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DEMOCRACIAS MULTIPARTIDISTAS

Las disfunciones electorales

Las disfunciones electorales
Las disfunciones electorales

Estoy seguro de que este artículo les caerá como un balde de agua helada a muchas de las personas que me hagan el honor de leerlo. A ellas les pido excusas anticipadamente. Pero me siento obligado a decir lo que a continuación sigue.

Como es de sobra sabido, en las democracias multipartidistas el ejercicio del poder se disputa y se conquista en las urnas y lo obtiene el candidato que en las elecciones logre la mayor cantidad de votos. Este es el oficio que los políticos se ven obligados a desempeñar en el ambiente pendenciero y bullicioso en que se desarrollan las campañas políticas en las que se dirime la pugna por el poder.

A nadie se le escapa el hecho de que en ejercicio de ese no tan grato oficio, los políticos prometen de todo, incluso cosas que saben que no son realizables. ¿Lo hacen acaso por simple falta de ética? No lo creo. Pienso más bien que nos tropezamos aquí con una disfunción connatural al régimen partidista de las democracias demoliberales, sobre todo en las de cultura política inmadura, claudicante y macilenta, como la nuestra, en la que concurre, además, la circunstancia agravante de una pésima distribución de la riqueza.

En su obra Los diez mandamientos en el siglo XXI, el filósofo español Fernando Savater, al referirse a los torneos electorales y a los políticos que en ellos se enfrentan, ha puesto el dedo en la llaga. Cito sus palabras textuales:

“Sin duda son los políticos quienes, en cualquier lugar del planeta, cargan, con mayor o menor justicia, con el sambenito de ser quienes más promesas hacen y, por contra, los más incumplidores.

Muchas veces somos demasiado exigentes con las promesas de los políticos. Estos personajes las utilizan para ofrecerse y venderse a los electores.

De todas formas, habría que preguntarse: ¿les toleraríamos que no nos hicieran esas promesas? ¿Realmente votaríamos a un político que confesara sin pudor sus limitaciones, o que reconociese que las dificultades son grandes y que, a corto plazo, no podría resolver los problemas, o que va a exigir grandes sacrificios a la población? ¿Admitiríamos que un político nos dijese la verdad con crudeza, y nos exigiese que le aceptásemos?

Muchas veces nos quejamos de que los políticos mienten, pero de forma inconsciente les pedimos que lo hagan. Nunca los votaríamos si dijesen la verdad tal cual es, si no diesen esa impresión de omnisciencia y de omnipotencia que todos sabemos que están muy lejos de poseer. De modo que aquí hay una especie de paradoja: por un lado, no queremos ser engañados por los políticos, pero a la vez exigimos que lo hagan.”

Lo que dice Savater es cierto. Todas las elecciones tienden a convertirse en ferias en las que se ofrecen, a precio de remate, castillos en el aire y otras ilusiones esperanzadoras que los votantes aunque no lo admitan, desean escuchar de boca de los candidatos.

En esas ferias, además, campan por sus respetos las más modernas y persuasivas técnicas publicitarias de seducción, de engaño y de denigración del adversario, técnicas que se inspiran en la premisa, jamás desmentida, de que a los electores se les convence más fácilmente apelando, más que a su razón, a su afán de obtener provechos inmediatos y a sus prejuicios. La razón suele ser la gran ausente en el escenario circense que se monta cada cierto tiempo para que los políticos les ofrezcan a sus electores el oro y el moro.

El precio que las democracias multipartidistas pagan por el inevitable incumplimiento de los mil arrumacos seductores en que, en sus ajetreos proselitistas, se prodigan los candidatos durante las campañas políticas es altísimo. Ese precio es la inmediata decepción del elector, quien, después de las elecciones, se convierte, como es natural, en exigente acreedor de las irrealizables promesas que el propio elector quería escuchar de boca de los candidatos. La lesión que por esta vía se le inflige a la gobernabilidad es enorme.

Lamentablemente, no veo cómo se pueda evitar que, en el ambiente contencioso de las campañas, los políticos se comporten como lo hacen. Su afán de atraerse el apoyo de sus electores es irrefrenable. La rivalidad entre ellos los obliga a superar las promesas de sus contrincantes. Basta con que cualquiera de ellos se desboque para que todos los demás lo imiten.

En síntesis, se trata de un mal impuesto por la propia dinámica de los procesos electorales, mal con el cual las democracias multipartidistas tienen que convivir y cuyas consecuencias deben capear como mejor puedan.

A lo dicho no sobra agregar que este es el origen de un fenómeno que se extiende hoy por todo el mundo, denominado populismo, que no es más que el resultado del truco demagógico de embaucar al pueblo, ofreciéndole soluciones inmediatas y sencillas a problemas complejos que, por su propia naturaleza, no las admiten.

Aunque no me guste, así veo las cosas y creo probable que quienes las vean de manera distinta es porque las contemplan a través del prisma deformante de sus creencias desiderativas, esto es, de lo que en inglés se llama wishful thinking.

El autor es abogado


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