Un día escuché que nuestra sociedad tiene un cáncer que poco a poco va debilitando, avanzando, destruyendo, que, aunque queramos atacarlo con efectivas medicinas, no podemos arrancarlo de raíz.
¿Se imaginan un mundo sin el temible “juega vivo”? ¿Sin corrupción? ¿Cómo sería ese lugar? ¿Qué tan difícil es alcanzarlo? Y es esta la enfermedad que cada uno de nosotros como panameños debemos erradicar. Pero, ¿qué es? ¿Cómo se cura?
La corrupción es una gran mentira, ejecutada por personas que se consideran “buenos actores”; es como una especie de semilla que ha sido sembrada y cultivada por muchas generaciones y actualmente se ha convertido en un alto y fuerte árbol que a consecuencia de ello estamos cosechando los frutos tóxicos.
La mayoría relaciona el término “corrupción” con política, funcionarios de alto rango, con dinero, robos y pocos recursos educativos. Este mal radicado desde mucho tiempo atrás empezó con cosas insignificantes, con cosas que simplemente afectan a un par de personas. Por ejemplo, ¿quién no se ha copiado? ¿Quién no ha comprado un trabajo? ¿Quién no ha sobornado a un profesor? Actos que muchos cometemos con el fin de acabar con nuestra desesperación y que el miedo al fracaso nos lleva a cometer hechos indebidos, olvidando nuestros valores.
No busco con mis palabras anunciar que seremos corruptos para toda nuestra vida, al contrario, quiero con esto demostrar que esa desesperación por querer conseguir, cuidar y mantener algo, nos puede ir desviando del verdadero camino teniendo como resultado prioridades equivocadas, afectando a la sociedad.
Esto nos lleva al punto que para mí es principal, nuestro cáncer se radica en la educación, en los valores, en la ambición y el poder de conquistar; todos hemos contribuido a esto, las nuevas generaciones o algunas unidades se han dedicado a obtener todo en bandeja de oro, a no tener que pensar de más y que no importa cuánto te esfuerces siempre obtendrás muchas recompensas.
La educación en Panamá refleja la ley del mínimo esfuerzo, tenemos un grave problema con la metodología educativa, la vocación se ha perdido y son pocos los que todavía sienten amor por enseñar, pero, ¿por qué?
“Por dinero baila el mono” y por más triste que suene es cierto, porque nuestro mundo se ha convertido en un gran juzgador, en un gran clasificador de personas, donde te consideran por lo que tienes, no por lo que eres, y han plantado una especie de chip con el que piensan que la única forma de conseguir el éxito en la vida es atesorando billetes y que esto se consigue solo luchando por tus propios medios, sin importar las consecuencias ni los afectados, porque el único que se merece la felicidad eres tú.
Luchemos para que este bello país se fortalezca de grandes líderes, de personas capaces de poder tener y vivir cómodos, pero también brindándole la mano al que más lo necesita, de dejar a un lado las cosas innecesarias y encontrar las verdaderas prioridades, de poder hacer cosas sin tapujos, de que cada persona se gane lo que con esfuerzo ha trabajado y sobre todo que se examinen las leyes haciendo los cambios necesarios para que las personas que se encuentran al mando de este barco a la deriva sean responsables por sus malos actos.
Digan “¡no a la impunidad!”, pidamos más tolerancia, solidaridad y transparencia.
La autora es estudiante de derecho y ciencias políticas