Un poco más del 10% de la población venezolana (más de 3 millones) ha salido de su país, producto de las tensiones políticas y limitaciones de todo tipo a que se ve sometido el pueblo venezolano. De acuerdo con informes de la Acnur (Agencia de las Naciones Unidas para Refugiados), se estima que 4 millones de venezolanos han abandonado Venezuela, siendo Colombia el mayor receptor (1.3 millones de venezolanos), seguido por Perú, con 786 mil. Tras Colombia y Perú, son Chile (288 mil emigrantes), Ecuador (263 mil), Brasil (168 mil), Argentina (130 mil) y Panamá (94 mil 400), los otros grandes países de acogida en la región. Más al norte, EU estima que medio millón de criollos han emigrado a su país y en España al principio de año se contaban más de 300 mil personas, pasando a convertirse en la primera emigración.
Cada crisis en Venezuela, que es diaria, incrementa la oleada de migrantes, lo que convierte a ese país en uno de los protagonistas de la “mayor crisis de este tipo en el continente y la segunda actualmente en el mundo (tras Siria)”, de acuerdo a lo expresado por David Smolansky, coordinador de la OEA para la emigración venezolana. Los mismos cálculos de Naciones Unidas apuntan a que al final del año ya habrán escapado más de 5 millones de personas.
¿Cómo podemos enfrentar esta crisis en nuestros países, siendo un reto formidable a nivel regional que no es exclusivo del continente, sino un fenómeno global que se vive en el mundo? Solo veamos el caso de los sirios, cruzando territorios en los cuales son reprimidos y africanos embarcados en frágiles naves para llegar a Europa a toda costa. Muchos perecen en el intento.
En América Latina, la situación ha rebasado las capacidades de atención de un flujo descontrolado que ha llevado a estos países a la aplicación de medidas más restrictivas que al principio eran más liberales.
Ponerle fin a esta crisis humanitaria no es reaccionando negativamente (xenofobia), porque se agudiza el sufrimiento de los venezolanos. No sabemos mañana si podemos pasar por este trauma. Que hay que tomar medidas, por supuesto que sí, pero que sean parte de una política migratoria bien estructurada, que no vaya en contravía de las convenciones internacionales sobre el refugio.
La crisis venezolana prospectivamente trascenderá a una catástrofe internacional que obliga a la comunidad internacional a la búsqueda de una solución negociada. Como planteó el señor presidente Laurentino Nito Cortizo, convocar a las partes a una discusión sin condiciones, con un alto espíritu democrático y con una fecha de cumpleaños, para que el problema no se dilate. Además de Noruega y Barbados, Panamá abre sus puertas. Tenemos experiencia en eso. Recordar el Grupo Contadora, que fue la génesis del fin de la guerra civil en Centroamérica bajo el liderazgo del general Omar Torrijos
A mi parecer un actor importante en ese diálogo es Cuba. No podemos excluir a ningún país. El diálogo debe empinarse por encima del realismo clásico y las connotaciones de carácter geopolítico. Poner fin a la crisis mediante nuevas elecciones, es el objetivo estratégico.
La convocatoria a unas nuevas elecciones con fecha determinada por la ONU y con participación de observadores internacionales respetados, es lo que se considera prudente. Como panameño, jamás podré aceptar bajo ningún alegato una intervención militar, cuando hay otros métodos de solución de controversias que no sea el uso de la fuerza, prohibidos por la Carta de las Naciones Unidas.
El gobierno del presidente Nicolás Maduro debe aceptarlo. Si se considera ganador de las últimas elecciones, no debe temer repetirla si en efecto sabe que cuenta con el apoyo de la mayoría de la población. No hacerlo es reconocer que es lo contrario.
Basta el sufrimiento de los hermanos venezolanos. Chavistas y oposición, sufren por igual.
El autor es secretario de la Sociedad de Estudios Internacional-Panamá.