En nuestro país hemos enfrentado muchas crisis con espíritu de cuerpo y poniéndonos de acuerdo. No hay nada imposible cuando pensando en el país que tenemos, visionamos el país que queremos, como dice el libro Holismo Verde, mirando el cielo, con los pies en el suelo.
Varias preguntas surgen sobre los temas de agenda nacional. Uno de ellos es salir del bostezo constitucional que requiere, como las encíclicas papales, adaptarse a tiempos y realidades nuevas, la Caja del Seguro Social, pero la que considero la principal de ellas es el inicio de un nuevo diálogo nacional que blinde a nuestro país en materia de agua para una agenda hídrica consultada e incluyente.
En este momento, la disputa por los espacios de poder, primero ganamos y luego veremos, se está volviendo tendencia en las redes y escenarios políticos, pero, como de costumbre, sin contenido programático sobre los cuales tomar decisiones informadas y que nos desvían de una pregunta central: ¿cuánta agua será necesaria para sostener el consumo humano y el modelo de desarrollo basado en crecimiento económico?
Debemos recordar que, si solo dependemos del azar y la capacidad de predicción acerca de la variabilidad climática, la bola de cristal se puede romper y, ante la incertidumbre de la ciencia de los datos, es posible que no podamos ver primero y estar anticipados.
En 2015, tuvimos una interesante reacción, indicada en el “Plan Nacional de Seguridad Hídrica, 2015-2050: Agua para Todos (PNSH)”, en su página 13: “no podemos crear el agua, solo la podemos administrar. Nuestro planeta tiene suficiente agua para todos nuestros múltiples propósitos si la manejamos con respeto y la compartimos solidariamente…”. Reaccionar ante la crisis está por la vía de preferir ser adaptados climáticos que cambiar nuestra relación con la naturaleza, que no puede ser reactivada de crisis en crisis y aunque el parangón parece extremo, nadie está exento de convertirse en la siguiente Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, que en el año 2017 estuvo cerca de ser la primera metrópolis del mundo en quedarse sin agua, en donde las reservas de agua dulce cayeron en 25% por debajo su capacidad, es decir, cercano a un nivel catastrófico, y la red municipal de haber llegado a 13% se hubiese cortado el suministro a un promedio de cinco millones de habitantes, incertidumbre que denominaron el día cero.
En respuesta a la emergencia, construyeron tres plantas desalinizadoras en tiempo récord, instalaron sistemas de cosecha de agua y la denominada cultura hídrica fue establecida por decreto, pues los pobladores no tenían más remedio que volverlo propio, con el consecuente restricciones de uso y aumento de precios, que aún perduran.
¿Estaremos esperando la hora cero de Panamá para que los 4.3 millones de conciudadanos propongamos una agenda que asegure el acceso a fuentes de agua de propósitos múltiples, para enfrentar el estrés hídrico que se proyecta catastróficamente grave entre los años 2025 y 2050, en donde, según la estimación del PNSH, la demanda habrá superado en 50% la disponibilidad del recurso?
Nos hace preguntarnos por qué el tema es tangencial en agendas y discursos reformistas de los candidatos a los principales puestos de elección, donde solo algunos mencionan el qué del problema, sin que nadie enuncie el cómo resolverlo. Esto es esencial. Lo aparente es apoyarse en la pobreza como capital político, caput, la verdad ha sido dicha.
No se trata de intereses de grupos, ni del mal menor que produce un bien mayor. Es acerca de un tema de seguridad nacional que requiere, como en la década de 1990, de Bambitos y Coronados, con el que blindamos el Canal e iniciemos el siguiente diálogo político, un pacto nacional por el agua qué también nos blinde como país, bajo el modelo que mejor decidamos los panameños y panameñas; con sistemas hídricos intercomunicados y una nueva cultura política del agua que ecoalfabetice a todo aquel que aspire a llevar las riendas de Panamá.
La solución al problema no es técnica, sino política. Esto dejó de ser un asunto que solo se le demanda al gobierno para volverse en tema de todas las fuerzas vivas del país que debemos resolverlo y proponerlo, no es la educación. Sin agua, las escuelas se cierran, la matriz energética se debilita, los procesos industriales se detienen en todos los sectores, los quintiles más pobres sufren. Urge la decisión valiente de hacerlo y cada panameño está llamado a liderarlo. Como dijo Víctor Hugo, esto debe tener un mañana.
La nueva agenda hídrica no es de minorías que pretenden decidir por las mayorías, ni grupos de presión; se trata de materia prioritaria de Estado, asunto de seguridad nacional; es diplomacia ambiental para nuevos modelos de gestión articulados a un sueño innovador. Señores, señoras: hablamos de la esencia de la vida, de nuestro futuro hídrico y del compromiso con la historia en el que un país de diálogos como el nuestro no puede darse el lujo de fallar.
El autor es máster en salud pública y estudiante de derecho y ciencias políticas
