El castellano es un idioma tan amplio que a veces da vergüenza ajena ver cómo lo tratamos: teniendo un banquete de palabras, terminamos almorzando siempre “esa vaina”, “ese coso”, “el aparato ese” o el famosísimo “pásame esa joda que está encima de la otra cosa”.
Tenemos términos hermosos, precisos y hasta elegantes, pero preferimos resolverlo todo con un “tú me entiendes”. Si alguien pregunta por un objeto desconocido, no falta el experto que responde: “eso… hombre… eso que sirve para eso mismo”. Y, milagrosamente, todos entienden.
El idioma castellano no solo es rico, es casi millonario. Tiene palabras como óbelo, que parece nombre de villano griego, pero es el signo tipográfico de la división; aspa, que no es solo la cruz de una ventana, sino también una pieza en hélices y molinos y el signo de la multiplicación; petricor, esa maravilla que describe el olor de la tierra mojada cuando llueve; giste, palabra rara que muchos ni sospechan que existe, se trata de la espuma que forma la cerveza al servirse; dysanía es la dificultad extrema para levantarse en las mañanas; melifluo, persona dulce, delicada y tierna; nefelibata, soñadora, que no se apercibe de la realidad; ataraxia, no es ninguna enfermedad tropical, significa imperturbabilidad, serenidad; zangolotino, parece un postre italiano, pero es una persona joven, infantil en su comportamiento y mentalidad.
Pero no, preferimos decir “huele a lluvia”, “la cosita del ventilador”, o “ese símbolo raro”. Nos da pereza hasta pronunciar belleza.
Y, como si fuera poco, ahora adoptamos palabras inglesas con entusiasmo sospechoso: hacemos shopping, tenemos feedback, vamos al gym, obedecemos al coach, hacemos streaming, “prity” para bueno, bonito o barato; y algunos hasta dicen “bro” mirando a su propio tío. Y de otros idiomas, como “xopa”, que significa hola; “chuzo”, como sorpresa; “vaina”, como cosa, asunto o problema; “buco”, para mucho (hay buco trabajo); “parkin”, o reunión de amigos; “birria”, que es una afición intensa; “chifear”, que es ignorar o evitar a alguien. Dentro de poco no diremos “buenos días”, sino “qué xopa, parcero”.
No se trata de pelear con los idiomas ajenos, porque todos aportan, pero sí de no jubilar el nuestro por pura flojera verbal. El castellano merece mejor trato. No puede ser que, teniendo “melancolía”, digamos simplemente “anda triste”; ni que, existiendo “resplandor”, resolvamos con “esa luz ahí”.
Hablar bien no es hablar complicado, es respetar la herramienta más poderosa que tenemos: la palabra. Porque quien domina el idioma no solo se expresa mejor, también piensa mejor.
Aunque, siendo sinceros, siempre habrá alguien que, en plena defensa del español, termine diciendo:—Pásame esa vaina… la de escribir… esa… la azul…—¿El bolígrafo?—¡Esa cosa, sí!
Y ni hablar de los nombres. Ya no se llama Juan, sino “el loco”, “el patas”, “el ñato”, “el tuto”, “el flaco”, “el bestia” o algún apodo tan ofensivo que parece demanda judicial con patas. Hay personas que llevan veinte años siendo llamadas por un apodo y un día descubren que su nombre real era Fernando.
También está esa epidemia del “dale”, palabra milagrosa que sirve para todo: para aceptar, despedirse, animar, ordenar, amenazar y hasta terminar una discusión.—Nos vemos mañana. —Dale.—Paga lo que me debes. —Dale.—Se incendió la cocina. —Dale…—Compra esa oferta. —Dale…
Es una palabra comodín, un martillo lingüístico: si no sabes qué decir, dale.
Estamos simplificando tanto el idioma que pronto la Real Academia Española va a publicar un diccionario de tres páginas: “vaina”, “dale” y “como así”.
Y lo peor es que todos entenderíamos perfectamente.
Y nuestra respuesta ante muchas situaciones reales:—Se inundó la calle: allá la vida;—Se accidentaron en la autopista: allá la vida;—Ganó el otro equipo: allá la vida;—Se fue la luz otra vez: allá la vida;—Nuevamente le subieron a la gasolina: allá la vida.
Se usa como una forma resignada o despreocupada de decir algo parecido a “qué se le va a hacer”, “así es la vida” o “ni modo”.
El autor es ingeniero retirado.


