Este mes de octubre se cumplen 17 años de la tragedia del dietilenglicol. Un evento en la historia de la salud de Panamá que no debemos olvidar, para honrar a los que fallecieron y para que nunca se repita algo similar. Aunque la glicerina contaminada se compró meses antes de lo ocurrido, para mí, como uno de los médicos que atendió a los pacientes en el hospital, todo empezó con una conversación entre colegas.
El 5 de octubre del 2006, el doctor Arón Benzadón, neurólogo del Complejo Hospitalario, me comentó, entre preocupado y sorprendido, que esa semana había tenido que evaluar a varios pacientes con debilidad severa en las piernas, hasta el punto de la parálisis y evidencia de falla de la función de los riñones. Una combinación de síntomas sumamente inusual. Él ya había notificado al doctor Ruddick Kant, epidemiólogo de hospital, y este último había iniciado una revisión de los expedientes de pacientes que reunían esas características.
Al día siguiente, un viernes, los jefes de los diferentes servicios médicos fuimos convocados a una reunión en la Dirección Médica, donde escuchamos con atención la presentación del doctor Kant. Él reportó casi 30 pacientes con parálisis e insuficiencia renal, y más de la mitad ya fallecidos. Después de una intensa discusión acerca de las probables causas de este cuadro clínico y qué hacer a continuación, se acordó continuar la discusión el lunes y mientras tanto completar un análisis más profundo de todos los casos, incluyendo una búsqueda más exhaustiva de otros pacientes con similares características en semanas o meses previos. Recuerdo que justo antes de clausurar la reunión, yo pedí la palabra y señalé que teníamos que actuar de inmediato y quizá buscar ayuda de los científicos del Gorgas y hasta del Centro de Control de Enfermedades de Atlanta o CDC. Fue en ese momento cuando la directora del Hospital, la doctora Silia de Alegría, me puso a cargo de organizar el equipo clínico que iniciaría la investigación. Recuerdo que uno de mis colegas me dijo, dándome unas palmaditas en el hombro: “Eso te pasa, Néstor, por levantar la mano”.
Al salir de la reunión, llamé al doctor Jorge Motta, entonces director del Gorgas, y le conté lo que estaba ocurriendo con nuestros pacientes en el hospital del Seguro. El doctor Motta notificó al ministro de Salud de ese momento, el doctor Camilo Alleyne, quien se encontraba en una reunión en Washington DC y éste decidió regresar de inmediato al país.
Durante los siguientes dos días se conformó un equipo clínico y otro epidemiológico para atender a los pacientes e investigar la causa del problema. Un grupo de expertos del CDC y de la Organización Panamericana de la Salud llegó a Panamá y se sumó a los equipos locales.
De esos primeros días recuerdo también una reunión en el Palacio de las Garzas con el entonces presidente Martín Torrijos, quien lógicamente estaba preocupado por lo que estaba pasando con los pacientes del Seguro Social y por las probables repercusiones que esta crisis de salud pudiera tener sobre el resultado del referéndum de la ampliación del Canal, el cual tendría lugar en unos cuantos días. Sus asesores especulaban sobre la posibilidad del voto negativo, o sea, un no a la ampliación, como castigo al gobierno si la crisis no se resolvía expeditamente. Como si necesitáramos mayor presión que la generada por la incertidumbre del diagnóstico y el sufrimiento de nuestros pacientes, ahora el futuro del Canal y del país estaba también en nuestras manos.
¿Cómo llegamos a dar con la causa? Por un lado, los epidemiólogos encontraron frascos del jarabe expectorante sin azúcar en la casa de algunos de los afectados y varios pacientes tenían, como única exposición de interés, la ingestión del jarabe en cuestión. Recuerdo también un paciente que, aún sin Seguro Social, había enfermado después de consumir el jarabe que había pedido prestado a su empleada doméstica, quien sí se atendía en una policlínica del Seguro.
Estos casos y la presentación clínica de la intoxicación, junto a los hallazgos epidemiológicos, nos llevaron a sospechar fuertemente del jarabe como causa de todo el cuadro. Para confirmar esta sospecha, le pedí al encargado de la misión del CDC, doctor Joshua Schier, que enviara cuatro frascos del jarabe que habíamos recopilado de entre los pacientes hospitalizados, para que fueran analizados en un laboratorio de la Agencia de Drogas y Alimentos de Estados Unidos.
Unos cuatro días después, mientras asistíamos a una conferencia de prensa, llegó al BlackBerry del doctor Schier un correo electrónico. El correo venía de uno de sus jefes y decía más o menos: “en los frascos de jarabe que enviaste, el laboratorio encontró la presencia de un 8% de dietilenglicol”. En ese momento y por primera vez después de 10 días de investigación, teníamos la certeza de cuál era la causa de esta tragedia. Más de 100 pacientes habían fallecido ya, en ese corto tiempo, y muchos otros estaban entre la vida y la muerte en el hospital. En ese momento sentí un enorme alivio, porque al conocer la causa, podíamos ofrecer un tratamiento más específico y efectivo. Pero, por otro lado, me embargaba la tristeza de confirmar lo que sospechábamos, que una medicamento, producido y distribuido por el Seguro, estaba asociado a tantas muertes.
Esta tragedia nos enseña lo importante de tener un sistema de salud fuerte, donde la seguridad de los pacientes esté por encima de cualquier interés y donde el cumplimiento de las normas sea la única manera de funcionar.
El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas
