He estado leyendo, desde hace algún tiempo, diversos informes sobre las renuncias masivas en el sector educativo en distintos países. Confieso que el tema me produce curiosidad, pero también una profunda preocupación.
En Panamá, este fenómeno no parece presentarse con la misma fuerza; quizás —solo quizás— porque aquí existe la figura de la permanencia docente y otros beneficios laborales que brindan cierta estabilidad al educador.Sin embargo, la estabilidad contractual no siempre garantiza la estabilidad emocional ni el bienestar integral del docente.
El punto de fondo es que, como sociedad, estamos experimentando una pérdida de valores sin precedentes. Los docentes ya no solo cumplimos con los contenidos académicos, las exigencias del sistema, las planificaciones o los informes administrativos. Nos enfrentamos, además, a aulas repletas de estudiantes que, en muchos casos, llegan sin un marco de valores firmes, sin acompañamiento en casa y sin contención emocional.
Esa ausencia de apoyo familiar se traduce en desgaste, frustración y agotamiento mental en el personal docente. Surge entonces una pregunta inevitable:¿Hasta qué punto este fenómeno está afectando al educador panameño?¿Hasta qué punto el desgaste cotidiano incide en su salud mental y en la calidad de su labor?
Cada día somos testigos de hogares fracturados, sin límites claros, sin tiempo ni comunicación. Esta realidad social se refleja en las aulas y, en consecuencia, en el tipo de ciudadanos que estamos formando: jóvenes poco tolerantes, con escasas habilidades para la empatía y el respeto.
A menudo escuchamos la frase: “La educación se enseña en casa, y las materias, en la escuela.” Pero, ¿hasta qué punto esto sigue siendo cierto? ¿Qué tanto están asumiendo las familias su papel formador y qué tanto han delegado en la escuela una responsabilidad que no le corresponde del todo?
Son preguntas que no dejan de rondar en mi mente, sobre todo al observar el peso emocional que hoy recae sobre el docente.Porque no solo enseñamos matemáticas, historia o literatura: intentamos sostener lo que la sociedad ha dejado caer.
El sistema educativo panameño enfrenta múltiples retos, pero ninguno tan urgente como la grieta moral y afectiva que atraviesa nuestra sociedad.Si no reparamos ese vacío, si no reconstruimos los valores desde el hogar, será muy difícil sostener un ritmo estable y saludable en la educación de nuestro país.
La autora es docente.

