A todos nos mueve el respeto en el trato, y las personas con alguna condición no son la excepción. Este es un tema que resuena profundamente en mí desde mi diagnóstico de retinosis pigmentaria, la causa de mi pérdida visual.
Hoy levanto la voz con un propósito claro: sembrar conciencia sobre el lenguaje que usamos. Todavía escucho con demasiada frecuencia términos ambiguos o francamente ofensivos. Uno de ellos es “discapacitado”. Esa palabra reduce a la persona a su condición. Lo correcto es decir “persona con discapacidad”.
Tampoco deberíamos usar diminutivos como “cieguito” o “sordito”. Aunque algunos crean que suavizan el impacto, en realidad minimizan a la persona. Decir “ciego”, “sordo”, “persona con discapacidad visual” o “persona con discapacidad auditiva” es mucho más respetuoso y preciso.
Otras expresiones deben desaparecer del lenguaje cotidiano: “paralítico”, “impedido”, “minusválido”. Lo correcto es “persona con discapacidad física” o “persona con movilidad reducida”. Y en el caso de condiciones intelectuales o cognitivas, debemos evitar frases como “el lentito” o “el retrasado mental”. Son hirientes. Lo adecuado es hablar de “persona con discapacidad intelectual” o “persona con dificultad de aprendizaje”.
Apelativos como “el down” o “mongolito” también son profundamente ofensivos. Sustituyámoslos por “persona con síndrome de Down”. Lo mismo aplica para frases como “el autista” o “el que tiene problemitas”. La forma correcta es “persona con autismo”.
El lenguaje, como todo, evoluciona. Y nosotros debemos evolucionar con él. Si alguna vez usaste expresiones inadecuadas, no te culpes. Muchas se heredaron por desconocimiento o inercia cultural. Pero ahora que tenemos más acceso a información y conciencia, toca rectificar.
Los medios de comunicación y las redes sociales deben liderar este cambio. Los niños que crecen escuchando un lenguaje respetuoso aprenden a construir una sociedad más inclusiva. También celebro que cada vez más creadores de contenido con discapacidad están visibilizando sus historias y talentos. Están cambiando narrativas y llenando vacíos con autenticidad.
La inclusión comienza por el lenguaje. No es un detalle menor: es la base del trato digno. Porque más allá de cualquier condición, somos personas. Y como tales, merecemos ser llamadas con respeto.
Estimado lector, te invito a compartir esta reflexión. Cuantas más personas eduquemos, más cerca estaremos de una inclusión verdadera.
La autora es periodista y entrenadora profesional.
