No cabe duda de que la actual ministra de Gobierno y Justicia ha repetido, con matices propios, el esquema “propagandístico” en torno a lo que muchos funcionarios entienden por resocialización.
Hasta la fecha no he conocido a algún ministro de Gobierno con una concepción distinta de la resocialización, que no es lo mismo que construir más cárceles.
El aumento de las cárceles en Panamá significa que también existe un aumento de la delincuencia y la criminalidad; por tanto, una derrota de la sociedad por no incorporar de manera productiva a los individuos que están pagando una condena.
El tema con la actual ministra es que ha llevado la supuesta política de resocialización a una suerte de “mercado de lágrimas”, con imágenes repetidas en redes sociales que asemejan mucho a los famosos teleculebrones de las décadas de los setenta y ochenta.
El título de sus cápsulas publicitarias sobre lo “bien que lo está haciendo el Mingob” pudiera ser 'Dinoska y una nueva esperanza para los privados de libertad’.
Como enseña Mateo 6:3 en el Nuevo Testamento: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. Sin embargo, en la gestión de la ministra Dinoska ocurre lo contrario: se hace todo lo posible para que se note, día tras día, lo bien que se presenta su gestión. El Mingob sí trabaja, pero lo hace de forma errónea y politizada.
Me permito compartirle a la ministra, quien es abogada penalista, que la mencionada resocialización —que en nuestro medio se ha abordado por décadas— es un asunto serio y complejo, que va mucho más allá de buenas intenciones o de síndromes de “mamá gallina”.
Durante los diez años de experiencia docente que tuve en diversos centros penitenciarios de menores, puedo dar fe de las siguientes vivencias:
Existen muchos funcionarios en el Mingob que padecen el llamado “síndrome de Estocolmo”, donde las supuestas víctimas llegan a identificarse con quienes las victimizan. Solo se mira el dolor por el que atraviesan los privados de libertad, pero nada de quienes padecieron por sus acciones.
Un alto porcentaje de privados de libertad proviene de familias llamadas “disfuncionales”, donde lo que menos se enseña son valores y más bien antivalores. Mientras no se reemplace este modelo de familia, es muy difícil abordar el tema de la resocialización.
Un porcentaje alto de mujeres y hombres privados de libertad pertenece a pandillas delincuenciales que proporcionan “protección” y “sustento” a sus miembros. Por testimonio de algunos privados de libertad, ellos obtienen en un día dinero por actividad ilícita equivalente a lo que podrían ganarse en meses de trabajo lícito.
La ministra está obsesionada con la libertad inmediata de los privados, sin comprender que, una vez salgan a las calles, serán absorbidos por el mismo ambiente del cual formaron parte antes de entrar a prisión.
Muchos privados de libertad son expertos en el arte de la manipulación. Lloran si necesitan hacerlo delante de una autoridad y abrazan si lo requieren para sus fines. Sus años de experiencia en el mundo delictivo les han enseñado a identificar los síntomas de una autoridad débil.
Claro que no se trata de maltratar a los reclusos, pero mientras no se tenga una política responsable de incorporación de privados de libertad a la sociedad, seguirá el aumento de la criminalidad y, por ende, la construcción de más cárceles, que pueden tener el nombre más tierno, pero no dejan de ser “depósitos de seres humanos” al margen de la ley.
El autor es sociólogo y docente.


