El periodo electoral ha llegado a su fin. Después de deliberar entre candidatos, y obligados a escoger a los “menos malos”, la ciudadanía ha emitido su veredicto. Sin embargo, ¿en qué pudo haberse basado esta decisión? ¿En debates carentes de respuestas, campañas populistas o promesas irrealizables?
Hace poco, mi madre me comentó que ha notado un cambio en el ambiente electoral, con relación a la dinámica de elecciones pasadas. La población está más temerosa; las instituciones parecen haber fallado en su función de guardianas de la democracia; y Pareciera ser que la sociedad está exhausta.
Estas son las segundas elecciones en las que ejerzo mi derecho al voto. Soy parte de la masa de jóvenes electores, a menudo considerada como el “comodín” en los comicios. Aunque mi experiencia en este ámbito es limitada, puedo afirmar con seguridad que la juventud merecía una oferta electoral mejor preparada y campañas más sustanciales.
Los jóvenes nos hemos visto obligados a elegir entre candidatos que nos veían simplemente como un recurso o una cuota que cumplir en sus campañas. Tuvimos que basar nuestras decisiones en debates y foros que no abordaron nuestras preocupaciones más apremiantes, con candidatos ausentes que no consideraron importante participar. Las propuestas populistas e irreales predominaron, sin detalles sobre el cuándo, el dónde o el cómo. Faltaba poco para que prometieran bajar la luna del cielo. Las falacias y la demagogia reinaron, con muchos candidatos desconociendo, incluso las funciones que les corresponderían llevar a cabo, de ganar la contienda electoral.
Esta combinación de factores ha incidido en crear una población altamente dividida y polarizada, con un importante nivel de desconfianza y apatía hacia el proceso electoral. Las estratagemas empleadas por los candidatos son un insulto y una falta de respeto hacia aquellos que poseemos un pensamiento crítico.
Ahora, el nuevo gobierno se enfrentará a una serie de desafíos y oportunidades, desde garantizar la educación de calidad hasta la creación de empleos formales, así como accionar por el clima, asegurar el acceso al agua, atraer nuevas inversiones y reformar las instituciones de modo tal que sean más sólidas, eficaces y transparentes.
Pero, ¿qué nos queda a nosotros, los ciudadanos? Ser activos. La participación ciudadana va más allá de votar cada cinco años. Necesitamos involucrarnos en la vida política de nuestro país, demandando transparencia, decisiones sensatas y motivadas y garantía de justicia.
Es crucial reconocer que el proceso democrático no termina en las urnas. La verdadera democracia implica una participación continua de la ciudadanía en la toma de decisiones y en la supervisión de las acciones del gobierno. Implica estar informados sobre las decisiones de políticas públicas y acciones gubernamentales; expresar nuestras opiniones de manera constructiva y responsable; y exigir que nuestros gobernantes rindan cuentas por sus acciones.
La democracia también requiere respetar los derechos y opiniones de los demás, incluso, cuando no estemos de acuerdo con ellos. Es fácil caer en la apatía política después de las elecciones, pero justo es en los días subsiguientes cuando nuestro compromiso cívico se pone a prueba. Debemos recordar que la democracia es un proceso en constante evolución que requiere la participación activa de todos los ciudadanos para hacer florecer los valores democráticos y mantenerlos fuertes. Por tanto, mientras ejercemos nuestro derecho al voto, también debemos comprometernos a seguir participando en la vida política de nuestra nación, construyendo juntos un futuro más justo y próspero para todos.
Una opción es ser parte de organizaciones civiles que aborden temas de nuestro interés; practicar el activismo y el voluntariado; contactar a nuestros representantes; participar en manifestaciones pacíficas; promover el diálogo; ejecutar proyectos comunitarios; y crear campañas que generen conciencia sobre los problemas sociales y cómo solucionarlos. Hay innumerables formas en las que podemos contribuir, en lugar de depositar todas nuestras esperanzas en funcionarios gubernamentales.
La verdadera fuerza de una democracia reside en la participación activa y comprometida de sus ciudadanos. Es nuestra responsabilidad continuar defendiendo los valores democráticos y trabajar hacia un futuro más justo y equitativo. Estas elecciones pueden haber concluido, pero nuestra responsabilidad como ciudadanos apenas comienza.
La autora es Miembro de Jóvenes Unidos por la Educación.
