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Dislexia: una deuda educativa pendiente

Comprender para educar mejor y acompañar desde la escuela, la familia y la salud

Dislexia: una deuda educativa pendiente
Dislexia causada por problema de conectividad en el cerebro, según estudio

Durante mucho tiempo, la dislexia ha sido una realidad poco comprendida y escasamente atendida, no solo en Panamá, sino en muchos sistemas educativos del mundo. El desconocimiento ha provocado que niños, niñas, jóvenes y adultos con una forma distinta de aprender hayan sido interpretados erróneamente como incapaces, desinteresados o con bajo rendimiento, cuando en realidad poseen una capacidad intelectual intacta y, en numerosos casos, superior al promedio. Esta falta de comprensión no surge de la mala intención, sino de la ausencia de información, formación y espacios adecuados para atender esta condición desde una mirada pedagógica.

Este escrito tiene un enfoque estrictamente educativo y orientativo. Para la elaboración de estas reflexiones se realizaron consultas y diálogos con profesionales del ámbito educativo y de la psicología, así como una lectura reflexiva de libros especializados que permiten comprender con mayor profundidad la dislexia y las necesidades reales de apoyo que esta condición requiere. Este proceso hizo posible construir un texto equilibrado, respetuoso y necesario para la reflexión dentro de los campos de la educación y la salud, sin emitir diagnósticos médicos ni establecer etiquetas clínicas.

La dislexia es una dificultad específica del aprendizaje, de origen neurológico, que afecta principalmente la lectura y la escritura. No es una enfermedad, no es una discapacidad intelectual ni una falta de esfuerzo. Es, simplemente, una forma distinta de acceder al aprendizaje. Las personas con dislexia razonan, comprenden y analizan con profundidad. Su dificultad no está en pensar ni en entender, sino en cómo se les ha intentado enseñar dentro de modelos educativos rígidos que privilegian una sola manera de aprender.

Es necesario afirmarlo con claridad y sin rodeos: las personas con dislexia son inteligentes, capaces y profundamente analíticas. En muchos casos, su capacidad de razonamiento, pensamiento crítico y comprensión global supera incluso a la de quienes son considerados “los mejores de la clase” según criterios tradicionales. El error histórico ha sido medir la inteligencia únicamente a través de la lectura rápida, la escritura mecánica o la memorización, invisibilizando otras formas de pensamiento igualmente valiosas y, muchas veces, más complejas. El problema no está en la inteligencia del estudiante, sino en el método con el que se intenta evaluarla.

Aún hoy existe un desconocimiento significativo sobre la dislexia, tanto en la comunidad educativa como en las familias. Muchos padres y madres no buscan una explicación más profunda a las dificultades de lectura y escritura de sus hijos porque desconocen la existencia de esta condición. Del mismo modo, hay educadores que no han recibido formación específica para identificar estas señales. Como consecuencia, pasan los años, los estudiantes avanzan en el sistema educativo, se gradúan, se convierten en profesionales y continúan su vida sin comprender el origen real de aquellas dificultades que los acompañaron desde la infancia. En algunos casos, incluso habiendo asistido desde pequeños a consultas psicológicas, no se logró identificar lo que realmente ocurría hasta que una segunda o tercera opinión, brindada por un profesional con mayor experiencia, madurez y dedicación, permitió comprender la realidad del individuo.

Se conoció un caso que invita a una reflexión profunda. Un niño que no lograba comprender las explicaciones impartidas en clase fue tratado de manera inapropiada por su educadora, quien se refirió a él de forma despectiva ante la frustración. No se exploraron otros métodos, no se buscó apoyo pedagógico ni se intentó un acompañamiento distinto; por el contrario, al niño no se le permitió continuar en esa clase. Este hecho no debe entenderse como una acusación personal, sino como el reflejo de una falla estructural. El niño no carecía de inteligencia; su capacidad estaba intacta. Lo que faltó fue formación, flexibilidad pedagógica y la disposición de buscar caminos alternativos para enseñar.

La educación no puede permanecer anclada en la repetición de métodos que no funcionan. Cuando un estudiante no comprende, la respuesta no debe ser la descalificación ni la exclusión, sino la búsqueda consciente de nuevas formas de enseñar, hasta que el niño o la niña sienta que puede entender, que puede aprender y que puede lograrlo. Transformar el desconocimiento en búsqueda es una responsabilidad ética del educador. Enseñar implica adaptarse, acompañar y creer en la capacidad del estudiante.

Esta tarea no puede recaer únicamente en la escuela. Es fundamental acercarse a la familia y construir un trabajo conjunto. Cuando hogar y escuela dialogan, comparten información y se acompañan mutuamente, la inteligencia del estudiante encuentra un entorno donde puede desarrollarse con confianza. Educar es un acto compartido: acompañar juntos para que la capacidad se traduzca en bienestar, logro y éxito, entendido no solo como rendimiento académico, sino como desarrollo integral y autoestima fortalecida.

Es importante reconocer también que existen educadores con formación, vocación, ética y profundo sentido de responsabilidad, que hacen todo lo posible por encontrar la manera de enseñar cuando un estudiante no aprende por los métodos tradicionales. En muchos casos, estos docentes pueden no conocer inicialmente el nombre de la condición, pero su compromiso los impulsa a observar, buscar, preguntar y formarse. Para ellos, el desconocimiento no es un límite definitivo, sino el punto de partida para aprender más y enseñar mejor. Reconocer y apoyar a estos educadores es esencial para avanzar hacia una educación más justa.

Al analizar las distintas realidades del aprendizaje, es fundamental evitar interpretaciones rígidas, generalizaciones o lecturas parciales. Distinguir entre necesidades educativas especiales y dislexia no implica discriminación ni jerarquización. Ambas realidades merecen respeto y atención. La educación especial cumple un rol indispensable dentro del sistema educativo y responde a múltiples condiciones que requieren esquemas y apoyos diversos. La dislexia, en cambio, es una condición específica que se presenta en personas con inteligencia intacta y que requiere procesos de enseñanza y aprendizaje distintos, centrados en metodologías adecuadas dentro de la educación regular. Reconocer esta diferencia no divide; protege a cada estudiante según su realidad.

Es necesario señalar, con respeto institucional, que el sistema educativo panameño aún no cuenta con un espacio claramente diferenciado para atender de manera específica e individualizada los casos de dislexia. Esta condición no encaja plenamente en los esquemas tradicionales de educación especial, lo que ha generado vacíos en la orientación pedagógica. De igual manera, desde el ámbito de la salud no se ha desarrollado todavía un esfuerzo suficientemente articulado que permita acompañar estos casos de forma sistemática, especialmente en lo relacionado con orientación psicológica y terapias del lenguaje cuando son necesarias. Reconocer estas limitaciones no es descalificar, sino abrir la puerta a la mejora.

Por ello, se hace un llamado respetuoso al Ministerio de Educación y al Ministerio de Salud para considerar, de manera conjunta, la incorporación de un enfoque específico sobre la dislexia dentro del sistema educativo y de salud, centrado en la formación docente, la orientación a las familias, el acompañamiento pedagógico y la articulación interinstitucional. Esta mirada no medicaliza el aprendizaje ni sustituye la educación especial; la complementa y la fortalece.

Es importante que se comprenda que esta condición no debe vivirse con miedo ni con sensación de inferioridad. La dislexia no debe atemorizar al estudiante frente al avance de sus compañeros. Por el contrario, comprenderla desde una mirada correcta permite liberar al niño, la niña, el joven o el adulto del temor injusto y ayudarle a reconocer su verdadero potencial. No hay nada que temer en una inteligencia que piensa distinto; hay mucho que ganar cuando se le da el espacio y el método para expresarse.

Este escrito no promete soluciones mágicas, pero sí algo más importante: una mirada correcta y necesaria. Una mirada que reconoce que las personas con dislexia —niños, niñas, jóvenes y adultos— son inteligentes, capaces y profundamente valiosas. Durante demasiado tiempo, esa inteligencia permaneció oculta, mal interpretada o silenciada, como si se hubiera perdido la llave que permitía verla y nombrarla con justicia. Hoy sabemos que no faltaba capacidad; sobraba desconocimiento. Nombrar esa inteligencia, hacerla visible, respetarla y acompañarla es un acto de justicia educativa y humana impostergable. Porque quienes aprenden de manera distinta no carecen de talento; poseen una inteligencia real, poderosa y vigente, que exige ser entendida, protegida y acompañada, no reducida, cuestionada ni confundida con incapacidad.

La historia ofrece numerosos ejemplos que confirman esta realidad. Personas que aprendieron de manera distinta y que, aun así, transformaron su campo y dejaron una huella profunda en la historia, influyendo en la forma en que hoy entendemos la ciencia, el arte, la innovación, el liderazgo y el pensamiento. Entre ellas se mencionan figuras como Albert Einstein, Leonardo da Vinci, Thomas Edison, Agatha Christie, Winston Churchill, Steve Jobs y Pablo Picasso, a quienes diversas biografías y estudios han asociado con la dislexia. Mencionarlos no busca idealizar una condición ni establecer etiquetas, sino recordar que aprender de manera distinta nunca ha sido un límite para la inteligencia, la creatividad ni la capacidad de impactar al mundo.

La autora es educadora.


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