Además de psicología, estudié teatro, cine y TV en México y París. He manejado unas 30 campañas de educación masiva o con fines sociales. Conozco la importancia de posicionar una idea, producto o servicio en el cerebro de los espectadores, de forma que no se parezca a ningún otro y ofrezca una personalidad propia a lo que se presenta en la abrumadora publicidad o propaganda .
Dirigí campañas de expectativa con frases sugestivas al inicio, sin mencionar lo que se estaba anunciando. Campañas testimoniales o con argumento; con efectos de sonido, con historias cortas, musicales, etc. Pero en todo momento he respetado la pureza del idioma español. No acepto que se distorsione la lengua oficial con el fin de atraer al consumidor y menos si son niños su grupo objetivo. Se pueden inventar palabras, crear nuevos sentidos para un adjetivo e, incluso, irse a la cúspide de la creación publicitaria acuñando nuevas formas de describir una situación.
No soy un mojigato. En mi vida por tantos países adopté motes: “qué padre”, “qué buena onda”, “chévere”, “clase”, “rareza”, como todos los jóvenes y las modas. Pero de llevarlas a ser transmitidas a miles de personas (me refiero a las campañas escolares para niños) arriesgamos que las adopten, no por lo que anuncian, sino por la palabra en sí, que distorsiona el español estudiado seriamente en las escuelas como una exigencia.
Veamos esta lista, actual, en los medios , televisivos, gráficos y de radio: “Con el almacén tal … tas pasao” (cantado y bailado), con una pauta altísima de frecuencia, a la hora en que los “pelaos” ven TV. Las mamás son “las pritis”, compran a sus hijos... (además mal escrito, porque sería pretty), mil veces al día. “Compra buco y gasta poco” , otras tantas decenas de veces. Etcétera.
En todos lados existe un argot (jerga) , en los grupos sociales, de todos los niveles. “Helena tuvo un ‘pelaíto’ lindo”. Nadie se ofende, o chaval, en España, chamaco en México, etc. Podemos usar palabras de la jerga panameña: “ahuevao”, “bocacho”. Pero no utilizarlas en campañas publicitarias de los niños que están en la escuela y se confunden, peligrando su calificación en español.
El autor es psicólogo, docente universitario y escritor