Acuerdos bilaterales

La diplomacia secreta entre China y Panamá

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Recientemente se conmemoró en Panamá, con merecida pompa, un aniversario más de la firma de los Tratados Torrijos –Carter, con las consabidas consignas contra el imperialismo estadounidense, loas a la lucha por nuestra soberanía y el rescate del Canal y sus áreas revertidas.

Sin embargo, contra toda contextualización de los hechos, desgraciadamente la celebración se quedó en el reconocimiento de lo ocurrido hace 41 años (1977), sin relacionarlos con lo que ocurre hoy en día y que, se supone, no debemos permitir que se repita. La omisión fue tal, que los que recordaron el evento ignoraron la presencia de nuevos dueños en las riberas del Canal, mismos con los que el gobierno crepuscular de Juan Carlos Varela estableció recientemente relaciones diplomáticas.

Para tal efecto, Panamá firmó sendos acuerdos, prefabricados, luego de meses, sino años de febril y cavernosa labor.

Sobre el particular, resulta muy extraño, que a pesar de que ha transcurrido más de un año del funesto hecho, tales tratados sean desconocidos por la ciudadanía panameña y lo que es peor, que nuestro país se esté promocionando entre los gobiernos del área, como centro de expertise, en la diplomacia: “por el interés te quiero Andrés”, como arquetipo para consumar rupturas de relaciones diplomáticas con Taiwán y establecimiento de las mismas con China.

Este asunto, que para el vulgo pareciera trivial, constituye un hecho sin precedentes en la historia de la política exterior de Panamá, pues con ello reniega de más de un siglo de condena mundial a la diplomacia secreta. Casualmente en noviembre del año pasado, se conmemoraron 100 años (1917-2017) del momento en que el Comisario (ministro) del Pueblo para Asuntos Exteriores del gobierno bolchevique de la Republica Socialista Soviética de Rusia, León Trotsky, desclasificó como titulares de los principales periódicos del mundo, los tratados secretos, que enfrentaban en una guerra de rapiña a los pueblos en la Primera Guerra Mundial.

A raíz de tan audaz medida, la opinión pública mundial se enteró del oprobioso y hasta hoy influyente en Medio Oriente tratado Sikes-Pikot (1916), por el cual Inglaterra y Francia de forma desleal con sus aliados en la contienda, de antemano se repartían los despojos del imperio turco.

La denuncia reveló también el tratado de Londres, en el que la Triple Entente le concedía a Italia, territorios del imperio austro-húngaro, a cambio de la entrada en la guerra a su favor.

El golpe de efecto fue tan demoledor, que obligó al entonces presidente de Estados Unidos a colocar en 1918 la prohibición de los tratados secretos, en el lugar número uno, entre los denominados “Catorce Puntos” de Wilson, como condición para la firma de un tratado de paz en la contienda. Tal principio fue incorporado posteriormente tanto al Tratado de la Sociedad de Naciones, así como a la Carta de Naciones Unidas, de allí que se obligue a los Estados a registrar y publicar los tratados y conmine la intervención parlamentaria en su perfeccionamiento.

El principio aludido, hasta donde se conoce, solo se ha violado en tres ocasiones: una, con la firma de una cláusula secreta incorporada al Tratado de Rapallo (1922) entre la República Socialista Soviética de Rusia y Alemania, la cual autorizó a los alemanes a contar con una base aérea en territorio ruso, en violación del tratado de Versalles, que prohibía a Alemania, disponer de fuerzas aéreas.

Dos, el Tratado Hoare-Laval (1935), por medio del cual Inglaterra y Francia entregaron a Mussolini un territorio de Etiopía sin su conocimiento, y tres, el Pacto Ribbentrop-Mólotov entre la Unión Soviética y Alemania (1939), el cual, aparte de las clausulas públicas de no agresión, incluyó un protocolo secreto que estipulaba la entrega de Europa del este a la URSS y la división de Polonia entre Alemania y la Unión Soviética.

El epígrafe de todo es que no satisfecho con el descrédito internacional producido al país por los Panama Papers, el gobierno del señor Varela al parecer intenta ocupar el deshonroso cuarto lugar mundial en el ejercicio de tan deleznable práctica, cuando por inhabilidad gubernamental insiste en no hacer pública la totalidad y contenido de todos los tratados negociados con la República Popular China.

Tan veleidosa conducta solo se explica por el temor de que los mismos puedan ser interpretados como instrumentos de recolonización de Panamá.

El autor es profesor titular de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá

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