Los pueblos alcanzan paz y progreso continuo efectivo cuando logran ponerse de acuerdo para elegir entre todos y de entre todos a los hombres y mujeres más idóneos, moral y cívicamente más aptos para conducir por la voluntad popular a los grupos humanos constituidos en Estado. A estos hombres y mujeres, que deberán ser severamente escogidos por sus trayectorias rectilíneas, se les distingue con la calidad de presidenciables.
Ser candidato a la dignidad presidencial requiere, ante todo, la reciedumbre de un carácter incorruptible. Debe tener criterio propio y no admitir otro mandato que no sea su conciencia y la correcta voluntad de las mayorías de su patria. La dignidad presidencial exige la independencia de principios políticos y un respeto profundo para consigo mismo y para con los deberes hacia su nación. La dignidad presidencial demanda que, al obtener el cargo, el presidente se haga cargo de él y mande, dirija, controle, conduzca, gobierne y ostente el título de presidente de la República, ejerciendo el mandato en toda su extensión, porque lo que se preside es la mesa directiva de un Estado y no de un club social, ni de un comité ejecutivo de determinado partido político.
La dignidad presidencial es la de pasar de ser un ciudadano excepcional a la de ser el ciudadano N°1, el primero: ¡el presidente! Aquel que representa a la nación a nivel mundial y nos representa a todos nosotros, porque él es el jefe del Estado y el Estado somos todos. El presidente se debe a todo el pueblo y no al partido que lo llevó al poder.
Los hombres y mujeres que no tienen fuerza moral propia ni el apoyo genuino ciudadano para llegar al poder, sirven a los corruptos para ayudarlos a sostenerse por la fuerza, el poder y la mentira.
Juzgo que el que pretenda ser presidente de una nación, además de capaz e idóneo, debe tener la entereza, la gallardía, la nobleza, el civismo y una probada ética y moral inquebrantables para poder anteponer sus dignidades de hombres y mujeres de bien a las conveniencias del bolsillo, de los intereses creados de los grupos de poder (de toda clase) y a la satisfacción de sus vanidades y egocentrismos.
El autor es abogado y exrector de la USMA