Estados Unidos, ha designado a otro ex mandatario del gobierno de la República de Panamá como “inelegible” para ingresar en su territorio por “corrupción significativa”. Este segundo expresidente, da la casualidad, fue vicepresidente del primer presidente designado, en palabras más llanas, corrupto. Haciendo la suma, diez años de nuestra vida republicana, desde la llegada de la democracia en 1990, están bajo el signo de la corrupción según nuestro principal socio económico, con el que compartimos moneda.
Aunque la medida estadounidense es para su territorio, siempre queda el estigma. No nos designan los mejores de la región en comprensión lectora o en calidad educativa o sanitaria, somos constantemente asociados a la coima y al juega vivo, tanto, que cuando ocurren de verdad cosas relevantes y positivas con nuestros artistas o deportistas, quedan convertidas en consuelos momentáneos que no transforman la realidad.
Un recién designado candidato a presidente dice que la corrupción “se desmonta desde dentro”, cuando le preguntan por dos de sus acólitos, serios candidatos a corruptos. El presidente del partido del recién designado corrupto no es capaz de expulsarlo del mismo: ninguno de los dos “líderes de partido” es capaz, en un acto de valentía democrática y pedagógica, de expulsar a semejantes elementos de dudosa reputación.
A este paso, seremos designados “colaboradores necesarios” de esta sinrazón clientelista y corrupta que vivimos. Somos nosotros quienes votamos, quienes ponemos en los puestos políticos a los peores, a los que pueden resolvernos con plata nuestras necesidades sin importar cómo se compromete, año tras año, la vida democrática y la confianza en las instituciones.
Lo peor llegará cuando nos designen “los más tontos de la región” porque, pudiendo tener una democracia limpia y transparente, hemos elegido a los más longevos ladrones y corruptos de nuestro entorno, que llevan años haciéndonos lo mismo y nosotros los seguimos eligiendo. A la desidia ciudadana tenemos que sumar el entusiasmo por la ignorancia, que nos tragamos mecánicamente por un puñado de dólares.
El autor es escritor
