos materiales y objetos; de decidir qué organización se encargará de recolectar cada tipo de material u objeto y con qué frecuencia; de decidir cuál será la disposición final de cada uno de ellos, y, finalmente, decidir cómo manejaremos las transgresiones a los procedimientos establecidos.
De no organizarnos de manera global, continuaremos fracasando en el manejo, recolección y disposición final de deshechos. También, continuaremos con las imperdonables excusas de los compactadores dañados y los vertederos colapsados. Y, lo peor de todo, continuaremos exponiendo a la población entera a riesgos biológicos, químicos y físicos inconsistentes con el nivel de desarrollo que orgullosamente reclamamos.
El autor es ciudadano
