No soy de entusiasmos fáciles, pero, visto lo visto esta semana, parece haber motivos: la sociedad civil panameña ha despertado del letargo indolente en el que estaba sumergida para hacerle frente a un despropósito tan grande como el contrato minero y a toda la estúpida cerrazón de uno de los peores gobiernos de la democracia panameña. Los ciudadanos, por fin, han decidido tomarse las calles y poner el grito y el fuego en la calle para que esta vaina se acabe de verdad.
Los panameños han dado un golpe en la mesa, no solo contra el tema minero, sino contra toda una sucesión de gobiernos corruptos que tienen su máxima cota de ineptitud en la figura de un Laurentino Cortizo, que se ha mostrado errático, fanfarrón y muy alejado de cualquier realidad nacional, reproduciendo los viernes de descalabros políticos en la mejor tradición perredista de la dictadura. Si hay algún mecanismo político para desalojar del Palacio de Las Garzas al presidente, debería ponerse en marcha, ha sido una legislatura terriblemente dañina.
Los despertares hay que tenerlos bajo control, y el país lo está haciendo, dando un muy positivo ejemplo de civismo, y aunque la lucha es luchando y muchos están incómodos, hay que estarse en la calle protestando, exigiendo lo necesario y esperando que los que elegimos, los que están para servir a la nación, se pronuncien en el sentido que la mayoría del país requiere.
Espero que más allá de la mina, y con la vista puesta en las elecciones, desalojemos a estos corruptos de larga data en todo el país. Estos días de estar en la calle son buenos para dejar claro que el despertar no es solo cosa de un par de jornadas, sino que cala en el criterio y en animo de la sociedad. Ojalá despertemos de verdad, y nos veamos pronto gobernados por un grupo de buenos profesionales que nos lleven por otro rumbo. Panamá necesita salir cuanto antes de esta encrucijada.
El autor es escritor
