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Donald Trump y la nueva derecha latinoamericana

Donald Trump y la nueva derecha latinoamericana
El operativo para capturar a Nicolás Maduro fue un detonante. / Getty Images

La captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses el pasado 3 de enero, su traslado a Estados Unidos para enfrentar cargos por narcotráfico y el posterior respaldo de Washington a un gobierno encabezado por la chavista Delcy Rodríguez no constituyen un simple episodio de política exterior.

La operación —que implicó el ingreso de efectivos norteamericanos en territorio venezolano y la “extracción” del mandatario desde su residencia— reconfiguró de manera abrupta el tablero regional y reveló que, más allá de la retórica sobre la democracia, las prioridades estratégicas de la administración de Donald Trump eran otras: el objetivo del gobierno estadounidense era colocar un gobierno títere que le permita controlar la producción y la venta de los hidrocarburos. Para ser más exactos, lo que le interesaba era cortar los flujos de petróleo venezolano hacia China.

Es notable que, ante este acontecimiento, los aplausos de la nueva derecha hayan sido muy superiores a las críticas. En realidad, se ha dicho muy poco sobre el hecho de que el chavismo permanece incólume y exhibe un grado de servilismo frente al poder extranjero digno de la peor derecha militar que gobernó en los años setenta del siglo pasado.

En paralelo, Trump pidió a México que dejara de suministrar petróleo a Cuba. Contra todo pronóstico, la presidenta Claudia Sheinbaum accedió, lo que provocó que el flujo de hidrocarburos hacia la isla caribeña se detuviera y se desatara una serie de problemas en el país. De manera inmediata, tal como ocurrió con Venezuela, una parte de la nueva derecha latinoamericana se deshizo en elogios hacia Trump, afirmando que con esta medida se colocaba el último clavo sobre el ataúd marchito del régimen castrista.

Pero también se ha reflexionado muy poco sobre la crisis humanitaria que Cuba ya estaba viviendo a raíz del bloqueo económico norteamericano, una situación que ahora se ve profundamente agravada por la falta de carburantes. No se puede poner en riesgo la vida de una población a la que se dice defender mediante una política de escasez atroz.

Por otro lado, en marzo de 2022, Nayib Bukele, presidente de El Salvador, empezó a encarcelar a todas las personas sospechosas de pertenecer a pandillas como única forma de luchar contra las maras y la delincuencia en las calles. Más tarde se descubrió que su verdadero objetivo no era fortalecer el Estado de derecho, sino instaurar una férrea dictadura que lo mantuviera en el poder ad infinitum. Hoy existe seguridad en las calles de El Salvador, pero a cambio se ha erigido una de las dictaduras más severas. Muchos líderes de la nueva derecha aplauden esta deriva autoritaria, pero pocos se preguntan si la ciudadanía debería ceder libertades y soberanía a cambio de seguridad.

Parece que se quiere creer que los títeres chavistas de Venezuela, la crisis humanitaria en Cuba y la dictadura de Bukele son meros episodios pasajeros, como si fueran el necesario ocaso que precede a las libertades plenas futuras. Se piensa que, una vez que Venezuela se estabilice y alcance la prosperidad soñada, llegará un paraíso de democracia; que, tras el colapso de la población cubana y la renuncia de los tiranos que la gobiernan, vendrán tiempos de paz y bondad; o que, cuando Bukele se canse de gobernar y el último pandillero se haya podrido en la cárcel, vendrán tiempos luminosos en los que brillará la libertad.

Lamentablemente, nada indica que esto vaya a suceder, ya que a Donald Trump le interesa muy poco proteger la democracia, en la que, de hecho, no cree. Este personaje no libra una guerra contra las dictaduras ni por el progreso de América Latina; su verdadera batalla es contra las megapotencias China y Rusia, que son las que de verdad le preocupan.

Recientemente, Trump convocó a los presidentes que considera afines a sus políticas. Entre los invitados se encontraron Javier Milei, Daniel Noboa, Nayib Bukele y Rodrigo Paz Pereira de Bolivia. De esta reunión surgió el compromiso para reducir la influencia económica de China en América Latina. Sin embargo, no será fácil para la nueva derecha latinoamericana cumplir con esta promesa, dada la dificultad de prescindir de las inversiones chinas en la región, que alcanzaron los 600,000 millones de dólares en 2023.

Una cosa es aplaudir a Trump; otra, cumplir sus deseos.

El autor es cientista político/profesor e investigador de la Universidad San Francisco Xavier (Sucre, Bolivia).


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