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Deuda y la caída de los imperios

Deuda y la caída de los imperios
La acción militar de Estados Unidos e Israel ha causado estragos en Irán desde el inicio de la guerra en febrero. / Getty Images

Incluso en el mejor de los escenarios de la guerra de Netanyahu y Trump contra Irán, el daño ya está hecho: los mercados energéticos tardarán muchos meses en normalizarse. De la noche a la mañana, la producción de crudo no se reactiva, el trasiego no se reorganiza y las refinerías no vuelven a operar a niveles funcionales previos a los ataques.

El problema mundial, al cual Panamá no escapa, es estructural. La economía moderna depende del petróleo como la bolsa de valores de Panamá depende del endeudamiento. Ambos son motores invisibles, pero difieren en que la deuda puede crearse de la nada y el petróleo no, y ahí reside la verdadera fragilidad del sistema actual.

Roma, España, Francia e Inglaterra nunca fueron invadidas durante su época de esplendor imperial, pero sus propias malas decisiones llevaron a la pérdida del poder y posterior caída. Históricamente, la presión fiscal y la inflación han sido factores más determinantes que las propias campañas militares directas en el fracaso de los imperios.

Cuando parecía que la inflación había sido controlada, el mundo vuelve a tropezar con la misma piedra. Después de haber aumentado un 10% a finales de 2022, impulsada por los costos del COVID-19, los subsidios y el incremento del costo energético derivado de la invasión rusa a Ucrania, la inflación de las “grandes economías endeudadas de primer mundo” cayó cerca de 2% este año. Los bancos centrales celebraron con anticipación y creyeron haber inmovilizado al depredador.

El costo de la vida ya estaba lo suficientemente elevado como para “mudarse de planeta”, para que la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán volviera a sacudir los mercados energéticos. Y su resultado inmediato y letal: el petróleo vuelve a subir y, con él, la asequibilidad de la canasta básica de alimentos.

Cuando la energía sube, todo aumenta, menos los salarios. El problema no es solo el precio del barril de petróleo, sino el efecto dominó. Existen estimaciones que pronostican que niveles sostenidos cercanos a 140 dólares por barril podrían empujar a varias economías hacia una recesión. En ese momento, las empresas pierden dinero, los consumidores recortan gastos y dejan de pagar impuestos, y al final la economía se enfría. Lo que realmente nos debe preocupar no es la recesión inmediata, sino el vertiginoso regreso de la inflación.

Los hidrocarburos tienen una relación directa y mecánica con los precios. Cada aumento sostenido se filtra lentamente en toda la economía. Hoy, las expectativas inflacionarias vuelven a subir y esta vez los gobiernos tienen menos margen para maniobrar. Ya la población panameña se encuentra irritada por la mala prestación de los servicios de educación y salud, debido a la consolidación fiscal del régimen proempresarial, como para aumentar los impuestos o usar el dinero del Canal de Panamá para exonerar a los amigos del poder del cobro del ITBMS. Panamá está en un punto de inflexión en su capacidad de pago de deuda.

Peor aún, las empresas han aprendido la lección de la última crisis inflacionaria. Saben que pueden traspasar al consumidor panameño los costos sin demasiada resistencia. En el régimen proempresarial, la inflación podría arraigarse con más facilidad que en gobiernos anteriores.

El problema no es teórico, es palpable en los precios de las gasolineras en Panamá. Indicadores alternativos en el mundo muestran que la inflación global está aumentando con rapidez.

En todo el mundo, cuando la inflación golpea, los gobiernos suelen intervenir con subsidios o alivios fiscales. Esas posibilidades no se encuentran disponibles en la mentalidad de la aristocracia panameña en su proyecto autoritario de rescate macroeconómico (RM) a paso firme, ya que su gestión no será puesta al escrutinio del pueblo panameño, ya sea por partido político o candidato electoral en el 2029, dejando el portón abierto para que los enemigos de la prudencia fiscal y los populistas lleguen fácilmente a la silla presidencial.

Las protestas internas o guerras no solo encarecen la energía. También deterioran las finanzas públicas de un país. Y ese daño, a diferencia del precio del petróleo, no se corrige en meses. Se arrastra durante años.

Durante años, la economía panameña ha vivido sostenida por una expansión artificial de la deuda que permitió mantener el consumo, financiar el clientelismo electoral, maquillar desequilibrios y hacer millonarias a las consultoras de gestión, generando una ilusión peligrosa: la de riqueza sin respaldo real. El actual gobierno, con sus políticas expropiadoras de un sistema «neopatrimonial», está viendo cómo se desvanece la ilusión macroeconómica frente a sus ojos, sin el respaldo del pueblo panameño y comprometiendo a la nación a mediano y largo plazo.

En el rescate macroeconómico del régimen proempresarial y su supuesta consolidación fiscal, en búsqueda del cambio de una economía colonial extractivista a una cleptocrática “pseudo laissez-faire”, se deja a los panameños a su suerte, provocando que dejen de estudiar y cuidar su salud, ampliando la brecha de desigualdad en Panamá, reduciendo la movilidad social e ignorando los efectos negativos de la destrucción creativa del paso firme —en particular, la pérdida del poco empleo que quedaba—.

Estados Unidos acumula una deuda superior a los 38 billones de dólares. El costo de los intereses ya supera el gasto militar. Los sistemas estadounidenses de seguridad social enfrentan insolvencia en el corto plazo, y aun así, Trump se involucró, sin el Senado, en un nuevo conflicto bélico que le cuesta miles de millones de dólares cada semana. Mulino hizo lo mismo en Panamá: a pesar de que el mercado nos quitó el grado de inversión por expropiaciones recurrentes, se lanzó sin aliados a una guerra comercial contra China Popular. El costo de los litigios de los puertos de Cristóbal y Balboa es al menos cinco veces más caro que la mina de cobre que tanto criticaba el régimen proempresarial.

La guerra destruye vida y riqueza. Y lo hace de dos maneras simultáneas: primero, consume recursos de la economía real —energía, trabajo y capital—. Todo lo que se usa en la guerra desaparece sin generar valor productivo. Segundo, se financia con deuda, es decir, con futuras promesas que comprometen aún más la estabilidad económica. Es una combinación letal.

El cierre del estrecho de Ormuz, pese a las negociaciones previas de Steven Witkoff y Massad Boulos con Irán y Hamás, sería el equivalente energético de los mercados a suspender totalmente el crédito en Panamá: empresas quebrando, pérdida de empleos y un crecimiento económico solo para los donantes de campaña.

Los imperios no caen repentinamente; se desgastan, se endeudan, se sobreextienden y finalmente colapsan cuando la economía real choca contra el espejismo de la economía financiarizada y las “macro señales” que ellos construyeron con la especulación. Algunos imperios caen por la espalda, los imperios de las consultoras de gestión caen por su lengua y otros caen por el peso de sus propias deudas.

Una combinación que rara vez termina bien es la guerra en un frente externo y el aumento de deuda en un frente interno.

Los imperios no son eternos y, cuando enfrentan simultáneamente el costo de la guerra y el peso de la deuda, su destino deja de ser una posibilidad y se convierte en una caída certera. Estamos viviendo los últimos días en que Panamá era llamada la Dubái de América Latina.

El es médico sub especialista.


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