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JUSTICIA

¡Qué destino patrio!

Parece ser que nuestro país está destinado a tener siempre una historia negra, como la ha tenido desde que nació con las andanzas de los españoles, desde 1510. Es alarmante ver cómo todos los días surge a la luz un nuevo corrupto. Pareciera que entre los politiqueros no hay otro ideal que robar los fondos del Estado. Pareciera que este es el sueño de los patriotas nuestros. La dignidad se queda en el bolsillo de los politiqueros; y el amor a la patria es aumentar la deuda externa, para que haya dinero para robar, para promover la corrupción; para andar de misericordioso con la gente pobre, degradando su dignidad con sus favores y regalos que hacen con el producto de la corrupción.

Pero no contentos con esta miseria, desde diciembre de 2017 a la fecha, observamos un espectáculo que no sé si encontraría un término más denigrante que ridículo para nombrarlo, y fue el melodrama de la “ratificación” de dos señoras que el presidente propuso a la Asamblea de diputados para que fueran magistradas de la Corte Suprema de Justicia.

Desde un principio yo veía la pobreza de la intelectualidad de los diputados en esos debates ignorantes; pero el último debate fue “la tapa del coco”. No sé si sería adecuado decirle al lector que yo no escuché más que basura. No tuve la oportunidad de escuchar un exponente que se pudiera elevar a “altura”. Se centraron en ofensas, reclamos, disputas, sacarse los trapos sucios; acusarse unos a otros de malos y maleantes, de reclamarse chiquilladas de quién regala más entre ellos o entre los presidentes; de que si los presidentes regalan aunque roben; pero la “altura” nunca apareció.

Yo esperaba argumentos científicos sobre el pro y el contra del por qué debían o no debían ser nombradas; pero el que más se destacó, fue la ridiculez de que estaban al servicio del presidente y que lo iban a proteger.

Este argumento es una “ignorantada” jurídica, la Constitución Nacional autoriza al presidente de la República para que nombre a los magistrados de la Corte, y los diputados lo aprueban o desaprueban. Decirle al presidente que no haga eso es pedirle que viole la Constitución.

Pero mi querella fue el debate. Nunca se dijo que es un derecho de todo ciudadano, según la carta de los Derechos Humanos, el de ocupar un puesto público de acuerdo a su capacidad. Nunca supe de los méritos de las señoras designadas; nunca supe de los niveles de intelectualidad de las señoras, los cuales debieran ser el más alto en cuanto al conocimiento de la ciencia del derecho. Nunca supe de los honores ganados por las señoras; nunca supe de cuántos libros o ensayos de investigaciones jurídicas han publicado las señoras. Todo se centró en la politiquería de siempre. Los favores, los regalos, las traiciones y la ignorancia.

¡Qué pobre destino tenemos, envueltos en una corrupción impune, en una ignorancia rampante de los administradores de justicia y de nuestros politiqueros, y en un poco me importa de la ciudadanía!

El autor es abogado y profesor.


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