El mismo día que falleció el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique en Lima, moría en Madrid el periodista y escritor español Raúl del Pozo: dos pinchazos en el corazón de lector, arañazos en la piel de escritor. Ese mismo día, por la tarde, recibí un mensaje de un amigo desde Panamá: “Te cuento, mi abuela tiene 96 años y lee tus columnas. Se llama Rosa Samaniego… Felicidades". Me conmovió saber que al otro lado, doña Rosa, lee lo que escribo.
Al día siguiente, el periodista español David Álvarez compartía la primera columna de Raúl del Pozo en el diario El Mundo. Años de grandísima experiencia como cronista y escritor terminaban recalando en el diario que dirigía Pedro J. Ramírez en 1994. En esa primera columna (Una rosa sucia y eterna) escribió lo siguiente, que creo, como David, que aguanta el paso del tiempo: “Lo primero y principal porque tengo lectores. Ellos y mi nombre y mi apellido son mi única industria. (…) Ahora, el que escribe no tiene más abrigo que los lectores".
Raúl del Pozo, entre tantas grandezas, ocupó, tras la muerte de Francisco Umbral, el espacio de su columna en “la última” de El Mundo, tan leída y celebrada entonces, que me pareció una locura aceptar semejante tarea, pero si alguien podía hacer algo grande desde ese vacío literario y periodístico era él, y lo hizo teniendo como “única industria” su nombre, sus apellidos y sus lectores.
Le dije a David Álvarez que las palabras de Raúl del Pozo bien pueden ser una divisa para los que de verdad quieran escribir con dignidad y oficio: “Ahora, el que escribe no tiene más abrigo que los lectores”, y es verdad, y yo tengo en doña Rosa mi divisa, mi lectora, y con esa conciencia y el magisterio de Raúl y otros tantos que hacen bien su oficio, aquí y allá, seguiremos escribiendo.
A la memoria de Raúl del Pozo, con un abrazo para sus amigos.

El autor es escritor.


