Según la Biblia, el hombre, al apropiarse del fruto prohibido, trató de cubrir su “vergüenza” ante Dios, conducta indebida que evidenció que la propiedad es un robo, y que Dios resolvió mandando al ladrón a trabajar en la Tierra. En el comunismo primitivo terrenal, tampoco existía la propiedad privada y el hombre, aunque primitivo, no mentía, compartía y socializaba los bienes terrenales. Era impoluto o simplemente amoral. Y no fue hasta que el hombre se apropió del fruto natural y lo hizo suyo, cuando se degenera su pensar y conducta, al percatarse de que la apropiación y la mezquindad le eran particularmente provechosos; por lo que la hipocresía la encubrió con la “ley” (del más fuerte, primero, y después jurídica) para justificar su proceder ante el quebrantamiento de la norma social imperante de la época. Es decir, el interés privado por los bienes terrenales, alimentó un subconsciente contrario a la moral colectiva e innata del hombre, y que corrompiendo su ser hasta convertirlo en “el lobo del hombre”. Su ambición, avaricia, concupiscencia, usura, explotación y degeneración lo llevaron y han llevado a convertirse en el peor enemigo de la sociedad.
Desde entonces las leyes, decretos, resoluciones, el derecho casuístico, jurisprudencias (algunas extrañas), juramentos, concubinatos, uniones maritales, clubes sociales, partidos políticos y otros malabarismos o instrumentos jurídicos han servido a ese hombre y su clase social dominante, para encubrir su voracidad inhumana por el dominio de los medios de producción y las riquezas lícitas e ilícitas en todo el mundo. Esa doble moral que conlleva la corrupción, ha hecho de las mentiras, sofismas, argucias, demagogias, trampas, simulaciones, mimetismos e ignorancia, todo un arte que las publicitarias y creadores de imagen han sabido explotar, especialmente en las campañas electorales.
Los casos de Odebrecht, Blue Apple, Mossack & Fonseca, los sobreprecios y otros fraudes, demuestran cómo los involucrados, sindicados y enjuiciados se delatan y traicionan los unos a los otros, ya sea voluntariamente o a cambio de un “negociado” de la pena. Paralelamente, tratan de desvincularse de sus socios, amigos e íntimos (“sí, era su socio o amigo, pero no sabía de sus andanzas…” o dicen “...estaba en el mismo club social, en el mismo partido pro mundi beneficio, pero ellos son los corruptos... nunca dije nada… ya que solo por amor y sacrificio a la patria, participaba en el gobierno …”; o “…si ellos robaban o fueron por rebusca, yo no…”). Se denota que cuando se le imputa (individualmente) un cargo, se refugia en el colectivo social o político al que pertenece. Cuando se le imputa un cargo al colectivo social, se excluye con el “yo no”. Son como esos blancos sepulcros (por fuera), mientras que la podredumbre los corroe por dentro.
La lección de todo esto es que los ciudadanos de a pie no están involucrados o mencionados en ninguno de esos casos. Solo ladrones, ya sea de cuello blanco, gente de alcurnia allegados al poder económico y político (burguesía) son los encausados y llamados a juicio. Los casos de peculados, las estafas y fraudes como Enron, Arthur Andersen, “burbujas inmobiliarias” y otros, no fueron realizados por proletarios o ciudadanos de a pie; pero lo triste es que con el dinero de los proletarios (del fisco) se subsidian las insolvencias fraudulentas de esas empresas, y se sustentan las demagogias de nuestros gobiernos oligárquicos. Ya sea bíblica o históricamente, la doble moral y la corrupción, son males congénitos de la clase burguesa.
El autor es abogado